Herman Dune / Odysseús (BB*Island, 2025)

Como dejo escritó Italo Calvino, la Odisea no es solo una historia, sino muchas: relatos que se superponen, que cambian según quién los cuenta y que a menudo contienen más verdad en la invención que en la fidelidad a los hechos. La trayectoria de Herman Dune, desde sus inicios lo-fi en el París del cambio de milenio hasta esta nueva entrega titulada Odysseús, bien podría leerse como una variante contemporánea del viaje de Ulises: una navegación constante entre formas musicales, alineaciones cambiantes y geografías emocionales, sin perder nunca del todo el hilo de regreso a casa. Y si en los cantos homéricos el peligro era olvidar el regreso, para David-Ivar Herman Dune, la amenaza ha sido siempre lo contrario: recordarlo demasiado bien, con el sentido del humor y la ternura de quien convierte lo cotidiano en relato mitológico.

Odysseús, grabado en tres días entre amigos en su casa de San Pedro (California) y producido por David Garza, se presenta como su disco más ambicioso, orquestado y emocional. Y, sin embargo, no renuncia a ese nervio familiar, a ese tono de conversación a media voz que caracteriza a sus discos desde Switzerland Heritage o Giant. Aquí hay cuerdas, mandolinas, piano, una producción cálida y envolvente que recuerda más a una sobremesa íntima que a un auditorio sinfónico. Pero lo más interesante es su génesis: David-Ivar quedó atrapado en Montreal durante la pandemia, lejos de su pareja, sus gatos y su hogar californiano. Visitaba cada día la tumba de Leonard Cohen —otra figura que convirtió la experiencia íntima en canto universal— y encontró consuelo en la traducción de La Odisea de Emily Wilson. De ese exilio emocional nace este disco, donde lo autobiográfico y lo ficticio se entrelazan como el canto de las sirenas y el silbido del viento en Gaffey Street.

Entre las piezas destacadas, “Odysseús” funciona como carta de navegación: “¿Qué es un atardecer sin ti?”, pregunta Ivar como quien consulta a un oráculo doméstico. Más adelante canta: “Nunca me había sentido tan viejo antes”, con un lamento que suena menos a queja que a constancia melancólica. En “Sneakers On The Telephone Line”, con su armónica, su riff de blues arenoso y su humor lacónico (“Soy un VIP en la lista freudiana de mi terapeuta”), el disco se permite un desvío más lúdico sin abandonar del todo el tono confesional. La hermosa “Buffoon of Love”, cantada a dúo con Mayon, tiene algo de comedia romántica en 16mm: como si Lee Hazlewood y Nancy Sinatra se hubieran refugiado en casa de Bill Callahan a grabar una canción de cuna. Y hacia el final, en “Viduy”, el álbum parece musitar una oración que no busca absolución, sino reconocimiento: “aunque todo esto parezca chiste, sigue siendo verdad”.

Como el Ulises de Calvino, David-Ivar regresa y al mismo tiempo se reinventa. La distinción entre mito y experiencia vivida no importa tanto como la necesidad de contarlo. Y aunque ya esté de vuelta en casa, al calor del lecho conyugal, no puede evitar volver a narrar las historias de cíclopes, sirenas, chistes tristes y terapias freudianas. Porque tal vez, como escribe Calvino, la Odisea es el mito de todo viaje, y para quienes hacen canciones como quien vuelve a casa por primera vez, todo viaje, por pequeño o grande que sea, es siempre Odisea.

Herman Dune, bajo la dirección de David-Ivar, ha logrado con Odysseús no solo una evolución sonora, sino también una profunda introspección que resuena con la experiencia humana universal del anhelo y el regreso. Es un álbum que, si bien es íntimo y personal en su origen, se expande a un paisaje sonoro rico y orquestal, consolidando a David-Ivar como un artista consumado y un compositor hábil para ocultar profundidades emocionales a plena vista. Para los fans de Herman Dune, es el disco más completo y logrado hasta la fecha. Para los nuevos oyentes, es una invitación a un mundo donde lo mítico y lo mundano se encuentran, un disco en el que vale la pena perderse o, paradójicamente, dejar que te ayude a encontrar el camino a casa.