Cuando entrevisté a Saul Adamczewski para hablar de Karaoke For One Vol. 1, (2018) la llamada telefónica se enturbiaba cada pocos minutos. Caminaba por la calle y el ruido de los coches, el viento o —admitámoslo— mi inglés de extraextrarradio interferían en la conversación. Terminamos por mail, como dos corresponsales que tratan de mantener una charla a través del ruido del mundo. La música de Insecure Men se parece bastante a eso: melodías que llegan distorsionadas, frases interrumpidas por el tráfico mental, una belleza que se abre paso entre el caos.
El líder de Fat White Family, expulsado temporalmente del grupo en 2015 por sus excesos, ha sabido hacer de su propia caída un motor creativo. A Man For All Seasons prolonga esa línea que va del desmoronamiento a la redención, del barullo del post-punk a un pop de salón narcotizado. Como si Blaze Foley se hubiera colado en un estudio de grabación de exotica, el disco respira country de porche y pradera, teclados empolvados y vibráfonos que suenan como si hubieran pasado por el fregadero de la historia.
Sí, A Man For All Seasons está profundamente marcado como el álbum de “recuperación” de Saul Adamczewski, una etapa de introspección y renacimiento personal tras enfrentar una crisis de salud y adicción más grave que la que precedió a su debut. El propio Adamczewski lo define como su obra “más cruda y auténtica”, una transformación vital nacida del verano de 2024, cuando atravesó una psicosis inducida por el abuso de sustancias que lo llevó a ver “chicles en el suelo de Brixton como obras de arte con mi cara”. De aquel infierno brotó un lento rescate: la abstinencia de opioides en casa de su madre, el intento de recomponer vínculos familiares y una necesidad urgente de encontrar “alguna verdad o significado interior”. Ese tránsito se filtra en cada canción —desde las baladas country marcadas por el desamor hasta los arreglos narcóticos de órgano, vibráfono y saxofón— que, más que anestesiar, parecen tender un puente entre la confusión mental y un raro tipo de calma.
Grabado en los Konk Studios de Ray Davies, bajo la producción de Raf Rundell, el álbum muestra a un Adamczewski más colaborativo y menos obsesivo. Cede espacio a su círculo habitual —Ben Romans-Hopcraft, Marley Mackay, Alex White— para construir una atmósfera densa, casi flotante. Suena como si el pop británico hubiera pasado una temporada en un balneario de metadona.
En Tulse Hill Station, Saul convierte su descenso en un country frágil y lisérgico, un pequeño milagro que recuerda a Foley en su fase más quebradiza. Cleaning Bricks es puro tecno-glam de albañil refinado, una de las canciones más radiantes (y pegajosas) de su carrera; podría compartir lista de reproducción con lo último de Baxter Dury sin despeinarse. Alienjuega al Sweet Jane dominguero, con guitarras que se derriten sobre un pedal steel afligido. Butter y Saint Joan reafirman la vieja vocación de Insecure Men: canciones aparentemente dulces que, al tocarlas, cortan.
Pero lo más interesante del disco no está solo en su sonido —esa mezcla de lounge, country y pop decrépito—, sino en su tono moral. Saul Adamczewski ha vivido lo suficiente como para saber que la ironía no cura. Aquí hay ternura, un humor grisáceo y una obstinada búsqueda de dignidad. Él mismo lo resume en una frase que podría servir como epitafio temporal: “Suena cursi, pero busco alguna verdad, algún significado interior. Cuando toco estas canciones, salgo de mi cabeza”.
Si el debut de 2018 fue el disco de la caída, A Man For All Seasons es el de la restauración: un trabajo que respira a través de las grietas y hace del desorden una forma de elegancia. Y aunque Insecure Men llevaban años en silencio —más rumor que banda—, este regreso supera cualquier expectativa: un álbum hermoso, extraño y profundamente humano que confirma que el caos, cuando se dosifica con humor y oficio, puede seguir dando melodías dignas de una temporada entera.


