Heavenly: “Ahora estamos disfrutando muchísimo de volver a ser una banda”

“Fly to Mars, travel half-way to the stars / Spend a light year going / Round and round the moon…” cantaban Heavenly hace casi treinta años, cuando el pop independiente aún creía que las guitarras podían servir como combustible para cohetes emocionales. Aquella fantasía espacial era, en realidad, una metáfora perfecta de la banda: soñadora, melódica y un poco insolente, capaz de orbitar entre la ironía y la ternura sin perder altura. Hoy, el radar vuelve a emitir señales. Tras una celebrada reunión en 2024 —que incluyó su regreso a los escenarios y una parada muy especial en el Madrid Pop Fest—, los héroes británicos del indie pop confirman lo que muchos creían improbable: un nuevo álbum previsto para 2026, exactamente tres décadas después de Operation Heavenly, su último largo. Como si el tiempo, en lugar de apagarlos, los hubiera mantenido en hibernación, listos para despegar de nuevo. El regreso llega con Portland Town, su primera canción en veintinueve años, un cruce de cables entre la electricidad urgente y el trote melódico que siempre los distinguió. A su manera, una puesta al día del espíritu Heavenly: el de quienes viajan “half-way to the stars”, pero sin dejar de mirar a la Tierra con ironía, humor y un oído impecable para la melodía. Con ese impulso entre la melancolía y la combustión, Amelia Fletcher, Rob Pursey, Cathy Rogers y Peter Momtchiloff nos abren las puertas de su órbita para hablar de la reedición de Operation Heavenly, de la herida y la memoria, del pop como campo de resistencia y del reencuentro con un pasado que sigue brillando como un satélite testarudo.

El regreso de Heavenly en formato álbum completo podría producirse, si todo va bien, con la publicación de un nuevo disco en 2026 —exactamente 30 años después de vuestro último LP, Operation Heavenly. ¿Fue este un paso planificado dentro de vuestra “Operación”, o ha sido el azar quien ha jugado la mano ganadora esta vez?

Peter: Que se acercaran los aniversarios de los 30 años tuvo algo que ver con que volviéramos a pensar en Heavenly, porque Rob y Amelia organizaron las reediciones de los álbumes, y todos aportamos reflexiones sobre los discos y aquella época. Pero si había un gran plan maestro para sincronizar lo viejo y lo nuevo, estuvo muy bien escondido.

Amelia: No hubo ningún plan. Simplemente nos dimos cuenta de que había mucho más interés por nuestra música antigua del que esperábamos, y pensamos que sería divertido hacer uno o dos conciertos. Una cosa llevó a la otra… y ahora estamos disfrutando muchísimo de volver a ser una banda.

Vuestro nuevo single Portland Town parece combinar dos de los rasgos más reconocibles del grupo: la chispa urgente y guitarrera del tema principal y el galope melódico, deliciosamente pop, de Someone Who Cares. ¿Es ese doble enfoque hacia la melodía parte de lo que mantiene viva la llama de Heavenly?

Rob: Creo que, a diferencia de Robert Palmer, somos adictos a la melodía. A veces esas melodías vienen acompañadas de ruido urgente, como en Portland Town, y otras con un fondo más suave. Probablemente nos gusta que nuestras canciones sean emocionantes o conmovedoras, y si ninguna de esas cosas ocurre, la melodía probablemente no sea lo bastante buena, así que la canción tendría que abandonarse.

Amelia: Estoy de acuerdo. Aunque deberíamos admitir que Someone Who Cares es una versión. ¡Originalmente era de The Only Ones!

Tras vuestro concierto en el Madrid Pop Fest del año pasado, el periodista musical español Ricardo Aldarondo escribió que vuestro sonido tenía “mucha más variedad de matices de lo que podría parecer a primera vista, con plena coherencia creativa y una actitud de verdadera independencia y disidencia política y socioeconómica, que ha crecido más incisiva y afilada con la madurez.” ¿Creéis que uno de los retos persistentes de Heavenly es conseguir que los oyentes miren más allá de la superficie pop y detecten el trasfondo social más mordaz de vuestras letras?

