Ineza / Ibuka (autoeditado, 2025)

Descubrí Ibuka cotilleando en Instagram —ese bar virtual donde Gilles Peterson sigue dictando cátedra de groove sin envejecer ni un día— y fue uno de esos hallazgos que uno anota en silencio, como si temiera que al comentarlo demasiado se evaporara su magia. Entre playlists imposibles y fotos de vinilos de rare groove, apareció Ineza, una cantante ruandesa afincada en Londres que no necesita proclamar autenticidad: basta con escuchar su música a bote pronto para entender que de eso tiene de sobra.

Ibuka, que en kinyarwanda significa “recordar”, es su primer álbum como líder y compositora, una obra escrita con las dos manos en el pasado y los pies firmes en el presente. Ineza, nacida en Ruanda y criada en Bélgica, traza en estas ocho canciones un mapa emocional de la memoria, la pérdida y la identidad. Pero lo hace sin solemnidad ni artificio: su jazz es contemporáneo, terrenal, y no tiene miedo de rozar el soul o el folk si la historia lo pide.

El disco está dedicado a Francine DeClercq, su madre adoptiva, y en esa dedicatoria late el pulso que atraviesa todo el álbum. Ineza ha dicho que el canto jazzístico le ayudó a “aprender a vivir sin ella”, y en Ibuka esa confesión se convierte en arquitectura musical: cada tema respira como un recuerdo que se reconstruye con cuidado, sin dramatismo ni azúcar. La voz —cálida, expresiva, a veces quebrada— flota sobre un cuarteto preciso y contenido formado por Michael Lack (saxo alto), Rob Brockway (piano), Ben Crane (contrabajo) y Kuba Miazga (batería). Grabado en tres días en Livingston Studios, el resultado suena limpio, directo, casi de cámara, pero con la vibración justa para mantener el corazón alerta.

Hay canciones que parecen escritas fuera del tiempo: “Waking Up Hungry”, que comienza como un suspiro y termina en catarsis; “Song for My Mother”, tan íntima que da pudor interrumpirla; o “Silence”, primer adelanto del disco, donde Ineza se desliza hacia el soul con la naturalidad de quien ha escuchado mucho a Jill Scott y Angie Stone, pero no necesita imitarlas. Y en el cierre, “Kwibuka”, el relato personal se convierte en memoria colectiva: una pieza dedicada al genocidio de 1994 que no busca conmover a la fuerza, sino mantener viva la dignidad del recuerdo.

Hay algo antiguo y algo nuevo en Ineza. Su voz tiene la claridad de las grandes vocalistas del pasado y, al mismo tiempo, una ligereza moderna que esquiva la etiqueta de revival. Canta desde un territorio donde el jazz y el soul ya no son géneros, sino formas de hablar con el pasado.