Jimmy Cliff: One and All, historia de un originador

Hay letras que funcionan como testamento involuntario. En The Harder They Come, Jimmy Cliff advertía que arriba quizá hubiera un “pie in the sky”, pero que entre el nacimiento y la muerte nadie parecía escuchar tus gritos. La canción —esa oda al buscavidas que se niega a aceptar el reparto injusto del mundo— hablaba de él sin pretenderlo: del chico de Somerton District que aprendió a cantar en patios de tierra, del joven que cruzó el océano sin billete de retorno, del artista que se negó a que lo condujeran bajo tierra “como a un muñeco o un esclavo”. Y hoy, que ha muerto uno de los gigantes más inclasificables de la música jamaicana, la letra adquiere un brillo extraño, como si una cápsula de tiempo reclamara su significado final.

Antes de los focos internacionales y la iconografía del rebelde cinematográfico, Cliff ya había dejado huella en el ecosistema local: sus primeras grabaciones fueron parte del paisaje que alimentó a los sound systems, ese laboratorio móvil que sostenía la vida nocturna jamaicana y donde el ska comenzaba a mutar hacia el rocksteady. Muchas de aquellas canciones tempranas —Hurricane Hattie, Miss Jamaica, Pride and Passion— no solo prefiguraban una voz, sino un estado de transición sonora en la isla. En cierto modo, Cliff fue uno de los testigos privilegiados del momento en que Jamaica empezó a construir su propio canon.

Contar su vida exige aceptar que sus caminos no formaban una línea recta sino un delta: avances, desvíos, regresos y ramificaciones que conectaban Yard, Londres, África, Nueva York, Brasil, el Caribe entero y cualquier estudio que tuviera una puerta abierta. Quien intente reducirlo al “pionero del reggae” se queda en la superficie. Fue eso, sí, pero también un autor inquieto que veía la música como un puente global entre géneros y geografías, un actor capaz de convertirse en símbolo cinematográfico sin saber muy bien cómo había llegado ahí, un buscador de identidades que transitó del rastafarismo al islam sin perder el sentido del humor ni la mirada crítica, y un artesano de la fusión que podía pasar del ska al soul, del rocksteady al punk o del samba reggae a las raíces africanas sin pestañear.

Su destino cambió para siempre en 1972. Perry Henzell, director de The Harder They Come, lo eligió para interpretar a Ivan, ese antihéroe del gueto que se levanta contra la injusticia social con más ambición que recursos. No era actor, pero no hacía falta: el gesto, la mirada, la tensión interna y la dignidad ya estaban ahí. La película se convirtió en un clásico de culto inmediato y la banda sonora —con himnos como Many Rivers to Cross y You Can Get It If You Really Want It— transformó a Cliff en el embajador accidental del reggae ante un planeta que aún no sabía pronunciar la palabra “Jamaica”. A partir de entonces, su nombre comenzó a circular junto al de Bob Marley, aunque sus trayectorias no fuesen paralelas sino divergentes: Marley construyó un relato compacto y universal, mientras Cliff prefirió el movimiento, la exploración, la mezcla.

Pero The Harder They Come fue mucho más que una banda sonora exitosa. Cambió un patrón: abrió al mundo la idea de que el reggae podía dialogar con el cine, la política, el teatro social y el espíritu rebelde del underdog. Cliff lo entendió pronto y convirtió su carrera en una travesía sin fronteras estéticas. Lo confirmó en los 80, cuando su voz reapareció entre los créditos de Hollywood —Shelter of Your Love en Cocktail o I Can See Clearly Now en Cool Runnings, renacimiento que lo devolvió a las listas con una naturalidad casi cómica— y lo confirmó también cuando extendió su mano a músicos de otras órbitas: The Rolling Stones, Elvis Costello, Kool & the Gang, Chris Blackwell, Chris Kimsey, Ron Wood, Sting… Todos pasaron por distintas casillas de su tablero vital.