Cathy: ¡Vaya, eso es bastante profundo! La verdad es que no lo vemos como un reto. Queremos que nuestras canciones funcionen al nivel que cada uno quiera tomarlas. Si alguien disfruta de una melodía alegre con muchos juegos rítmicos y armónicos, genial. Y si alguien quiere profundizar en el significado de las letras, también genial. No somos prescriptivos. Incluso quienes no prestan demasiada atención a las letras suelen captar la idea general. Y perdón, Ricardo, pero también tenemos canciones que son simplemente divertidas en cuanto a letra —por ejemplo, KKlass Kisschase, Mark Angel, Space Manatee…

Rob: Las canciones más graciosas forman parte del abanico que Ricardo describe, creo. Algunas son políticamente ambiciosas, pero Heavenly es una banda pop, y la frivolidad también está en la agenda.

Amelia: Personalmente, me gusta que nuestras canciones más dulces suelan tener más mordiente de lo que uno esperaría. Aunque reconozco que eso quizá haya limitado un poco nuestra “carrera”.

Nos encantaría revisitar Operation Heavenly en nuestra sección Delicias Redondas, como forma de replantear el álbum a la luz de vuestro regreso. ¿Fue un final agridulce que solo recientemente habéis podido volver a visitar ahora que la herida emocional ha cicatrizado en parte?

Cathy: Bueno, el final fue obviamente terrible e impensable, y creo que la mayoría no escuchamos este disco durante mucho tiempo. Ahora que lo hacemos, sí, es agridulce, sobre todo porque Mathew está muy presente en todo él. Escribió letras en muchas canciones y su humor, así como su oscuridad, se notan muchísimo. Nos hace muy felices poder reeditarlo después de tantos años y esperamos que haya resistido el paso del tiempo.

Ese espíritu crítico y afilado recorre todo el disco. Piénsese en Trophy Girlfriend, que retrata una dinámica de relación tóxica y sexista que, tristemente, sigue teniendo eco hoy. ¿Creéis que uno de los poderes duraderos de la música es precisamente su capacidad para capturar un momento —y sus tensiones— de forma que las generaciones futuras puedan reconocerse en él?

Cathy: Sí, creo que a veces logra eso. También sería estupendo que algunos de esos temas —especialmente los de hombres comportándose mal y abusando de su poder— dejaran de ser necesarios. Pero mientras no logremos erradicarlos del todo, al menos podemos compartir la experiencia cantando sobre ello. Ver cómo P.U.N.K. Girl conecta con una generación completamente nueva es un buen ejemplo de cómo un sentimiento y un espíritu pueden cruzar el tiempo.

En su día dijisteis que este era “vuestro disco britpop”. ¿Seguís viéndolo así? ¿O ahora lo escucháis con otros oídos —más punk, más emocional, más desencantado?

Cathy: Probablemente lo dijimos un poco en tono irónico. Es nuestro álbum más britpop, sí, pero estamos lejos de la fanfarronería que evoca esa palabra. Quizá sentíamos que no éramos exactamente eso, pero podíamos mantener el tipo en ese mundo: mientras los chicos se volvían chulos, nosotras cantábamos sobre ellos volviéndose chulos. Escuchándolo ahora, tiene algo de confianza, y aunque no diría que “presumimos”, quizá parte de esa actitud venga de aquella época, cuando toda la atención parecía estar sobre la música británica. Aunque nos rebelábamos contra mucho de ello, probablemente caminábamos un poco más erguidos —aunque, si he de decirlo, eso se lo debemos más al Riot Grrrl que a Liam y Patsy en la portada de, bueno, de la revista que fuera.

Amelia: Heavenly siempre se vio influido por lo que pasaba a su alrededor, y no podíamos evitar que algo de Britpop se nos pegara. Pero sí, sigue sonando mucho más a Heavenly que a Britpop.

Letras como las de Ben Sherman ilustran las relaciones adultas con notable precisión e ingenio: “He says he’s starting to feel quite horny / I say shut up and read your Nick Hornby.” ¿Diríais que la ironía pop ha sido siempre vuestro vehículo narrativo más natural?

Cathy: En realidad no creo que la ironía sea particularmente Heavenly. Pero Mathew estaba en plena forma irónica con esa canción, y quedó genial. Las letras encajan perfectamente con la vivacidad del tema; las escenas que crea con las palabras son muy evocadoras.

