Hace unas semanas, en un vídeo del What’s in my Bag de Amoeba Records, los neoyorquinos Anamanaguchi rebuscaban entre vinilos y acababan hablando, no de Daft Punk ni de Boards of Canada, sino de Jeanette. Uno de ellos se refería a El muchacho de los ojos tristes como “una de esas canciones que parecen venir de un lugar sin coordenadas”, justo antes de mencionar la nueva versión de Selena Gómez, Benny Blanco y The Marías, que han bautizado Ojos Tristes. La mezcla —voz en español de María Zardoya, versos nuevos en inglés, producción glam pop e indie— podría haber sido un accidente de TikTok, pero no: es una puerta giratoria que nos devuelve, de pronto, a 1981.
Y ahí está Jeanette, con su jersey claro y esa manera tan suya de pronunciar las erres como quien intenta no romper un vaso. En Corazón de poeta, su cuarto álbum, había algo más que nostalgia: había método, visión y, sobre todo, paciencia. Tras un par de años de desencuentros con Ariola y un intento frustrado de convertirla en estrella disco alemana (experimento digno de archivo), Jeanette renegoció con RCA Víctor su regreso a España. Su condición fue trabajar con Manuel Alejandro, el mismo que le había entregado Soy rebelde una década antes. Él aceptó, tardó más de un año en escribir las canciones y reunió una orquesta de sesenta músicos en los estudios Sonoland. Cuarenta años después, cuesta imaginar algo más improbable que un sello aprobando semejante presupuesto para un disco de baladas.
Lo que surgió de aquellas sesiones fue un retrato minucioso de una mujer que había dejado de ser “la voz adolescente de España” para convertirse, sencillamente, en la intérprete más elegante del pop en castellano. Frente a frente —primer sencillo, junio del 81— coincidió con la aprobación de la ley del divorcio. Que la canción tratara sobre una separación amarga no fue casualidad: era el país el que aprendía a irse sin gritar. “Esta es la mía”, dijo Jeanette al oírla por primera vez. Y lo era. En menos de cuatro minutos, convirtió el desengaño en arquitectura sonora: cuerdas que respiran, una percusión casi ceremonial y una voz que se aparta para que pasen las emociones.
El resto del álbum es un catálogo de matices: Cuando estoy con él flota entre la ensoñación y la dependencia afectiva; Toda la noche oliendo a ti es una lección sobre cómo el erotismo puede ser elegante; Acabaré llorando y Si te vas, te vas reformulan el desamor como disciplina espiritual. Todo bajo la batuta de un Manuel Alejandro que, según dijo, “tuvo que ponerse en la piel de una mujer” para escribir esas letras. En la suya, sí, pero también en la de todas las que por entonces estaban aprendiendo a vivir sin permiso.
Y luego llega El muchacho de los ojos tristes. Una chanson travestida de balada española, con esa cadencia que parece no querer terminar nunca. Jeanette canta con una serenidad que desarma: ni un alarde, ni un gesto de más. Solo la melodía, la voz y una orquesta que respira como si lo hiciera desde el fondo de un recuerdo. No es extraño que Selena Gómez la haya devuelto a la vida: entre ambas hay una misma idea de tristeza moderna, con teléfonos móviles o sin ellos.
Hubo también espacio para rarezas. Viva el pasodoble fue un capricho de Manuel Alejandro, que insistió (en pleno arrebato pre-abascaliano) en que Jeanette cantara “algo español de verdad”. Ella cumplió el trámite y nunca la volvió a interpretar en directo. “No me pega”, dijo. Y tenía razón: Corazón de poeta no es un disco nacionalista, sino cosmopolita. El sonido podría haber salido de Londres o París, y las letras hablan de amores que no entienden de geografía.
El éxito fue inmediato. Un millón y medio de copias, doble disco de oro, giras por Sudamérica y un Premio Billboard en Español. Pero más allá de las cifras, Corazón de poeta consolidó algo que ya estaba ahí desde Porque te vas: la idea de que la vulnerabilidad puede ser una forma de fuerza. Jeanette no cantaba para llorar, sino para ordenar la tristeza, darle ritmo y luz.
El tiempo ha hecho el resto. Frente a frente fue perpetrada por Bunbury, Rocío Jurado se adueñó de Viva el pasodoble en los noventa y, entre tanto, decenas de raperos y productores latinos han sampleado sus orquestas en busca de ese brillo imposible de sintetizar. En 2025, Ojos Tristes cerró el círculo: Selena y María Zardoya cantando al mismo muchacho, cuarenta años después, con el beneplácito de la autora original. Jeanette, desde su casa en Madrid, dijo que la versión le parecía “moderna y fiel”, dos palabras que rara vez coinciden.
Hoy, a sus setenta y tres, Jeanette sigue actuando con la serenidad de quien ha hecho las paces con su propia voz. En el documental Soy Rebelde (2022) afirmaba que la gente la sigue viendo como “una niña dulce”, y que eso le hace gracia: “Soy más rebelde ahora que entonces”. Tiene razón. Lo suyo no fue una fase, fue una escuela de sensibilidad.
En Corazón de poeta, esa escuela alcanzó su grado más alto. No hay dramatismo impostado ni sentimentalismo barato: solo el temblor justo, la emoción calibrada y una orquesta que aún suena a terciopelo. Cuarenta años después, sigue siendo difícil saber si Jeanette fue una cantante pop o una autora de estados de ánimo. Quizá lo segundo. A fin de cuentas, pocos discos han hecho tanto por dignificar la tristeza.


