A Isaiah Rashad siempre le ha costado fingir que la vida avanza en línea recta. En sus discos, las cosas vuelven como suele regresar una mala costumbre: primero como ruido de fondo, luego como presencia incómoda y finalmente como una frase clavada en mitad de un verso. It’s Been Awful, tercer álbum de estudio del rapero de Chattanooga y primer largo desde The House Is Burning (2021), nace de esa mecánica torcida: la de un hombre con demasiada labia para esconderse del todo y cercenado por las cicatrices de la vida como para convertir la confesión en reel de Instagram. Rashad no utiliza el rap como una forma de construir su fortaleza de la soledad, sino como una forma de sacar cuentas con lo vivido, aunque el balance llegue manchado de alcohol, pastillas, recaídas y promesas que alguien dejó enfriar sobre la mesa.
No conviene presentarlo como un superviviente recién reconciliado con el universo, porque ahí el disco perdería su gracia. Rashad llega con la mezcla de lucidez y cansancio de quien conoce el camino de vuelta porque lo ha recorrido demasiadas veces. Desde Cilvia Demo(2014), su música ha estado atravesada por la paternidad, la depresión, la ansiedad, el abuso de sustancias y cierta tristeza heredada, de esas que no vienen con manual de instrucciones. En Hereditary ya hablaba de un padre que le enseñó a beber para espantar el dolor; en The Sun’s Tirade convirtió la depresión en un bochorno interminable; en The House Is Burningparecía buscar oxígeno entre el humo. Ahora, en It’s Been Awful, no mira el incendio desde lejos: camina entre los restos, aparta ceniza con las sneakers y reconoce lo que todavía quema.
El disco funciona como un diario de recaída, pero no como una petición de absolución. Hay nombres, sustancias, tropiezos, familia, hijos, vergüenza y una conciencia casi física de haber decepcionado a demasiada gente. The New Sublime ataca la mitificación de las pastillas, como si el colocón fuera una estética y no una factura que siempre llega con intereses. En M.O.M y Ain’t Givin’ Up, Rashad vuelve sobre la rehabilitación, el alcohol, las metanfetaminas y esa maquinaria circular de la adicción donde cada propósito parece escrito con tinta que se borra al primer mal día. No hay sermón ni manual de superación con portada happy flower. Hay un tipo intentando explicar por qué ha vuelto a caer, por qué a veces no basta con querer salir y por qué la culpa, cuando se instala, tiene una puntualidad de relojero suizo.
La familia pesa como un segundo bajo en el disco. En Happy Hour, las lágrimas de su madre no aparecen como recurso melodramático, sino como una escena que Rashad no sabe mirar sin apartar los ojos. La entrada de su hermana en prisión, su relación con sus hijos y la dificultad de convertirse en ejemplo cuando uno todavía aprende a no sabotearse dan al álbum un espesor raro dentro del rap confesional contemporáneo. Isaiah Rashad no exhibe la herida con teatralidad; la toca para comprobar si sigue ahí. Y casi siempre sigue. En Act Normal, al retroceder hasta los doce años, el disco encuentra una de sus claves: para algunos, la normalidad fue una coreografía aprendida entre adultos rotos, silencios torpes y formas de cariño contaminadas de desconfianza.
Pero It’s Been Awful no se limita a poner el foco sobre el derrumbe. Su fuerza está en cómo Rashad convierte esa materia en música sinuosa, cálida, turbia, con el sur respirando por las costuras. La producción de KTC y Julian Sintonia evita el drama con rotulador grueso y levanta un paisaje de bajos mullidos, jazz vaporoso, psicodelia leve, neo-soul y guitarras que aparecen como luces de gasolinera al fondo de una carretera nocturna. Se ha hablado de Prince, de If I Was Your Girlfriend, de OutKast en sus tramos más mutantes, de Stankonia y The Love Below, y no son referencias descabelladas: el disco comparte con esos mundos cierta elasticidad, esa forma de doblar la canción sin romperla, de colar pensamientos bastante poco sexys dentro de una música con temperatura corporal.
Ahí entra Boy in Red, con SZA, una colaboración que no cae en el lujo ornamental. La canción trabaja la fluidez sexual, el desgaste sentimental y la vulnerabilidad sin convertir nada en pancarta. Tras la exposición pública que sufrió en 2022, cuando un vídeo íntimo filtrado le obligó a responder ante una mirada ajena y feroz, Rashad parece haber encontrado una manera menos defensiva de hablar de identidad. No necesita justificar su deseo ni convertirlo en titular permanente. Lo integra en la música con naturalidad, y por eso funciona mejor.
Cameras, con Dominic Fike, abre otro ángulo: la nostalgia como aparato defectuoso. La canción tiene algo de recuerdo visto en una pantalla rajada, con esa cualidad de Fike para sonar como si acabara de despertarse dentro de una melodía ajena. Same Sh!t, por su parte, resume bien el nervio central del álbum: los hábitos que vuelven, los días que se parecen demasiado, la sensación de estar intentando cambiar mientras el cuerpo busca la salida de siempre. Rashad rapea con esa cadencia suya, ladeada, flexible, conversacional, capaz de deslizar una confesión terrible entre dos frases casi dichas de pasada. Su flow nunca necesita ponerse rígido para imponer autoridad; prefiere torcer el gesto, dejar caer la sílaba, entrar tarde, salir antes y convertir la fragilidad en swing.
Uno de los aciertos del álbum está en no confundir oscuridad con monotonía. It’s Been Awfulpodría haberse hundido bajo el peso de su propio inventario de daños, pero Rashad y su equipo encuentran aire en los pliegues. Hay cortes de elegancia quebrada, momentos donde el bajo acaricia más que empuja, pasajes donde el soul se mezcla con una psicodelia de bordes blandos y otros donde el rap vuelve al hueso, seco y directo. No todo alcanza la misma temperatura: en algún tramo central el disco coquetea con la dispersión y ciertos ambientes parecen alargarse más por atmósfera que por necesidad. Pero incluso ahí Rashad conserva algo difícil de fabricar: una voz reconocible no sólo por su timbre, sino por su manera de dudar.
Esa duda es, quizá, el verdadero centro del álbum. Rashad no escribe desde ninguna cima moral, sino desde el arcén, con las luces de emergencia puestas y el motor todavía caliente. Sus canciones no venden curación instantánea ni esa épica de gimnasio emocional tan sospechosa como un batido proteico a las tres de la mañana. Lo suyo es más áspero y más humano: admitir que la sanación puede avanzar torpemente, con recaídas, vergüenza y días en los que uno vuelve a fallar justo después de haber prometido lo contrario. Y aun así, el disco no se entrega del todo al pozo. En Superpwrs y 719 Freestyle asoma algo más limpio, con una voluntad modesta y fiable: seguir aquí, escribirlo y convertir el daño en ritmo.
It’s Been Awful confirma a Isaiah Rashad como uno de los narradores más singulares de su generación porque entiende que la vulnerabilidad, en el hip hop, no consiste en adornar la tristeza con terciopelo, sino en encontrar una cadencia capaz de sostener lo que casi no se puede decir. El álbum mira de frente las recaídas, la identidad, la familia y la culpa sin convertirlas en coartada estética. Su crudeza no lo vuelve opaco; deja entrar una luz irregular, suficiente para distinguir el camino aunque todavía esté lleno de barro. Confrontación y redención: a pesar de la aspereza del material, el disco no es puramente oscuro; Rashad revisa errores pasados con la mirada puesta en un mañana más brillante, aunque ese mañana, por suerte, no venga envuelto en celofán motivacional.