Esa energía afilada, casi punk, se destila en canciones como Cut Off. Tocarla en directo debe de ser una delicia —una liberación absoluta. ¿Se percibe ahora más catártica que entonces?

Cathy: Está bien tener al menos una canción en el repertorio que sepamos que disfrutaremos tocando demasiado rápido.

Rob: Me encanta tocar esa canción, especialmente cuando la tocamos demasiado rápido.

Se ha dicho que Fat Lenny era una especie de homenaje a Supergrass. Mirando atrás, ¿os sentís ahora más conectados con aquella escena británica de mediados de los 90 que en aquel momento? ¿Qué contemporáneos vuestros creéis que han envejecido mejor?

Amelia: Para mí, probablemente los que no se consideraban parte del Britpop, como Stereolab o Broadcast. Es evidente que Oasis son más grandes que nunca hoy en día, pero a mí no me dicen gran cosa.

Peter: Curiosamente, la música en la que estuve metido en los años 80 y 90, hecha por las bandas con las que tocábamos y a las que íbamos a ver, se ha quedado en el pasado para mí. Tal vez porque estuve demasiado dentro de ella. Había una cierta fanfarronería, una actitud agresiva en mucha música de guitarra de los 90, que entonces parecía importante; ahora que ya no soy joven ni “actitudinal”, me parece más un marcador de estilo de la época. Pero sigo disfrutando de Supergrass y Blur.

Le disteis la vuelta a una tendencia de los 60: mientras los solistas franceses cantaban en inglés (como Françoise Hardy, cuya reciente caja recopilatoria lo ilustra), vosotros lo invertisteis y cantasteis en francés. ¿Os sentíais más cercanos en espíritu al tándem Gainsbourg/Gall que a la ortodoxia británica? Y en esos gestos interculturales —y en una canción sobre cambiar de preferencias sexuales—, ¿hay también una forma de reflejar nuevas identidades de género y nuevas intimidades?

Amelia: Siempre he sido —y sigo siendo— una gran admiradora de mucha música francesa de los años 60. Es una lástima que muchas de las mejores canciones fueran escritas por Serge Gainsbourg, que representa buena parte de lo que está mal con los hombres en la industria musical. Pero no se puede negar que sabía escribir una gran canción.

Rob: Heavenly nunca fue una banda que encajara en los roles tradicionales de género. Amelia y Cathy evitaban los estilos típicos de “chica en una banda”, prefiriendo una imagen andrógina. Pete, Mathew y yo tampoco queríamos comportarnos como los típicos “hombres de banda de rock”. Probablemente pensábamos que estábamos evitando el comportamiento “rockista”. Éramos muy desdeñosos con los grupos que usaban versiones exageradas y teatrales del género para promocionarse. Sentíamos que teníamos mucho más en común con la gente harta y oprimida por ese tipo de tonterías.

Pet Monkey suena como si hubiera sido escrita para la voz profunda y sin complejos de Calvin Johnson. ¿Fue un contrapunto más oscuro a C is the Heavenly Option? ¿O una extensión crepuscular de aquella conversación pop transatlántica?

Rob: Por lo que recuerdo, había ganas de hacer otro dúo con Calvin, así que la canción se diseñó para él, como sugieres. Obviamente no queríamos hacer otra canción pop tonta con él, porque Pet Monkey es probablemente la canción más oscura que grabamos.

Las versiones de You Tore Me Down (de The Flamin’ Groovies) y Art School (de The Jam) se usaron como caras B y más tarde se incluyeron en la edición japonesa del álbum. ¿Fueron declaraciones de intenciones, una forma de mostrar vuestras cartas sónicas en ese momento?

Rob: Cada miembro del grupo eligió una canción. Así que fueron más bien declaraciones individuales de intenciones. También fue una forma de obligar a la banda a salir de su zona de confort. The Flamin’ Groovies fue elección de Pete, Art School fue mía. (Amelia eligió una de Serge Gainsbourg; Mathew y Cathy escogieron temas de Bad Dream Fancydress y Jake Thackray, pero nuestras versiones fueron tan malas que las autoridades ordenaron destruirlas).

