Han pasado ya un par de años desde la muerte de Jean-Louis Murat y el eco de su voz sigue recorriendo, como un zorro en la noche, las praderas cósmicas de la chanson francesa. Mustango —ese disco de 1999 donde su melancolía se arropa de guitarras estadounidenses, brumas afrancesadas y versos que parecen dictados por galaxias hambrientas— resurge como piedra angular de una discografía singular, vastísima y, sí, exigente. Porque Murat no fue un cantautor: fue un meteorito cultivado, irónico, huraño, que convirtió la chanson en un canal de desagüe para todo tipo de pasiones, estepas interiores y obsesiones geográficas.
“Des quasars des prairies / Un vent solaire sur les hanches / Puisatier galaxies”. Esta línea de Mustang podría valer como autorretrato. Nacido como Jean-Louis Bergheaud en Chamalières, pero criado en Murat-le-Quaire (de ahí su seudónimo), su música siempre dialogó con el paisaje. No tanto describiéndolo como siendo parte de él. Su Auvernia natal no era solo su cuna: era su sello.
Pero fue en Mustango donde esa sensibilidad telúrica se abrió al mapa de influencias más abiertamente foráneo de toda su carrera. El disco fue grabado con músicos norteamericanos —entre ellos Marc Ribot, Jennifer Charles, John Medeski, y los Calexico en pleno— y estructurado como una travesía por la noche emocional: blues, folk crepuscular, guitarras desérticas, chanson dramatizada, rock al ralentí. La voz de Murat, áspera y serena, funciona aquí como guía de un paisaje interior donde el polvo del camino es metafísico y el horizonte, un punto de fuga emocional.
Temas como Nu dans la crevasse, Bang bang o Belgrade funcionan como túneles: extensos, densos, húmedos. El primero, con más de diez minutos, es casi una caminata por un acantilado psíquico. “No hay clemencia”, diría alguien con ganas de hacerle spoiler al alma. Bang bang, por su parte, le rinde homenaje a Lee Hazlewood a la manera Murat: erotismo con tranquilizantes y una cita de Stalin que dejaría mudo a cualquier fan de Leonard Cohen. Hay otros momentos más contenidos: Mustang y Au Mont Sans-Souci lo muestran solo al piano, desnudo y devastador, como si el disco guardara una tregua, no con el mundo, sino consigo mismo.
La riqueza instrumental es otra de las grandes virtudes del álbum. Las colaboraciones no son meros cameos: Marc Ribot tiñe de polvo y óxido las guitarras, Jennifer Charles murmura como una Nancy Sinatra del dream-pop en Jim, y los Calexico prestan sus ritmos secos y sus cuerdas graves a esta geografía emocional. Hasta Howe Gelb se pasea por ahí con su wurlitzer, como si todo esto hubiera ocurrido en Tucson y no entre volcanes extintos del Macizo Central.
No todo es perfecto —algunos han acusado de extemporánea a Les gonzesses et les pédés, y Polly Jean no pasa de mera curiosidad—, pero Mustango da en la diana con más de lo que falla. Y, sobre todo, construye un espacio sonoro donde el oyente puede habitar sin fecha de salida. No es un álbum que se escuche una vez. Es una cartografía de relectura, un diario cifrado que se consulta cuando el viento solar da en las caderas.
En su relectura de la chanson como territorio de mestizaje, Jean-Louis Murat —el dandy campesino, el trovador espacial— dejó aquí su testamento más accesible y, paradójicamente, más enigmático. Mustango es, para quien esto escribe, su mejor disco. Uno que puede medirse con lo mejor del alt-country de su época, con la chanson de nuevo cuño, y con cualquier intento posterior de sonar universal desde lo íntimo


