Con apenas 25 años, la rapera de West Philadelphia se ha convertido en una de las voces más interesantes del hip-Hop norteamericano actual. Ya asentada en la escena Philly y con un disco de debut llamado ‘Eden‘ (2016) que era toda una brisa fresca y lozana alentada por un sugestivo desparpajo lírico y vocal que era sustentado gracias a un background sonoro repleto de soul, guiños al sonido filadelfia y una contemporaneidad nada reñida con el hacer artesanal.

Portada de ‘Overgrown’

Con su nuevo trabajo ‘Overgrown‘ (Les Fleurs Records, 2018) , esta graduada en económicas por Wharton (sí, el mismo lugar que alumbró el porvenir académico de personalidades tan cuestionables como Donald Trump o Elon Musk) prosigue en la indagación de su propia identidad, con unas letras escritas de su puño y letra, subrayando el tamiz soul de su voz, y aproximándose tanto a estiletes del pop afroamericano de alcoba como Maxwell (obviemos el género de estos ángeles a la hora de hacer comparativas) en canciones tan redondas como ‘Rollercoaster‘ (oliendo a hit por los cuatro costados) tanto a adalides de la conciencia afro como D’Angelo, en joyas como ‘Parables‘ (con una sección rítmica que es puro ‘Voodoo‘)

Con canciones como la mencionada ‘Parables‘ o ‘How High‘ queda claro que Ivy abraza el lado menos beligerante del rap, pero eso no resta entidad a su propuesta, especialmente gracias a su locuacidad y el hábil uso de los recursos sonoros, nada arriesgados pero fuertemente arraigados en una tradición sonora nada desdeñable, aquella que va desde el funk hasta el hip hop de los native tongues. De hecho, con el colectivo que encuadró a propuestas tan influyentes como A Tribe Called Quest o De La Soul, Ivy Sole conecta por la esencia reflexiva y curativa de su lírica, apegada incluso a su faceta más espiritual:”Comfort me with the holy book. Probably closer to the fallen one. Lucifer on my looseleaf”.

Uno de los puntos clave del álbum es cuando afronta desde la primera persona una situación de abuso sexual, yendo incluso más allá de la denuncia etiquetada tras el #metoo y apuntando desde un speech: “Lo que me pasó no es mi culpa, pero sí que es mi responsabilidad curarme”, donde apela al poder intrínseco de la autoestima en estos tiempos de posturas y selfies coyunturales.

A pesar del talante reflexivo de gran parte de las canciones, Ivy Sole no rehuye fórmulas más lúdicas y bailables, como el dance con sentido de ‘Wasted’ o ‘Bones’, que le emparentan con el pop mainstream de pista de baile o el reguetón al ralentí de ‘Taken’, que introduce la colaboración del sugerente músico ghanés B4bonah, en una demostración absoluta de que una nueva y versátil artista empieza a lucir con firmeza dentro del ingente panorama de la música negra de nuestros días.

 

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