Hanna Leess es difícil de encasillar, y eso es parte de su encanto. Nacida en Estados Unidos pero afincada en Berlín, su música tiene una cualidad errante, como si cada canción fuera una parada y fonda en una ruta desconocida. Desde su debut en 2016 con Dirty Mouth Sweet Heart, ha tejido un catálogo que que atesora desde baladas crudas hasta piezas que rozan la experimentación, siempre moviéndose entre géneros sin esfuerzo aparente. A su manera, Leess recuerda a esas voces singulares que florecen al margen del radar comercial, construyendo su propio universo a base de folk desarmado, toques de soul y una producción que se atreve a jugar con el riesgo.
Hanna Leess se mueve como pez en el agua en otras disciplinas artísticas que enriquecen su propuesta sonora. Su interés por las artes visuales se refleja en la estética cuidadosamente elaborada de sus portadas y videoclips, donde cada detalle parece dialogar con las texturas de sus canciones. También ha explorado el teatro y la interpretación, lo que aporta una dimensión performativa a su música, visible en la intensidad de sus presentaciones en vivo. Esta multidisciplinariedad no es un adorno, sino una extensión natural de su enfoque creativo, que rompe barreras entre el sonido y la imagen, lo íntimo y lo teatral, lo tangible y lo onírico.
Con Innocent as a Rose, Leess entrega un conjunto de canciones que funcionan como postales sonoras: íntimas, complejas y, a la vez, sorprendentemente accesibles. Es un disco que encuentra belleza en los detalles y fuerza en su fragilidad, fusionando elementos de folk casi de juguete con destellos de vanguardia. Leess logra una fusión muy interesante de folk minimalista y producción contemporánea, construyendo canciones sobre bases simples que, como pequeños artefactos, revelan múltiples capas a medida que se escuchan. Cada tema mantiene un groove interno que no se impone, pero sí sostiene el delicado equilibrio entre lo íntimo y lo expansivo.
“My Chameleon” es uno de los puntos altos del disco, con guitarras quebradas que conviven con sutiles atisbos de soul en la voz. La interpretación vocal de Leess muestra precisión y cuidado, explorando emociones con sutileza y control. Este enfoque también aparece en “Heavenly Mary”, donde la melancolía de las melodías se apoya en acordes tensos que nunca terminan de resolverse, creando un magnetismo constante.
El tema que da nombre al álbum, Innocent as a Rose, actúa como su núcleo conceptual. La instrumentación minimalista se complementa con capas de sonidos electrónicos que entran y salen con un control milimétrico, generando un espacio sonoro amplio sin saturar. Leess maneja estas transiciones con argucia, dejando que los detalles –un golpe de batería, una inflexión en su voz– definan la narrativa emocional.
A pesar de su tono predominantemente introspectivo, el álbum también ofrece momentos de juego. “Big Bear” y “Kick That Trick” son ejemplos claros: piezas dinámicas que introducen ritmos juguetones y líneas de bajo serpenteantes, sin romper la cohesión del conjunto. Estas canciones aportan frescura y demuestran la capacidad de Leess para moverse entre diferentes registros sin perder el control de la atmósfera general. La producción, a cargo de Leess y sus colaboradores, mantiene un equilibrio preciso. Magnus Opum en el contrabajo y Jonathan Reiter en la batería añaden profundidad a los arreglos, mientras los sintetizadores glitchy y las guitarras acústicas entretejen un paisaje sonoro orquestado con intención y sutileza.
Con Innocent as a Rose, Hanna Leess deja claro que no está interesada en seguir fórmulas ni en encajar dentro de categorías predefinidas. Este disco, con su mezcla de folk -soul juguetón y matices vanguardistas, tiene pedigrí suficiente para ser el punto de inflexión que le saque del discreto rincón desde donde ha operado hasta ahora.


