J’AIME: “Me puedo levantar un día con una melodía que se me ocurrió hace veinte años, y está ahí intacta”

J’AIME, artesano del pop más meticuloso y melómano de laboratorio, regresa con Anachronistic D’Amour (Jabalina, 2025), un disco donde el tiempo deja de ser una línea para convertirse en un campo de juego. Cinco años después de Love and Squalor, el músico pamplonés —mitad científico del sonido, mitad falsificador romántico— vuelve a trastocar las reglas del estilo, mezclando cajas de ritmos suicidas con guitarras de doce cuerdas rescatadas del siglo pasado y duetos que podrían firmar Lee Hazlewood y Nancy Sinatra en una sobremesa con Robert Forster. La portada, obra de Javier Aramburu, ya da la pista: humor, elegancia y un pie siempre fuera de época. Entre lo cómico y lo trágico —o quizá en esa deliciosa franja tragicómica donde habita su música—, J’AIME conversa con Atonal sobre anacronismos, guitarras que hablan y canciones que desafían la cronología como quien echa un pulso a la gravedad.

En tus discos siempre has saltado sin red entre géneros, pero en Anachronistic D’Amour esa libertad parece más marcada que nunca. ¿Es una forma deliberada de desafiar la “dictadura de los estilos” que mencionabas hace un tiempo?

Sí, supongo. Ya ni recuerdo aquella frase, digo tantas cosas… (ríe). Pero siempre me he resistido a hacer música ciñéndome a un solo estilo, como sabes. Está, por ejemplo, en el origen mismo de Souvenir, en 1999, cuyo único nexo de homogeneidad era entonces el idioma francés. Veintipico años después tengo que decir que lo de hacer discos con estilos dispares es ya casi un lugar común, pero entonces creo que fuimos un poco pioneros.

Love and Squalor fue un disco compacto, grabado casi del tirón. Este nuevo álbum, en cambio, tiene algo de collage artesanal, de trabajo a ratitos. ¿Fue una ruptura buscada con aquella manera de grabar?

Efectivamente, en mi disco anterior creo que no di tanta rienda suelta a esa libertad que mencionabas; me quedó un disco bastante más canónico, más homogéneo… lo cual no está mal, es lo que en aquel momento me salió hacer. También fue un disco “en estudio”, y con arreglos de cuerdas, colaboraciones… La cosa es que cuando grabé por divertimento aquel Seis Versiones en 2021, con sus correspondientes versiones personalizadas en cada copia del cassette, me vi mucho más suelto y libre, mezclando —yo qué sé— guitarras españolas con un ritmo de Casiotone grabado a pelo con un micro, voces con efectos raros, canciones sin percusión, solo voz y autoharp… y cuando me planteé grabar un nuevo disco, pensé que debía seguir por esa línea. También Alasdair de Tindersticks (que grabó en mi disco anterior) me animó a usar más la cuatro pistas Tascam de cinta de cassette. “Es tu sonido”, me dijo. Así que baterías y bajos los he grabado con esa grabadora, y estoy encantado con el resultado, a medio camino entre vintage y mid-fi.

Portada de Anachronistic D’Amour. Autor: Javier Aramburu


La portada de Javier Aramburu, con esa Gretsch White Falcon pintada al óleo, parece un manifiesto visual. En tiempos tan líquidos, ¿editar en físico exige apostar a caballo ganador?

La portada de Javier fue el mejor regalo en los últimos meses de grabación. Tuve muchísima suerte porque, como sabes, él ya no hace apenas portadas, salvo para Ibón y Teresa, y poco más. Pero le estimuló el título y tuvo una idea instantáneamente, que es la que finalmente ha salido. Me encantó porque tiene mucho del sentido del humor visual de Aramburu, y eso casaba genialmente con parte del tono del disco, que yo quería que fuese menos dramático que Love and Squalor, más desenfadado e irónico.

Editar en físico es una locura en la que agradezco muchísimo al sello Jabalina que se siga embarcando… y con ese envoltorio visual habría sido un crimen no hacerlo.

En el disco asoman viejos héroes cristobalianos: el Forster más melódico en (Strictly Not) Thinking of You, el eco fronterizo de Charlie Megira en Amplified Heart… ¿Son guiños conscientes o simple telepatía pop?

Lo de Forster es inevitable, porque yo intenté hacer una canción más jangle ochentas, tipo Love Resistance de Apple Boutique… pero supongo que la cabra tira al monte. Lo de Charlie Megira me sorprende y alegra que lo hayas detectado, porque eso sí que no fue consciente… simplemente quería hacer una canción con la caja de ritmos que usaban Suicide, a ver qué salía… Esas sonoridades me vienen de lejos, son cosas que aprendí en los tiempos con mi añorado Roberto C. Meyer, pero veo la conexión totalmente.

Decías que querías huir del dramatismo de tu disco anterior. ¿Anachronistic D’Amour es más cómico que trágico o, como suele ocurrir, acaba siendo tragicómico?

Es sin duda tragicómico. Porque por cada canción irónica de amor (Strictly Not) o retrato sarcástico de un narcisista (The Great Big Liar), también hay una canción sobre el miedo a un mundo sin amor (No World Without Love) ¡o incluso una canción sobre cuando me muera! (When I’m Gone).

Jaime Cristóbal, reverbcore descalzo.


Hay un sonido fronterizo y una guitarra omnipresente, con aromas de country y reverberaciones de rockabilly. ¿Fue la guitarra la brújula del disco o su elemento desestabilizador?

Es mi huella digital, no puedo evitar que aparezca por toda la escena del crimen, por así decirlo. Amplified Heart iba a ser una cosa mucho más minimalista y electrónica, pero al final, guitarra en mano, escuchándola mientras pensaba qué podría añadir, de repente me salieron esos fraseos twang, casi inconscientemente. Y de repente la canción ya había cogido esa dirección. Me pasa a menudo.

