Hans Laguna y Shreevats Venkateshwaran, junto a los músicos que han formado parte de su EP compartido. Foto: Nikita Routchenko

A partir del afortunado encuentro entre la abstracción pura y la emoción que Hans Laguna conoció tras su primer contacto con el Dhrupad (uno de los géneros más antiguos de la música clásica del Indostán), el autor de ‘Oteiza‘ (El Genio Equivocado, 2013) halló los mimbres para que gran parte de las canciones de su último disco largo, ‘Manual de fotografía‘ (El Genio Equivocado, 2016), adquirieran el tono que, en su concepción inicial, requerían. Tras un concierto en la edición del BAM de 2017 junto al músico indio Shreevats Venkateshwaran, Hans Laguna decidió rescatar tres de las canciones de este disco (‘Cantar y pasear’, ‘Mejor’ y ‘Bienvenido’) además de ‘Mis días’, que aparecía originalmente en ‘Deletrea‘ (El Genio Equivocado, 2014) y regrabarlas en un nuevo EP, incorporando, en cada uno de los cortes, temas que provienen de la tradición cultural indostánica. Un diálogo íntimo entre el pop más heterodoxo y la introspección que propicia el eco eterno de una música tan ancestral como sugestiva.

Lo de que en Barcelona se haya formado un combo con gente de diversa procedencia (una murciana, un catalán, un vasco, un argentino, una india, un indio, un nepalí y un inglés) para facturar una música con una mixtura tan especial resulta, casi sin quererlo, un alegato en pos de la mezcla y la diversidad en tiempos de convulsión y banderas. ¿No crees?

En el contexto actual es inevitable verlo todo en relación a ese tema. Pero mi idea tenía más que ver con las dinámicas de creación y recepción de la música en mi ciudad. Barcelona se presenta a sí misma como la capital de la diversidad y la multiculturalidad pero, por mi experiencia, hay muy poca comunicación entre los diferentes mundos, en particular entre la escena indie y las músicas de las comunidades africana, latina o indostaní. Con este proyecto quería contribuir a cambiar un poco esta situación.

La idea de grabar este EP junto a Shreevats Venkateshwaran surge tras un concierto en el BAM. ¿El directo es el terreno propicio para que ideas que a priori podrían resultar peregrinas tomen forma hasta llegar a algo concreto?

Los conciertos sirven para obligarte a preparar un repertorio, a estructurar las canciones y concretar ideas. Y en este caso aún más. Era un experimento con el que estábamos muy ilusionados pero también nerviosos: era algo nuevo para todos, éramos muchos y teníamos poco tiempo para prepararlo, así que teníamos que aterrizar. Al final salió tan bien que decidimos grabarlo en un estudio y sacar un disco.

Foto: Nikita Routchenko

De la colisión entre tus temas originales y las composiciones (tanto tradicionales, de Trilok Gurtu, o el propio Shreevats) habéis obtenido un resultado muy natural e hipnótico. ¿Querías que las canciones alcanzaran una especie de trance interior? ¿Una suerte de música pop que predisponga a la introspección?

Eso es lo que he intentado hacer siempre: canciones pop más bien contemplativas, con pocos acordes, mucha repetición. Al sumarle la música india este carácter meditativo supongo que se ha acentuado.

Es algo muy audaz por tu parte pero muy poco moderno, ya que ahora se tiende a sofisticar la melodía y a apelar al ritmo.

No estoy seguro de que se pueda generalizar lo que se tiende a hacer hoy. En cualquier caso, está claro que no me he preocupado demasiado por sonar “moderno” o “actual”, sino porque la mezcla funcionara. Y el resultado me parece más bien “atemporal”, si es que eso existe.

En este trabajo también has recogido las experiencias de un viaje a la India en el que entiendo que has extraído muchas conclusiones tanto vitales como musicales. ¿Qué es lo que más te llamó la atención de tu periplo?

Viajé a la India y luego a Nepal para aprender música y, como dices, me llevé experiencias vitales importantes. Si profundizas suficientemente en esa cultura es imposible que no salgas transformado. Me gustaría escribir algo explicándolo con detalle; de momento sólo tengo este artículo que me publicaron en Rockdelux.

¿Conoces el disco ‘Indiamore‘ (Tricatel, 2013) del músico francés Chassol (quien también actuó en la edición del BAM de 2017)? Se trata de una serie de grabaciones de campo registradas a cantantes anónimos junto a sonidos incidentales en las calles de Calcuta y Benarés que fueron mezcladas posteriormente con música electrónica. ¿Tienes pensado hacer algo similar en un futuro? 

Pues no lo conozco, le echaré un vistazo. No tengo pensado hacer nada parecido, pero es una bonita idea. Precisamente, llevo un tiempo escuchando las grabaciones que Lomax hizo en los años 50 a gentes anónimas de los pueblos de España, y estoy fascinado.

También hay algo de conceptual en este disco: lo de que los músicos occidentales tocaran instrumentos “enchufados” y los orientales los tradicionales y acústicos. ¿O es una cuestión de pura logística artística?

Era logística, porque son los instrumentos que tocamos todos habitualmente, pero también intencional: quería acentuar que éramos dos equipos distintos, con bagajes diferentes.

Supongo que una de las premisas a la hora de grabar era la de intentar no caer en el pastiche y ser lo más respetuoso posible con el material ajeno que ibas a insertar en tus propias composiciones. ¿Esto era un quebradero de cabeza o la intuición de los músicos ha sido la mejor de las medicinas?

El miedo a hacer un pastiche estaba, sí. Pero en seguida se esfumó. Shreevats y yo preparamos los temas y la cosa funcionó muy bien. Y cuando los trabajamos con la banda también fue todo bastante rápido. A mí me suele costar todo mucho, pero esta vez, a pesar de ser un proyecto más complejo, ha sido sorprendentemente fácil.

¿Crees que este disco abre una nueva puerta en tu trayectoria, a sabiendas que siempre has sido propenso al riesgo y a la experimentación, o es solo una parada para probarte?

No lo tengo claro, es demasiado pronto para decirlo. Pero ya me voy conociendo y me temo que lo siguiente irá por otros caminos.

 

Opina

Escribe tu comentario
Por favor, introduce tu nombre