John & Beverley Martyn / Stormbringer! (Island Records, 1970)

El trueno irrumpe con ganas de hacerse notar. El cielo cruje, el arco iris se vuelve una montura imposible y una canción escrita hace más de medio siglo parece encontrar, de pronto, una puntualidad casi obscena. Beverley Martyn falleció el 27 de abril de 2026, a los 79 años, y Stormbringer! vuelve a escucharse con otra electricidad, como si aquel disco de 1970 hubiese dejado una carta en sobre cerrado para ser leída en este momento. No conviene convertir cada muerte en una metáfora demasiado redonda —la vida rara vez tiene tan buen departamento de edición—, pero cuesta no mirar hacia ese título y ver a Beverleycruzando la tormenta con una dignidad que el canon tardó demasiado en reconocer.

Durante años, su nombre apareció pegado al de John Martyn como un suplemento necesario: esposa, colaboradora, musa, figura secundaria en la antesala de una carrera masculina de enorme prestigio. Esa manera de contar las cosas, tan cómoda para la historia de la música y tan injusta para quien ya estaba allí antes de que se levantara el decorado, ha ido perdiendo brillo. Beverley Martyn, nacida Beverley Kutner, no llegó al folk británico como acompañante de nadie. A mediados de los sesenta ya se movía con autoridad por el Londres bohemio, había liderado The Levee Breakers, grabado para Parlophone y llamado la atención de una industria que todavía no sabía muy bien qué hacer con las mujeres que no se limitaban a ser un atrezzo  en la fotografía.

Su historial previo da fe de todo ello. A los 16 años registró “Babe I’m Leaving You” con The Levee Breakers; poco después se convirtió en el primer fichaje de Deram. Su sencillo “Happy New Year”, escrito por Randy Newman, contó con Jimmy Page y John Paul Jonesantes de que ambos acabaran en la maquinaria de Led Zeppelin. Bert Jansch le enseñó a tocar la guitarra. Paul Simon la llevó a Estados Unidos, actuó en Monterey en 1967 y dejó una frase hablada en “Fakin’ It”, de Simon & Garfunkel. No hablamos, por tanto, de una sombra elegante junto a hombres importantes, sino de una artista situada en el mismo centro de una escena en ebullición. Lo demás vino después: el amor, la alianza musical, la fascinación, el desequilibrio, la violencia y ese largo silencio que tantas veces se confunde con desaparición cuando en realidad es supervivencia.

El encuentro con John Martyn, todavía Iain David McGeachy fuera de los escenarios, tuvo algo de cruce de cables. Él era un guitarrista escocés de talento feroz, voz terrosa y un instinto muy suyo para deformar el folk hasta hacerlo casi irreconocible. Ella llegaba con experiencia, contactos, canciones y una presencia que había interesado especialmente a Joe Boyd, figura capital de Witchseason y uno de los grandes arquitectos del folk-rock británico de la época. La idea inicial era que John acompañara a Beverley en su siguiente disco. Luego Boyd escuchó cómo encajaban sus voces y cambió la jugada. Nació el dúo John & Beverley Martyn, aunque incluso ahí, en el orden de los nombres, ya asomaba una pequeña trampa de imprenta.

En el verano de 1969, recién casados, viajaron a Woodstock, Nueva York, para grabar Stormbringer! con Joe Boyd en la producción y John Wood como ingeniero. La escena podría parecer escrita por un novelista con querencia por el exceso: una casa alquilada, Bob Dylan cerca, The Band como presencia espiritual y muy real, Jimi Hendrix entrando en la leyenda vecinal con un helicóptero púrpura, detalle tan improbable que uno decide creerlo por puro respeto al color. Pero Stormbringer! no suena a postal hippie ni a retiro campestre de ingleses deslumbrados por el brillo impostado de América. Suena a cruce verdadero: batería con tierra bajo los bombos, bajo elástico, piano de madera oscura, guitarras que no buscan pureza sino temperatura.

Publicado por Island en febrero de 1970, Stormbringer! reúne diez canciones: seis firmadas por John y cuatro por Beverley. La banda no aparece por ahí para hacer bulto: Levon Helm, de The Band, toca la batería en “Sweet Honesty” y “John The Baptist”; Billy Mundi, de The Mothers of Invention, entra en “Go Out And Get It”; Herbie Lovelle sostiene “Stormbringer!” y “Would You Believe Me?”; Harvey Brooks aporta un bajo de pulso casi country; Paul Harris empapa todo con su piano, órgano, arreglos y dirección musical; John Simon deja su clave en “Tomorrow Time”. El equipo titular impone, pero el álbum nunca cae en el mero desfile de medallas. Respira como una sesión con las puertas abiertas, aunque por dentro esté más trabajada de lo que aparenta.

El amor antes de la tormenta

La comparación habitual con la Fairport Convention eléctrica de esos años sirve hasta cierto punto. Hay, sí, voluntad de sacar el folk de un compartimento cerrado, de mancharle los bajos del pantalón y meterle corriente en los dedos. Pero Stormbringer! no comparte del todo ese aire de aldea antigua atravesada por amplificadores. Aquí el paisaje cambia: menos campiña inglesa y más carretera húmeda del norte del estado de Nueva York; menos balada antigua reconstruida y más canción nueva mirando de reojo al soul, al blues, al rock de raíces y a esa América que los británicos de finales de los sesenta soñaban como quien mira una película con demasiadas secuencias cortadas a tijera.

