Jane Birkin / Ex-fan des sixties (Philips, 1978)

¿Qué fue de aquellas décadas que parecían no acabarse nunca? ¿Dónde fueron a parar los flequillos, los pósteres, los himnos de tocadiscos portátil y las devociones de dormitorio adolescente? En la canción que da título a Ex-fan des sixties, Jane Birkin enumera sombras, nombres propios y ruinas sentimentales con una delicadeza casi cruel: The Shadows, The Byrds, The Doors, The Animals, The Moody Blues, McCartney, George Harrison, Ringo Starr, John Lennon. No es exactamente un ajuste de cuentas con la nostalgia; más bien una visita a un museo de cera en el que, de pronto, uno descubre que también ha envejecido. Y ahí está la primera gran virtud del disco: entiende que el pop, cuando madura, no siempre gana solemnidad; a veces gana ojeras, memoria y una elegancia un poco torcida.

A estas alturas debería estar ya bastante claro que los discos de los setenta de Jane Birkinsiguen viviendo por debajo de su cotización real. Se los ha tratado durante demasiado tiempo como apéndices distinguidos de la obra de Serge Gainsbourg, como si ella hubiera pasado por allí con su flequillo, su acento inglés y su magnetismo de leyenda para recibir canciones ajenas y dejarlas caer con gracia sobre el micrófono. Pero Ex-fan des sixtiesdesmiente esa lectura a cada paso. Sí, las composiciones son de Gainsbourg; sí, su caligrafía está por todas partes; sí, el disco pertenece a ese periodo en que ambos formaban una de las parejas más observadas de Francia. Pero lo decisivo aquí no es quién firma las canciones, sino quién les da cuerpo, temblor, ironía, fatiga, belleza y un extraño aplomo. Y ahí Birkin no comparece como musa. Comparece como intérprete mayor.

Quizá la infravaloración venga de ahí, precisamente. Del peso excesivo de la sombra de Gainsbourg, de la costumbre crítica de convertirla en figura satélite, de la tendencia a recordar el escándalo de Je t’aime… moi non plus antes que la música que vino después. También influyó que su impacto como solista no alcanzara fuera de Francia la dimensión que merecía. Mientras su imagen pública circulaba con enorme facilidad —cine, moda, prensa, el aura de icono que parece venir de fábrica—, sus discos quedaban a menudo en una zona de recepción más tímida, como si el mundo hubiese decidido quedarse con la estampa y aplazar la escucha. Aplazarla medio siglo, en algunos casos, que ya tiene mérito.

Lo que hace tan especial a Ex-fan des sixties es que llega en un momento de madurez y resaca. Es el tercer gran capítulo de una alianza artística formidable, pero también un disco que huele a final de época. Gainsbourg todavía no se ha entregado del todo a Gainsbarre, ese personaje de cinismo alcohólico y teatralidad abrasiva que después ocuparía tanto espacio. Aquí aún trabaja con precisión de orfebre malhumorado, con ese talento suyo para mezclar sofisticación, malicia, cultura pop, literatura de tocador y melodías que parecen venir de muy lejos. El resultado es un álbum agridulce en el sentido más noble del término: luminoso por fuera, lleno de corrientes frías por dentro.

La canción titular marca el tono y, de algún modo, resume la tesis del disco. Birkin canta a una ex fan de los sesenta, una petite baby doll que bailaba rock’n’roll y adoraba ídolos hoy evaporados o muertos. La letra funciona como inventario sentimental y como epitafio generacional. No hay rabia en esa enumeración, pero tampoco ingenuidad. Hay una conciencia nítida de que el tiempo no pasa en vano ni siquiera sobre los mitos. Los pósteres se despegan de la pared, las estrellas caen, la juventud organiza su retirada sin avisar y uno se queda mirando ese desorden con una mezcla de ternura y estupor. El tema podría haberse convertido en una postal retro con algo de purpurina rancia; sin embargo, sale adelante como una meditación bellísima sobre la pérdida. Soft-rock de superficie amable, sí, pero con el poso de quien ya ha entendido que toda educación sentimental termina pareciéndose un poco a un archivo.

Alrededor de esa pieza central, el álbum va desplegando una colección de canciones que confirman el estado de gracia de la pareja artística. Apocalypstick introduce ese gusto gainsbourgiano por el juego verbal y la insinuación sinuosa. Le Velours des vierges se mueve con una voluptuosidad algo envenenada, como si el lujo y el desasosiego hubieran decidido compartir sofá. Vie-mort-résurrection d’un amour passion deja asomar, con escasa diplomacia, el desgaste de una relación que se acerca al punto de ruptura. Lo notable es que nada suena confesional en el sentido ramplón del término; más bien parece que Gainsbourgy Birkin transforman su propia intemperie en teatro de cámara, en miniaturas sentimentales donde cada frase lleva una astilla.

