Jens Lekman / Songs for Other People’s Weddings (2025)

Nada más poner el disco pensé en The Beautiful South. Ese pop de fachada luminosa, melodías que entran sin sobresalto, armonías de trazo suave y una sabiduría doméstica que observa lo cotidiano —las parejas, los rituales, las gaitas emocionales de cada cual— sin perder el pulso lúdico. Jens Lekman siempre fue de esos que saben contar una vida en tres minutos y pico; aquí decide contarlas todas, o casi: las suyas, las nuestras y las de un novelista que se mete en la canción para devolverle capítulos.

La historia reciente de Lekman es la de un romántico práctico en una industria caprichosa. Disco debut con vocación orquestal, estallido pop con Night Falls Over Kortedala, curvas pronunciadas con I Know What Love Isn’t, resurrección metódica vía Postcards y Ghostwriting, y un relanzamiento quirúrgico de su catálogo cuando los samples empezaron a pedir papeles. Mientras tanto, un oficio paralelo que terminó siendo brújula: cantar en bodas. Igual que un fotógrafo o un videógrafo que negocia su alma artística con la felicidad ajena (o con su cuidadosa puesta en escena), Lekman convirtió la boda en un laboratorio estético y ético: música que deja de ser “contenido” y vuelve a ser signo —para alguien, en un día concreto—. Él lo ha explicado con una imagen memorable: la de una “partera” que ayuda a cruzar un umbral. Puede sonar solemne; en sus manos, nace con media sonrisa.

Songs for Other People’s Weddings es la culminación de esa travesía: una ópera pop transmedia, novela y álbum, en coautoría con David Levithan. En el libro, J —cantante de bodas— y V —su pareja— se asoman a un espejo narrativo que devuelve escenas de amor observado y de amor en jaque. En el disco, Lekman recompone la trama con una secuencia de 17 piezas y casi 80 minutos que fluyen como si alguien proyectara diapositivas en la pared del salón: risas, brindis, promesas, silencios incómodos. La voz de V aparece encarnada por Matilda Sargren, detalle que abre la paleta dramática y le da contraplano emocional a un narrador al que solemos creer a ciegas.

Musicalmente, vuelve el Lekman arreglista que tanto echábamos de menos: pianos de comedia romántica con mala uva, secciones de cuerda que no abruman, vientos traviesos (por momentos coquetean con el brassy latino), percusiones claras y un pulso de house tristón que aparece como quien mira la pista desde el borde del salón. Es un álbum de colores amables que, sin embargo, no vende edulcorante: la luz entra por la ventana y revela el polvo. De ahí que el guiño a The Beautiful South no sea casual: el contraste entre el tul melódico y la letra con esquirlas está resuelto con esa naturalidad brit (o sueca con pasaporte prestado) que Lekman maneja desde sus primeros EPs.

En lo narrativo, destaca cómo la dramaturgia de canciones y capítulos se retroalimenta: hay cortes que nacen de escenas escritas y otros que, al revés, obligaron a Levithan a abrir huecos en la novela. “The First Lovesong” y “The Last Lovesong” funcionan como pórtico y epílogo, dos marcos de fotos que sostienen la serie. “Wedding in Leipzig” se permite los diez minutos para acumular tensión, humor absurdo y un crescendo de esos que te hace mirar el minutero sin querer que termine. “A Tuxedo Sewn for Two” se contonea entre el comentario mordaz a la cultura del streaming y las referencias cultas dichas con flema; “Candy From a Stranger” despliega el Lekman cronista de gestos mínimos; “Fifty-five Percent” convierte una estadística íntima en coreografía sentimental. No hay relleno, hay respiraderos: piezas cortas que oxigenan la trama y recuerdan que en las bodas el mejor guion lo escribe el azar.

La producción abraza la claridad. Nada está hiper-pulido, pero todo cae en su sitio: coros que brotan y se retiran, detalles de percusión que marcan el paso sin reclamar foco, cuerdas que dialogan con el piano como viejos amigos que se interrumpen con cariño. Lekman canta con su ironía de siempre, esa fraseo que parece estar contando una anécdota a media voz y, de repente, clava una imagen que te desarma. Cuando entra Matilda Sargren, la dinámica se abre: ya no escuchamos solo al observador profesional del amor, sino al que tropieza en casa al colgar la chaqueta.

Más allá del dispositivo, lo poderoso aquí es el tema: ¿qué queda del amor cuando lo trabajas a destajo? J canta para que otros bailen; observa, edita, ordena emociones ajenas; luego vuelve a su cocina y descubre que en lo propio no hay manual. Esa tensión vertebra el álbum con una delicadeza que evita el subrayado grueso. Y, aun así, Lekman no renuncia a su humor: anécdotas delirantes, guiños cinéfilos y filosóficos, pequeñas travesuras de quien sabe que la solemnidad, en dosis altas, estropea la foto.

¿Es largo? Sí. ¿Exige escucharlo en tramos, como quien se queda a tres bodas seguidas? También. Pero la recompensa es alta: pocas veces el indie-pop contemporáneo se ha permitido un artefacto así de generoso sin caer en la grandilocuencia. Cuando la función termina y suena “The Last Lovesong”, uno intuye por qué este proyecto importa: porque devuelve la canción de amor a su rareza primera. No como antídoto, sino como registro fiel de lo que pasa —y lo que no— cuando dos personas dicen “sí”.

Vuelvo al principio: The Beautiful South de guardia en la memoria, y Jens Lekman afinando el confeti con bisturí. Songs for Other People’s Weddings confirma a un autor que ha aprendido a escuchar a los demás para contarse mejor a sí mismo. Y, de paso, nos recuerda algo sencillo: la música vale cuando alguien la elige para un momento que importa. Aquí hay diecisiete de esos momentos, servidos con elegancia y una media luna de humor que, más que chiste, es un pacto de honestidad.