“Go Out And Get It” abre el disco con una energía que ya avisa de que esto no será una excursión pastoril. La guitarra de John ensancha el terreno, la banda se mueve con nervio y la canción avanza como quien entra en una habitación y cambia los muebles de sitio sin preguntar. “Can’t Get The One I Want”, de Beverley, introduce otra clase de firmeza: menos fogonazo, más temple. Su voz posee una cualidad difícil de falsificar, una mezcla de claridad y mordida que no necesita adornarse para ocupar el plano. En “Sweet Honesty”, también suya, el acompañamiento de Levon Helm y los arreglos le dan cuerpo sin quitarle cercanía. 

El tema titular concentra buena parte del embrujo del álbum. La llegada de la tormenta funciona como amenaza, anuncio y retrato involuntario. Paul Harris firma uno de esos pianos que parecen no tener prisa y, sin embargo, empujan la canción hacia un terreno más amplio. La pieza pertenece a John, pero hoy resulta inevitable escucharla también como un presagio torcido de la vida posterior de Beverley: el trueno que llega, la luz rota, la sospecha de que algo hermoso puede contener una maquinaria peligrosa. “Would You Believe Me?” deja asomar, todavía de forma embrionaria, al John Martyn que terminaría convirtiendo la guitarra en un artefacto líquido mediante el Echoplex. Ahí está una de las grandes bazas de Stormbringer!: permite asistir al nacimiento de varias cosas a la vez. John empieza a encontrar el idioma que lo llevará a Solid Air; Beverley confirma una personalidad autoral que no debería haber quedado tapada por el brillo ajeno.

Sus canciones sostienen buena parte del equilibrio. “The Ocean”, después versionada por Françoise Hardy, tiene una finura melódica que esquiva el azúcar y coloca la emoción en una zona más adulta. “Tomorrow Time”, con el clave de John Simon, posee una elegancia extraña, casi de pieza encontrada en un cajón que todavía conserva el perfume de otra vida. Son canciones que no entran a empujones, pero tampoco se evaporan. Y quizá ahí está una de las claves de Beverley Martyn: su arte desechaba el truco inane de la grandilocuencia, pero sabía dejar huella sin manchar el suelo de tinta.

Stormbringer! y su continuación, The Road to Ruin, también publicado en 1970, no tuvieron el recorrido comercial que Island esperaba. La industria vio más claro el camino de John Martyn en solitario. Beverley fue apartándose poco a poco del eje profesional mientras él iniciaba la etapa que lo convertiría en una figura mayor. Lo que siguió en la vida privada fue mucho más oscuro. El alcoholismo, las drogas, la paranoia y la violencia machista marcaron un matrimonio que ella describiría con palabras durísimas. Tras el divorcio, en 1980, tuvo que criar a sus hijos casi sin recursos, convivir con problemas de salud y soportar ese castigo añadido que sufren tantas artistas: que el relato público las reduzca a una relación sentimental incluso cuando su obra pide otra lectura.

Por eso tiene tanta fuerza la imagen del fénix musical que la crítica aplicó a su regreso. The Phoenix and the Turtle, publicado en 2014, fue su primera grabación importante en décadas y una forma de recuperar su nombre sin convertir la herida en mercancía barata. Tenía 67 años, actuó en salas como el Bush Hall de Londres y volvió con una voz que conservaba franqueza, aspereza y memoria. En aquel disco incluyó “Reckless Jane”, una canción iniciada con su amigo Nick Drake en 1974 y terminada cuarenta años después. Hay letras que tardan tanto en cerrar el círculo que más que canciones parecen expedientes secretos de una vida.

Stormbringer! obliga a apartar la cortina con cuidado. No basta con celebrarlo como un gran disco de folk-rock temprano ni como una curiosidad con Levon Helm en los créditos. Tampoco conviene leerlo únicamente como prólogo de la obra de John Martyn, por muy tentador que resulte para la liturgia del canon. El álbum pertenece también, y de forma decisiva, a Beverley Martyn: a su voz, a sus canciones, a su experiencia previa, a esa presencia que el tiempo ha ido devolviendo al primer plano.

La tormenta de Stormbringer! nunca fue solo meteorológica. Venía cargada de deseo, ambición, intuiciones musicales, fragilidad y peligro. Hoy, al volver a ese disco, se oye la belleza del encuentro y también el temblor de lo que vino después. Beverley Martyn no fue una anécdota más en la historia de John Martyn. Fue una artista precoz, una autora fina, una intérprete con carácter y una superviviente que regresó de un silencio demasiado largo con el nombre intacto. Pero tampoco hace falta borrar la conexión que hubo entre ambos para devolverle a ella su sitio. En Stormbringer! siguen cantando juntos, suspendidos en ese instante en que dos voces encuentran una forma común antes de que la vida empiece a cobrar intereses de demora. Más allá de las tormentas, de las heridas y de las versiones incompletas del relato, esa unión musical permanece: no como coartada, sino como prueba. El trueno pasó, dejó marcas, levantó polvo. La canción, terca como pocas, sigue ahí.