Y luego está L’Aquoiboniste, que es una de esas canciones que justifican no ya un disco, sino una forma entera de entender la canción francesa. Tiene algo de himno para escépticos elegantes, para gente que se hace preguntas sin esperar respuesta y aun así insiste en formularlas con estilo. Birkin la habita con una mezcla muy rara de levedad y gravedad, como si las palabras se posaran apenas sobre la melodía pero dejasen marca. La canción trabaja sobre ese “¿para qué?” que no es simple nihilismo, sino una forma de cansancio lúcido, casi filosófico, dicho sin grandilocuencia. Hay piezas que envejecen como editoriales de periódico; L’Aquoiboniste, en cambio, sigue pareciendo una nota encontrada en el bolsillo de un abrigo treinta inviernos después.

Musicalmente, el disco posee una riqueza que a menudo se pasa por alto cuando se habla de Birkin como simple presencia icónica. Aquí hay pop sinfónico, arreglos refinados, inclinación al lounge, ecos progresivos, perfumes de música culta y una querencia por el sintetizador analógico que sitúa el álbum muy bien en su momento sin condenarlo a sonar fechado. El trabajo de Alan Hawkshaw en los arreglos ayuda a construir ese clima entre ensoñación y decadencia distinguida. Incluso cuando Gainsbourg recurre a sus viejos préstamos y guiños al repertorio clásico, como en Dépressive, lo importante no es la cita en sí, sino cómo queda integrada en un lenguaje pop de enorme precisión. Nada sobra, nada busca llamar la atención con aspavientos. El disco avanza con la cadencia de quien conoce muy bien sus armas y no necesita exhibirlas como si estuviera en una feria.

Sobre la voz de Birkin se ha escrito mucho y no siempre con justicia. Que si frágil, que si poco formada, que si más hablada que cantada. Todo eso puede ser cierto y, al mismo tiempo, irrelevante. Porque esa voz, con su dicción inglesa rozando el francés como una caricia ligeramente desplazada, es exactamente el instrumento que estas canciones necesitaban. Donde otra cantante habría optado por la prestancia o el dramatismo, Birkinintroduce vulnerabilidad, distancia, humor seco y una intimidad nada empalagosa. Convierte la limitación en estilo, y el estilo en verdad expresiva. No es poca cosa. De hecho, es bastante más difícil que cantar muy bien y dejarlo ahí, tan campante.

También por eso Ex-fan des sixties permite releer a Birkin más allá de la categoría cómoda de icono cultural. Lo fue, desde luego, y con una amplitud poco común: cine, moda, música, presencia pública, un tipo de modernidad que parecía improvisada y sin embargo acabó marcando época. Pero este disco recuerda que su talento no consistía solo en representar un tiempo, sino en saber darle voz. Una voz singular, intransferible, capaz de volver habitable la escritura de Gainsbourg sin quedar sepultada por ella. Ella afinaba el gesto, rebajaba la autosuficiencia del autor, introducía humanidad allí donde él a veces tendía a la maniobra brillante. Era menos musa que cómplice, menos vehículo que filtro esencial.

Escuchado hoy, Ex-fan des sixties suena como el retrato de una transición: la de una mujer que busca su propio lugar dentro de una alianza artística asimétrica, la de una década que se despide entre reliquias pop y desencanto, la de un compositor genial que aún conserva intacta la mano antes de entregarse por completo a su caricatura más feroz. Hay discos que ganan actualidad por accidente; este lo hace por profundidad. Sigue hablando de ídolos caídos, del desgaste de la fascinación, del vacío que dejan ciertas épocas cuando terminan y de la forma en que seguimos viviendo entre sus restos.

Y al final ocurre algo hermoso: Jane Birkin canta la desaparición de sus viejos héroes, pero el propio disco corrige la escena. Porque mientras se despide de los ídolos, ella misma empieza a ocupar ese lugar. No de manera aparatosa, ni tirando de hieratismo divino, ni con esa voluntad monumental que tanto estropea a algunos artistas. Más bien al revés: casi sin querer, casi sin proponérselo. Como las figuras que permanecen porque nunca hicieron demasiado ruido al entrar en la habitación. Ex-fan des sixties registra exactamente ese momento. El instante en que Birkin deja de mirar el santoral pop desde fuera y pasa, con una elegancia triste y luminosa, a formar parte de él.