Operation Heavenly tuvo un nacimiento complicado: publicado por Wiiija en Reino Unido y por K Records en Estados Unidos después del cierre de Sarah Records. No vendió mucho en su momento, pero habéis dicho que es vuestro disco favorito —el que llevabais “calentando motores para hacer”, el que mejor capturaba la banda que queríais ser, en composición y grabación. La crítica lo ha calificado desde entonces como “fantástico pero criminalmente infravalorado”, elogiando su “pop puro con filo punk”. ¿Seguís sintiendo que es vuestro mejor disco?

Rob: Fue un disco muy difícil para nosotros en su momento, ya que su publicación estuvo marcada por la muerte de Mathew. No pudimos promocionarlo, ni tocar en directo. Ni siquiera podíamos escucharlo durante mucho tiempo. Pero cuando lo pongo ahora, creo que es el mejor de los cuatro. No cambiaría nada de él.


Un relámpago bajo apariencia naïf: regreso a Operation Heavenly

A veces, el pop no avisa de sus desenlaces. Se disfraza de modales dulces, entona armonías soleadas, y cuando uno quiere darse cuenta, lleva media hora escuchando una crónica de la desigualdad de género o una elegía a la amargura sentimental con melodía de paseo dominical. En eso eran maestras Amelia Fletcher y compañía, que con Operation Heavenly no cerraron solo una etapa: levantaron una catedral jangle en pleno desmoronamiento emocional. Un álbum de ruptura en todos los sentidos. Publicado en 1996, entre la euforia britpop y la resaca twee, sigue siendo un disco al que conviene volver con la lámpara de minero encendida: brilla, sí, pero hay que escarbar.

Aquel cuarto (y último) largo del grupo oxfordiano apareció en medio de una tormenta emocional. Sarah Records había cerrado, Mathew Fletcher —batería y hermano de Amelia— fallecía días antes de la publicación, y el disco terminaba saliendo en Wiiija y K Records, como si el grupo ya supiera que lo que tenían entre manos no encajaba del todo en el pop de su época. Ni en el limpio ni en el sucio. Ni en el alegre ni en el gris.

El disco abre fuego con Trophy Girlfriend, una sátira de quirófano sobre el papel decorativo asignado a la mujer en ciertas relaciones, con un riff directo, urgentísimo, que pone en marcha la maquinaria con una mezcla precisa de rabia y melodía. La canción no se regodea: ataca. Desde ahí, el álbum transita entre el guitarreo y el zarpazo, con letras más adultas que en sus discos anteriores.

En Ben Sherman, la narradora clava una estaca a la masculinidad pop de camiseta vintage y gustos literarios previsibles: “He says he’s starting to feel quite horny / I say shut up and read your Nick Hornby.” Pocas líneas definen tan bien la fatiga del cariño envenenado. Aquí no hay duelo sentimental, hay hartazgo.

Canciones como Cut Off o Fat Lenny coquetean con el punk y el power-pop, no tanto desde la militancia sonora como desde la necesidad de airear la rabia. Y Pet Monkey, cantada a medias con Calvin Johnson, suena como el reverso retorcido de C is the Heavenly Option; si allí había juego y parodia, aquí hay sombras. Esa voz de barítono cavernoso convierte lo irónico en siniestro sin dejar de ser pop.

Hay espacio también para el homenaje: en las caras B incluyeron versiones de You Tore Me Down (The Flamin’ Groovies) y Art School (The Jam), como si quisieran dejar claras las raíces de su sonido. Pero lo que de verdad deja huella es lo que se desprende entre líneas: la evolución de una banda que dejó de sonar a merienda de sábado para componer, por fin, su gran novela emocional. Un disco donde cada canción parece contener una grieta, pero también una consigna.

Como si quisieran dejarlo todo dicho antes de irse. Y así fue. Con el paso del tiempo, Operation Heavenly ha ido ocupando el lugar que merece: el de obra de transición y culminación. Un disco que no pretendía disfrazar su tristeza con arreglos barrocos ni su mala leche con fórmulas ganadoras. Solo quiso sonar como lo que eran: adultos enfrentados a un mundo que aún trataba de infantilizarlos. Que es, quizás, la mejor definición posible de lo que fue —y vuelve a ser— Heavenly: una banda que sonaba dulce solo para poder decir verdades más amargas.