John Myrtle / Here's John Myrtle

John Myrtle.

Aquí está John Myrtle. En tiempos en los que el mercadeo pop anda copado por músicos pubescentes que buscan engrosar cuentas facturando canciones diseñadas para capitalizar legítimamente - a base de bajos gruesos y sonidos inflados cual palomitas de colores - la atención del streaming universal, el aterrizaje musical de este proyecto comandado por John Hemsoll, muchacho londinense con un look tan cuidadosamente desaliñado como atemporal, puede suponer todo un vendaval de aire fresco entre aquellos seguidores del mimbre artesano que revive, con algo de nostalgia y mucho de entusiasmo, épicas gloriosas del pasado.

Portada de  «Here´s John Myrtle».

Comparado con el Elliot Smith menos amargo pero desprendido de cualquier atisbo de sombra emocional y echando mano de un fuelle juguetón y hasta distendido, el EP de debut de Hemsoll y los suyos , «Here's John Myrtle» (Bingo Records, 2019) traza un recorrido que picotea por lo mejorcito del sonido británico de los años 60 del siglo XX (para muchos la década jamás superada), con cinco canciones como cinco soles dispuestas para aliviar los ánimos en plena crisis del Brexit.

Sacuden la nostalgia gracias a una irónica clarividencia, usada sin rodeos para componer un relato muy del presente que incluye desde dardos lanzados contra el juego de máscaras y apariencias que baila en el underground hasta el retrato de la masculinidad emocionalmente vulnerable.

En el corte inicial ventilan la estancia con maneras sunshine a través de la deliciosa «Foggy», que engarza una base rítmica dócil y trotona con el trajín acolchado de la guitarra acústica para a continuación pellizcar la psicodelia folk a lo Donovan en la despechada «There must be something more to you and him» y cerrar un triángulo elegíaco invocando a los espíritus burlones y vividores de Syd Barrett y Kevin Ayers en la caleidoscópica «Cyril the slug».

Le bastan dos canciones más: «The world will keep spinning round», con su elegante poso Burt Bacharach y su acidulante deje Nilsson, además del broche dorado con «Beware of love», situada en algún lugar entre los Love menos dispersos y el Nick Drake de mesa camilla, para certificar, si no se tuerce persiguiendo la fama y abrazando el plástico sin fondo de muchos de sus compañeros de generación, que estamos ante un ente capaz de renovar con distinción el mejor pop clásico en el futuro.