Jonathan Jeremiah / We Come Alive (PIAS Recordings Germany, 2025)

Vivimos en un tiempo en el que gran parte de la cultura pop ha decidido mudarse definitivamente al pasado. Reediciones que llegan con la puntualidad de un cartero británico, documentales que revisan vidas que no sabíamos que queríamos revisar, biopics que incluso rescatan anécdotas menores para darles forma épica. La avalancha tecnológica —esa línea evolutiva que va de los Mp3 a los blogs, de YouTube a MySpace, de ahí a Spotify y lo que venga después— ha convertido a artistas y oyentes en arqueólogos vocacionales (y desde aquí entonamos un estruendoso mea culpa). Y entre esos arqueólogos abundan los diggers de YouTube, casi siempre calvos, con barba y un entusiasmo enciclopédico que haría temblar a cualquier bibliotecario.

La pregunta es si todo este fervor por excavar puede conducirnos a un futuro sin sedimento: ¿qué quedará cuando el archivo se agote? Simon Reynolds ya lanzó la alarma en aquel ensayo que agitó tantas discusiones sobre la obsesión retro, pero lo cierto es que seguimos aquí, revolviendo cajas y escuchando el crepitar de los vinilos como si fuera una brújula espiritual. En medio de este paisaje —mitad museo, mitad laboratorio— aparece Jonathan Jeremiah con We Come Alive, un disco que no niega su herencia, pero tampoco se reclina sobre ella como quien ya no tiene nada nuevo que decir. Jeremiah mira al pasado con respeto, sí, pero también con la seguridad de quien sabe que un cancionero contemporáneo puede construirse sin miedo a las sombras que lo preceden.

Su voz es el eje: un barítono cálido y directo, capaz de sostener la arquitectura sonora sin necesidad de arquitrabes excesivos. Las cuerdas, los coros, las capas de armónicos y la producción de pulso cinematográfico funcionan como aliados, no como decorado. Hay quien ve en estas texturas el eco de John Barry y su forma casi científica de hacer vibrar cada instrumento; otros escuchan la huella de Scott Walker en esa combinación entre opulencia y contención. Lo cierto es que Jeremiah ordena todo ese caudal con un instinto que parece más narrativo que ornamental, como si cada arreglo respondiera a la respiración de una historia en marcha.

En We Come Alive conviven varias épocas sin fricciones aparentes: la elegancia insinuante de la chanson francesa, la luz del Laurel Canyon, el soul cálido que remite a los sesenta, el ingenio melódico del pop británico y una visión orquestal que podría haber salido de una película de 1967. Las referencias están ahí —Serge Gainsbourg sobrevuela Love(r) y el corte titular; Isaac Hayes aparece en la sombra de Lush; Burt Bacharach sonríe desde algún punto de The Suntrap—, pero Jeremiah nunca convierte el álbum en un catálogo. La cohesión proviene de la voz, pero también de esa manera de trabajar el arreglo como un organismo con comportamiento propio.

Que Till Brönner aparezca en la canción titular con un solo improvisado en primera toma no hace sino sumar textura: un puente hacia el jazz que no rompe la unidad, sino que abre una pequeña ventana hacia otro territorio emocional. Grabado entre la quietud rural de Somerset y la vibración de Ámsterdam Oost, el disco también refleja ese desdoblamiento geográfico: hay recogimiento y hay movimiento, hay raíz y hay deriva. El duelo por la muerte de su padre atraviesa las canciones sin aspavientos; está en la historia familiar que inspira Kolkata Bear, en esa pérdida que se cuela entre anécdota y paisaje íntimo, en la búsqueda de dirección de There’s No Stopping Me, en la memoria que reaparece sin dramatismo excesivo.

El álbum funciona como una secuencia de habitaciones conectadas por la misma luz: Here With Me mezcla western con un leve balanceo brasileño; Somerset Skies explora la geografía emocional sin caer en la postal; Wake Me When It’s Over despide el disco sin necesidad de levantar la voz. Cada canción muestra una forma distinta de caminar por el mismo corredor, y el conjunto respira como un álbum pensado en orden, no como una colección de singles sueltos destinados a nutrir posts o reels de instagram.

Quizá la retromanía haya convertido la escucha contemporánea en un deporte arqueológico, pero We Come Alive demuestra que el pasado puede ser un recurso, no una condena. Jeremiah utiliza esas referencias como un chef que mezcla ingredientes de distintos continentes: un poco de folk californiano, un toque de chanson parisina, un soul setentero cocinado a fuego lento y una base orquestal de cine clásico. Y lo sirve con una voz que no necesita reivindicarse: simplemente está ahí, dando forma y coherencia a todas las capas que la rodean.

El resultado es un disco que vive estilísticamente en el terreno de lo pretérito, pero que funciona con la precisión y la honestidad de una obra contemporánea. En tiempos de nostalgia infinita, We Come Alive es un recordatorio de que el pasado puede seguir siendo fértil si se usa con inteligencia, sin reverencia excesiva y sin miedo a abrir ventanas nuevas. Y eso —en un mundo de diggers calvos con barba y archivos inagotables— es, cuanto menos, una alegría.