Han pasado ocho años desde su último disco y Hamilton Leithauser ha vuelto. Durante este tiempo, el exlíder de The Walkmen ha seguido ofreciendo sus elegantes sesiones en el Café Carlyle, colaborando con amigos y perdiéndose en su propio estudio casero, bautizado con la apropiada resignación de The Struggle Hut. Pero llega un punto en que uno no puede seguir conteniendo el aliento para siempre. Tarde o temprano, hay que respirar de nuevo. Para Leithauser, ese respiro se traduce en This Side of the Island, un álbum con el que tuvo que echar mano de un viejo aliado para terminar de darle forma: Aaron Dessner. Fue en Long Pond Studio donde la cosa cobró vida, con Dessner levantando techos, bajando suelos y sumergiendo las canciones en un baño expansivo de reverb y emoción.
Desde finales de los 90, Hamilton Leithauser ha sido una de las voces más singulares del indie rock estadounidense. Como frontman de The Walkmen, puso cara a una generación que, tras el boom del garage rock neoyorquino, buscaba algo menos inmediato y más evocador. Su timbre áspero, su fraseo nervioso y su capacidad para moverse entre la desesperación y la grandilocuencia hicieron de discos como Bows + Arrows (2004) y You & Me (2008) auténticas referencias. Con la pausa indefinida de la banda en 2013, Leithauser no desapareció: exploró su faceta más crooner en Black Hours (2014), encontró un inesperado socio en Rostam Batmanglij para el brillante I Had a Dream That You Were Mine(2016) y profundizó en las pequeñas historias de su entorno con The Loves of Your Life(2020). Ahora, con This Side of the Island, se reinventa una vez más, demostrando que la pausa ha servido para algo más que recuperar el aliento.
Cada canción en This Side of the Island es un microcosmos, una postal de algún lugar difuso donde la nostalgia y el hedonismo se dan la mano. En Fist of Flowers, Leithauser se pone la chaqueta de lentejuelas y saca a relucir su rugido glam, con falsetes que podrían encajar en un musical de Broadway con la misma facilidad que en un tugurio de Nueva Orleans. Unos minutos después, Off the Beach nos arrastra a un atardecer en clave Lou Reed, con esa pátina de melancolía que convierte una balada en algo más grande que una simple canción.
Pero no todo es bajarse del tren y contemplar el horizonte. En Burn the Boats, Leithauser pisa el acelerador con un ritmo nervioso y coros New Wave que podrían haber salido de un Bowie berlinés en una noche de exceso. Mientras, What Do I Think? es pura nostalgia romántica, con una producción juguetona que sugiere que el protagonista podría estar bailando solo en un salón vacío con una copa de vino en la mano.
La versatilidad del álbum no se detiene ahí. I Was Right despliega un juego de voces ensoñador, con un Leithauser crecido en su papel de cantante arrogante pero irresistible: “I said you’d love me again… and I was right”. La influencia de Dessner se deja notar en la canción que da título al disco, This Side of the Island, que bien podría pasar por un outtake de The National, mientras que Knockin’ Heart nos devuelve al Leithauser más enérgico y directo, con sus tres líneas de bajo y su estribillo de estadio, recordándonos por qué The Walkmen todavía son un fantasma que se pasea por estas canciones.
Y entonces llega Ocean Roar, un tema donde el piano y un saxofón borroso flotan entre el humo de un club de jazz mientras Leithauser canta sobre Los Ángeles como si la ciudad fuera un espejismo que nunca termina de desvanecerse. Es una de esas canciones que inevitablemente terminaremos escuchando en su residencia del Café Carlyle, con un público que sostiene su copa mientras asiente en un gesto de reconocimiento.
Ocho años después, Hamilton Leithauser no ha perdido ni un ápice de su magnetismo. This Side of the Island no es solo un regreso, sino una reafirmación. Entre ecos de Tom Waits con copa en mano, David Byrne con cara de pocos amigos y un funk soterrado que hace guiños a Sly Stone, el álbum podría haberse dispersado en sus influencias. Pero no. La voz de Leithauser une todas las piezas y eleva el resultado. Una isla con muchas caras, pero con un solo dueño.


