Jack DeJohnette: el hombre que convirtió el tiempo en música

“No toco para brillar, toco para que la música brille.” La frase, pronunciada por Jack DeJohnette en una entrevista de los años noventa, podría figurar en su epitafio si los cementerios aceptaran declaraciones de principios. En Woodstock, la tarde del 26 de octubre de 2025, el silencio pareció adoptar forma de platillo. Tenía 83 años. El jazz perdía a su alquimista del tiempo, al hombre que, con la serenidad de un monje zen y el oído de un arquitecto, convirtió la batería en un arte de ingeniería espiritual. Uno imagina su estudio, las baquetas descansando sobre el piano, como si ambos instrumentos hubieran estado toda la vida conversando en secreto.

Nacido en Chicago en 1942, DeJohnette fue un niño de cuatro años frente a un teclado, estudiando con Antoinette Rich, directora de una orquesta femenina, que quizá intuyó lo que nadie más podía: aquel chico no venía a obedecer el compás, sino a reinventarlo. A los trece cambió las teclas por los tambores y, sin saberlo, dio el primer paso hacia su propio lenguaje. En esa ciudad donde el jazz era una forma de resistencia civil, el joven Jack se unió a la Association for the Advancement of Creative Musicians, rodeado de espíritus libres como Muhal Richard Abrams o Roscoe Mitchell. De Abrams heredó el consejo más útil de su carrera: “Muévete a Nueva York antes de que te alcance la rutina”.

Y allí, claro, el destino se presentó con un ride brillante. Primero fue el cuarteto de Charles Lloyd, donde conoció a un pianista llamado Keith Jarrett. Luego, Miles Davis. En 1968, Miles estaba en pleno incendio creativo y DeJohnette apareció para avivar las llamas. Su batería, más líquida que percusiva, marcó la transición entre el swing cerebral y la combustión eléctrica de Bitches Brew. Davis, en sus memorias, dijo que Jack le ofrecía un “groove profundo sobre el que era imposible no tocar”. Su huella se extiende por discos como Live-Evil, A Tribute to Jack Johnson o On the Corner. Tres años en el grupo más volátil del planeta, y salió de allí ileso, con más ideas que traumas.

La década siguiente fue su consagración como líder. Proyectos como Directions, New Directions y, sobre todo, Special Edition demostraron que podía escribir partituras tan complejas como los solos que las alimentaban. Pero su destino estaba escrito en tres nombres: Jarrett, Gary Peacock y ECM. Con el Standards Trio, DeJohnette transformó la noción misma del acompañamiento. No era el metrónomo del grupo, era su respiración. Manfred Eicher, jefe del sello, le confió más grabaciones que a ningún otro artista. En ECM, Jack fue batería, pianista, colorista y, a ratos, filósofo de estudio.

Su manera de tocar era pura elasticidad: una conversación entre lo que suena y lo que está a punto de sonar. La frase del principio —“no toco para brillar”— no era una pose, sino un método. Tocaba como quien observa un paisaje desde el tren, con una mezcla de curiosidad y desapego. Su batería flotaba. Era un tejido de silencios, explosiones y microdecisiones que convertían cualquier tema en un organismo vivo. Quien le vio en directo sabe que sus solos eran menos un despliegue técnico que un proceso hipnótico, casi respiratorio.

Cuando en los ochenta retomó el piano, más de uno pensó que había cambiado la batería por una vida tranquila. En realidad, solo estaba modulando el mismo pensamiento rítmico desde otra frecuencia. En los noventa habló de su música como “multidimensional”, una palabra que en su boca no sonaba a marketing sino a topografía espiritual. Esa espiritualidad se expandió en su sello Golden Beams Productions y en álbumes como Music in the Key of Om o Peace Time, donde exploró un jazz meditativo, sin ego, más cerca de la contemplación que del virtuosismo. Su legado va mucho más allá de los premios —NEA Jazz Master en 2012, dos Grammy, el ingreso en el Modern Drummer Hall of Fame—. Está en los músicos que aprendieron que la batería también puede hablar en plural. En quienes entendieron, escuchándole, que el ritmo dibuja, nunca golpea.

Jack DeJohnette fue, en última instancia, un hombre que escuchó el mundo con la atención de un monje y lo tradujo a sonido. Entre Chicago y Woodstock hay todo un arco de medio siglo de música que lo tuvo siempre de fondo, marcando un compás que no pertenece a ningún género ni época. Y ahora, cuando el tiempo —su verdadero instrumento— sigue avanzando sin él, su frase vuelve a sonar, suspendida en el aire como un eco perpetuo.