Hollie Cook / Shy Girl (Mr Bongo, 2025)

Hay géneros que funcionan como un refugio portátil, y el lovers rock siempre fue uno de ellos: bastaba una aguja, un salón recogido y un poco de fe para que la noche londinense se transformara en un paréntesis cálido. En Small Axe lo retrataban como una celebración íntima, casi ritual; una comunidad sosteniendo el pulso de una música pensada para bailar con los ojos entrecerrados. A esa tradición, tan doméstica como luminosa, vuelve Hollie Cook con Shy Girl, un disco que prolonga su tropical pop —esa mezcla suya, medio invento, medio declaración estética— y lo empuja hacia un territorio más confesional, más suyo, más cercano a esa timidez que reivindica en portada y concepto.

La evolución de Cook podría contarse como la historia de una planta tropical que insiste en crecer en Londres: siempre brillante y en flor, aunque el clima no acompañe. Desde su debut, ha defendido un sonido propio que combina la dulzura del lovers rock con armonías heredadas de los grupos vocales sesenteros, un espacio donde su voz aérea parece encontrar gravedad sin perder ligereza. Son canciones bañadas en un sol portátil, descritas a menudo como brillantes, oníricas o suaves como la miel, etiquetas que a ella no le incomodan porque describen con bastante precisión el refugio que ha construido.

Pero la otra mitad de su historia —la que explica su presencia escénica y su resistencia— proviene de un linaje que daría para varias docuseries: hija de Paul Cook, baterista de los Sex Pistols; criada en una casa donde Jeni, su madre, hacía coros para Culture Club; con Boy George como padrino y con una formación decisiva en The Slits, guiada por Ari Up, que la instruyó en todo lo que no viene en los manuales: cómo sobrevivir a una gira, cómo mantener el tipo en un escenario, cómo navegar la industria sin perder la dignidad. Esa mezcla —lovers rock por vocación, punk por herencia— genera una tensión curiosa: una artista de suavidad meticulosa cuya fortaleza viene, precisamente, de haber aprendido en entornos de ruido, caos y mujeres con caracter reivindicativo.

Con esa doble raíz se entiende la continuidad de su trayectoria. Durante la década en la que trabajó con Prince Fatty, su sonido quedó plenamente definido: dub amable, brillo vocal, arreglos pulidos, ecos de reggae clásico y un tacto melódico que ya era marca de la casa en Twice, Vessel of Love y Happy Hour. Cook llevaba años perfeccionando la misma atmósfera, sin agotarla, igual que quien afina una receta familiar hasta dar con el punto exacto de equilibrio.

Shy Girl es la estación siguiente: el momento en que decide tomar el control del proceso —coescribe y coproduce junto al baterista Ben McKone— y convertir su universo en un autorretrato. Aquí la timidez no es modestia sino punto de partida: Cook insiste en que este es su disco más auténtico, el que responde sin filtros a quién es y por qué canta así. La vulnerabilidad es el centro, no un recurso lateral, y el lovers rock se convierte en vehículo autobiográfico, un espacio donde hablar de torpezas afectivas, de silencios incómodos y de la manera en que uno aprende a abrir la puerta sin miedo a parecer frágil.

Musicalmente, el álbum mantiene la suavidad habitual, pero introduce desviaciones sabrosas. “Ooh Baby” se adorna con brillos de metales y arreglos voluptuosos, como si quisiera ponerle marco dorado a un ánimo leve. “Frontline” rueda con un bajo más carnoso, cercano al dub musculado, y “Night Night” se enciende con la aparición de Horseman, que aporta un contrapeso rítmico casi ceremonial. El resto del disco oscila entre la calidez conocida y pequeños gestos de intimidad que revelan una Cook más decidida a mostrarse sin maquillaje emocional. Todo desemboca en una versión suave y elegante de “We Share Love”, de Skip Mahoney & The Casuals, que funciona casi como epílogo sentimental y reafirma su diálogo permanente con el soul y el rocksteady.

Escuchado en conjunto, Shy Girl confirma la madurez de una artista que ha decidido explorar la vulnerabilidad desde un sonido que podría haberse acomodado hace tiempo pero que aquí respira con naturalidad. No es un álbum que busque fuegos artificiales ni giros inesperados: su fuerza está en la honestidad callada, en ese modo dulce de arroparse sin esconderse. Y aunque no alcance la altura mítica de los clásicos del lovers rock —esos himnos imposibles de igualar—, sí logra situarse como una obra notable, perfectamente disfrutable, ideal para esos días en los que el frío irrumpe en casa antes de tiempo y uno prefiere encender un disco antes que hipotecarse en calefacción. Cook nunca había sido tan ella, ni tan consciente de lo que significa sostener una luz propia en pleno otoño.