La lista de colaboraciones es, en realidad, una forma de leer su biografía. Con Leslie Kong, el productor que lo descubrió cantando en la calle, moldeó la primera etapa y formó parte del cimiento que llevaría al reggae hacia su identidad futura. Con Chris Blackwell, abrió la puerta de Island Records y se convirtió en exportación de lujo. Con Joe Strummer, demostró que el punk y el reggae podían entenderse sin acudir a ningún tratado teórico: la afinidad era natural, el mensaje social compartido. Años después, en Black Magic (2004), Cliff y Strummer cerrarían el círculo con Over the Border, un título que parecía escrito para ellos dos.

Y luego estaba África. Para Cliff, no era un concepto literario ni un deseo romántico: era un retorno. Tras una etapa de búsqueda espiritual —del rasta a la fe musulmana—, encontró en Ghana, Nigeria y Senegal algo parecido a un hogar. Su música comenzó a incorporar ritmos del continente, percusiones de raíz, melodías que parecían vivir en un territorio liminal entre Jamaica y el oeste africano. A mediados de los 70, incluso grabó en Muscle Shoals, en un gesto que descolocó por igual a su público y a su sello: otro artista habría repetido la fórmula que funcionaba; Cliff prefirió desplazarse hacia un soul que nadie esperaba. Ese empeño por el movimiento —caminar, probar, mezclar, cuestionar— definió su obra mucho más que cualquier éxito puntual.

En los 80 y 90, su brújula apuntó hacia la aldea global. Cliff Hanger (1985) le dio un Grammy; The Power and the Glory (1983) oficializó su asociación con Kool & the Gang; Breakout(1992) lo llevó a mezclar reggae con ritmos brasileños. Y el regreso comercial llegó con I Can See Clearly Now, esa canción que sonaba como si el sol hubiese decidido negociar una tregua con el mal tiempo. Fue un triunfo tardío pero incontestable, una manera elegante de recordarle al mundo que seguía ahí.

La historia reciente lo mostró en modo nómada pero lúcido: Black Magic (2004), con sus duelos y su electrónica refinada; Rebirth (2012), producido por Tim Armstrong de Rancid, donde Cliff versionaba Guns of Brixton y Ruby Soho como quien devuelve el cariño a los descendientes espirituales del reggae; y Refugees (2022), un disco que evidenciaba que su compromiso social nunca había sido impostado. En él colaboraban Wyclef Jean y su hija Lilty Cliff, un gesto generacional que funcionaba como nota al pie de una obra que siempre miró más lejos que el carril central del género.

A veces, su amplitud desconcertaba a críticos y oyentes: no estaba obsesionado con la “pureza” del reggae, un concepto del que siempre sospechó. Prefería la hibridez, la mezcla, el viaje. Quizá por eso su figura quedó menos canonizada que la de otros compañeros de época. Pero para cualquier estudioso de la música jamaicana, Cliff fue un punto cardinal: audicionó a Bob Marley para Leslie Kong, ayudó a Desmond Dekker, escribió canciones que viajarían en voces tan distintas como las de John Lennon, Cher o Annie Lennox, y mantuvo vivo el espíritu del ska, del mento y del rocksteady en épocas en que la moda giraba hacia el dancehall y el dub digital.

Hoy que nos ha dejado, su legado no se explica en términos de ventas ni de corrientes dominantes, sino como un mapa en expansión: Jamaica → Reino Unido → África → Estados Unidos → la diáspora entera. Un río que trazó sus propios afluentes. Lo dijo él mismo en clave de refrán: había muchos ríos que cruzar, pero ninguno era tan bravo como para hacerlo detenerse. Y quizá, mientras el mundo lo despide, conviene volver al principio, al testamento involuntario de The Harder They Come: “As sure as the sun will shine, I’m gonna get my share now, what’s mine.” Lo consiguió. Lo suyo fue un viaje de resistencia tranquila, de dignidad afilada, de creatividad en tránsito. Y si es cierto que “the harder they come, the harder they fall”, Cliff cayó desde una altura que solo alcanzan los que cambian la música para siempre. One and all.