James Yorkston / Songs for Nina and Johanna (Domino, 2025)

Probablemente me hubiera gustado más que este disco hubiera visto la luz ya entrado el otoño, cuando los días acortan y las canciones de James Yorkston encuentran su hábitat natural entre el abrigo de la domesticidad. Pero Domino ha decidido lanzarlo en pleno agosto, quizá para recordarnos que el folk también puede ser bálsamo en verano, más aún si viene acompañado por las voces de Nina Persson y Johanna Söderberg, que se cuelan en las estancias como un calor amable, más próximo a la lumbre hogareña que a la insolación mediterránea.

La génesis de Songs for Nina and Johanna hay que buscarla en Estocolmo, donde Yorkston ya había grabado The Great White Sea Eagle con The Second Hand Orchestra y Persson como aliada de lujo. La amistad entre ambos prendió rápido y abrió la puerta a un nuevo trabajo compartido. La aparición de Johanna Söderberg, mitad de First Aid Kit, terminó de sellar un triángulo escocés-sueco que en otras manos podría haber sido un cruce de extraños; aquí, en cambio, resulta un diálogo luminoso. Yorkston aporta la aspereza folk de Kingsbarns, mientras Persson y Söderberg elevan la sofisticación pop escandinava. Una combinación que funciona porque Yorkston, no nos engañemos, no es un Alfredo Landa de los Highlands perdido en Estocolmo, sino un anfitrión generoso que sabe cuándo retirarse un paso para dejar espacio a sus invitadas.

El disco arranca con I Can Change, donde la voz de Persson vibra con un temblor inquietante mientras la guitarra de Yorkston marca el tono íntimo de todo el álbum. En Oh Light, Oh Light, Söderberg conduce el tema hacia un terreno casi bluegrass, recordándonos que los caminos del folk pueden bifurcarse sin perder raíz. A Moment Longer ofrece a Persson en registro melancólico, contrapunto perfecto a Love / Luck, optimista y ligera, donde Söderberg canta a la conexión amorosa con naturalidad desarmante. Incluso cuando el disco se adentra en territorios sombríos —Rabbit como retrato de una relación agotada—, lo hace desde la convicción de que la ternura puede resistir en tiempos de desastre.

Yorkston no escribe himnos, sino viñetas domésticas. En I Spooked the Neighbours lo demuestra con ironía áspera, narrando pequeñas desventuras caseras que, en sus manos, adquieren peso universal. Ahí reside parte del secreto: en un contexto cultural saturado de cinismo y desmoralización, Yorkston insiste en que la excelencia puede brotar de lo lúdico, de lo cercano, de lo aparentemente menor. Y lo hace con la complicidad de dos voces que amplifican su propuesta sin eclipsarla.

El álbum confirma a Yorkston como un cronista de lo cotidiano que se crece en compañía. Tal vez porque su poética de lo íntimo funciona mejor cuando se abre a los demás: en este caso, a dos artistas suecas que no solo ponen voz, sino también perspectiva y aire fresco.