Entre títulos en inglés aparece ese Vuela alto en castellano, un tema de aire barroco y melancólico. ¿Es un guiño a Charlie Mysterio (antiguo compañero de aventuras) o un intento de reconciliarte con el idioma propio?

Es un honor la mención a Charlie, gracias. Pues se trata de un himno de despedida a un amigo fallecido, el músico Daniel Ulecia. Tenía esos acordes de autoharp sin saber qué hacer con ellos. Cuando Dani se fue, al día siguiente, en un viaje en tren —camino del Madrid Popfest, donde iba a pinchar— me salió una melodía casi del tirón, como si estuviese flotando en el aire y yo simplemente la recogiese. Allí mismo saqué el cuaderno y escribí la letra. Espero que se note que es una canción optimista sobre la muerte, porque en el disco anterior abordé ese tema mucho más lúgubremente.

La estética del disco, tanto sonora como visual, parece responder a un mismo impulso: mezclar tiempos, rescatar grabaciones antiguas y terminarlas con tecnología actual. ¿Qué significa para ti ese “anacronismo” como método creativo?

La mezcla de elementos anacrónicos, instrumentos, por ejemplo, es algo que ya venía haciendo. En Vuela alto me encanta lo bien que encajan un instrumento del siglo XIX (el autoharp) con otro de los 80 (el Omnichord). Más estimulante para mí ha sido retomar grabaciones viejas e integrarlas en algo completamente nuevo. Los dos solos de guitarra eléctrica de doce cuerdas que suenan aquí los grabé en 1997. Me fascinó el reto de reintegrarlos en una canción regrabada casi por completo. Creo que representa muy bien esa especie de flujo creativo interno que yo tengo con lo que hice hace 20 o 30 años, que está muy presente siempre. Me puedo levantar un día con una melodía que se me ocurrió hace veinte años, y está ahí intacta. Así que quería un poco representar eso. Por cierto, esa guitarra de doce cuerdas la tuve que vender en 2003 para poder costearme la White Falcon de la portada.

Amplified Heart, (Strictly Not) Thinking of You, Vuela alto, The Great Big Liar… cada canción parece tener su propio ecosistema temporal. ¿Hubo alguna que te sirviera como brújula para definir el resto?No… fue más bien el título del disco. Cuando se me ocurrió, ya tenía un poco la guía de lo que tenía que hacer para darle cierta coherencia a todo. En Amplified Heart o Vuela alto el anacronismo es más explícito, estilístico, arreglístico, y en (Strictly Not) o The Great Big Liarmás en cuanto a técnicas de grabación, grabando la batería de Ion Etxabarri y los bajos con el cuatro pistas, y el resto digitalmente.

Dices que disfrutas encontrando instrumentos que suenan fuera de su época: cajas de ritmos en el rockabilly, claviolines en el pop de los sesenta… ¿Te consideras un arqueólogo sonoro o un falsificador romántico del tiempo?

En mi faceta de podcaster, buscar esas anomalías efectivamente es un intento de arqueología totalmente amateur, de fan de la música. Veo que has detectado que un viejo programa de Popcasting lo titulé Anachronistic d’Amour, y que he reciclado el concepto para este disco. ¡Buen trabajo!

Como músico, “falsificador” me gusta más, porque la creación artística tiene algo de eso. Pero quizá mejor sería la palabra inglesa repurpose, que es algo así como reutilizar, reconvertir, darle un nuevo propósito o sentido a algo. La misma caja de ritmos o sinte raro o lo que sea puede servir para construir algo diferente, con una luz distinta y —si consigo mi objetivo— bello.


 J´AIME / Anachronistic D’Amour 

Cinco años después de Love and Squalor, J’AIME vuelve a desafiar la cronología del pop con Anachronistic D’Amour (Jabalina, 2025), un álbum que parece grabado en varios siglos a la vez y que, sin embargo, mantiene la coherencia de quien conoce de memoria su propio caos. Aquí no hay nostalgia impostada ni reconstrucción retro, sino una arqueología sentimental que mezcla mid-fi, guitarras twang, sintetizadores Yamaha y cajas de ritmos recicladas del armario de Suicide. El resultado es un collage de época incierta, donde el humor, la ironía y la melancolía coexisten sin necesidad de reconciliación.

El disco se abre con (Strictly Not) Thinking of You, un vals eléctrico en clave Forster, que inaugura la tónica tragicómica del álbum: canciones de amor que desconfían del amor, estribillos brillantes a punto de romperse. Amplified Heart, con su caja de ritmos analógica y un dueto entre Jaime Cristóbal y Patricia de la Fuente que bien podrían haber firmado Hazlewood y Sinatra, ofrece una lección de estilo fronterizo, más emocional que formal. En Vuela alto, homenaje a un amigo ausente, la emoción se disfraza de himno optimista; el autoharp y el Omnichord se dan la mano como si fueran viejos conocidos en una sobremesa imposible entre 1890 y 1983.

El método de trabajo —“a ratitos aquí y allá”— no es una anécdota, sino la declaración de principios de un artista que prefiere construir sus discos como quien restaura una pintura: capa sobre capa, textura sobre textura, recuperando grabaciones de hace 25 años y reinsertándolas en el presente. Esa práctica de “falsificación romántica”, como él mismo la llama, da lugar a canciones que no sólo dialogan entre sí, sino también con su propia biografía sonora. The Great Big Liar o No World Without Love confirman esa tensión entre sarcasmo y ternura que convierte su pop en algo esencialmente humano, incluso cuando parece escrito por un androide melancólico.