No debería pasar, porque la música es de todos, pero hay ciertos artistas que uno tiende a atesorar como suyos, hasta un punto en que da rabia compartirlos con los demás. El caso de Jeb Loy Nichols podría ser un claro ejemplo de esto. Su voz abraza de tal modo, su música y su personalidad son tan extraordinarias, que uno no puede evitar caer en el egoísmo de querer mantener todo eso en un rincón seguro del corazón, sólo accesible con una llave que nadie más sabe que existe.
El músico de Wyoming, actualmente afincado en algún lugar de Gales, es un hombre tranquilo que ocasionalmente se disfraza de sencillo trovador y nos regala su propia versión del soul maridada con la música de raíz americana. Es como si JJ Cale y Al Green hubieran tenido un hijo. Su voz y sus canciones tienen siempre una luminosidad que te atraviesa el alma. Seguramente es porque en su retiro, allá en las colinas de Gales, él vive tranquilo, dejando que su prolífica creatividad respire. No sólo hace música, también escribe novelas, diseña portadas de discos y tiene una interesante obra gráfica, mayormente basada en el grabado, que ha expuesto por todo el mundo.
En cuanto a música, sus discos se cuentan ya por decenas. Cuenta con un extenso catálogo en solitario, con álbumes soberbios como Country Hustle (2017) o The United States Of The Broken Hearted (2022), pero también ha colaborado estrechamente con gente como el incombustible y reivindicable Ian Gomm o The Okra All Stars. No obstante, una de las colaboraciones más resaltables en su discografía es la que tiene lugar con el sello finlandés Timmion Records y su banda de la casa, Cold Diamond & Mink.
Con esta formación, integrada por Jukka Sarapää (batería), Sami Kantelinen (bajo) y Seppo Salmi (guitarra, órgano), nuestro protagonista ya facturó aquél Jeb Loy (2021) que a muchos nos encandiló profundamente. Es, por tanto, una maravillosa noticia que This House Is Empty Without You llegue, cuatro años después, haciendo las veces de segunda parte de aquella pequeña obra maestra. Y una segunda parte, además, que no confirma en absoluto lo que suele decirse en este tipo de casos, ya que es tan buena o incluso mejor que la primera.
Es paradójico, de hecho, que su portada sea predominantemente negra, como contrapunto a la de aquél Jeb Loy, que era impolutamente blanca ¿Una versión en negativo? ¿Las dos caras de la misma moneda? Todo eso y más. Como pasaba en aquél, This House… despliega una belleza intensa, pero contenida. Hace gala de una sabiduría, de un reposo previo a su factura, que le confiere ese carácter, esa carga de profundidad que nos inunda en cuanto le damos al play y nos dejamos impregnar por el suave groove de “First time away from home”, con esos seductores coros a cargo de Emilia Sisco.
Profundamente romántico, el disco parece incardinarse en ese pequeño subgénero de discos de separación, los famosos break-up albums, tan propios del country y el soul, los dos géneros que marida siempre de una forma tan particular Jeb. A juzgar por la mencionada apertura o por esa manifestación de inseguridad emocional que es “I don’t wanna lose this love”, es la impresión que da. Pero ésta queda superada cuando avanza la cosa y nos damos cuenta de que lo que quiere aquí Jeb, en compañía de sus secuaces, que lo han sido también en labores de composición aquí, es dar una visión más compleja de las relaciones humanas. Sin acritud, sin el más mínimo atisbo de amargura, pero abordando temas importantes y sobre todo, profundizando en emociones.
Así, dianas suaves y certeras como “Love grows younger”, “Coming home love”, la fabulosa “Black water girl” o esa reflexión final que es “Time on my hands”, esculpen la fachada de un disco que es un monumento a la sencillez, a dejarse mecer por la vida, con sus sinsabores y momentos felices, y a no complicarla con necedades. Toda su onda expansiva se despliega en ese sentido. Parece decirnos: tranquilos, no todo va a ir bien siempre, pero siempre se termina arreglando. Tiene ese efecto balsámico, profundamente apaciguante, tan difícil de transmitir por parte de un artista. Por eso, y por muchas cosas más que prefiero que descubran ustedes solos, permítanme que comparta con ustedes este pequeño tesoro que se llama Jeb Loy Nichols. Ya me dirán. De nada.


