Hubo un tiempo —probablemente en la adolescencia, entre el trayecto al instituto y la certeza de que nada malo podía pasar si la canción correcta sonaba en el momento adecuado— en que la palabra utopía significaba algo. Para Gwenno, al menos en este disco, ya no es tanto un horizonte como un espejo retrovisor. Una palabra que alguna vez tuvo brillo y ahora acumula polvo entre los pliegues de la memoria. El título no remite a una promesa, sino a una pregunta sin resolver: ¿y si la utopía no es un lugar, sino una edad?
En Utopia, su cuarto disco en solitario, Gwenno Saunders no despliega paisajes distantes ni canta en lenguas rescatadas del borde del olvido. Aquí manda el inglés —siete de diez canciones—, no como concesión ni como rendición, sino como crónica del presente. “El inglés es el idioma de mi día a día, donde ocurren mis contradicciones”, explicaba recientemente. Y es que este álbum no construye un mundo mejor: lo desmonta con precisión arqueológica. El cambio de lengua es sintomático, pero no casual. Ya no hay necesidad de inventar un paraíso en córnico - una lengua celta britónica que se hablaba en Cornualles y que apuntalaba el cancionero de discos pretéritos de Gwenno - ahora basta con mirar las ruinas y recordar lo que alguna vez nos emocionó.
Estos nuevos surcos no proponen grandes giros, pero sí pequeñas iluminaciones. War abre el disco en modo elegía: piano seco, atmósfera contenida, la guerra ya no como evento externo sino como grieta íntima. Dancing on Volcanoes se sitúa en la cuerda floja entre el kitsch y la lucidez: un tema sobre el deseo de seguir bailando aunque el suelo tiemble. Ghost of You escarba en el desamor sin sentimentalismo, como quien observa una postal vieja y se pregunta si realmente estuvo allí. Y London 1757 es probablemente su canción más teatral: un escenario de época con ecos de ilustración y desengaño, todo envuelto en una producción sobria y evocadora.
No hay en Utopia grandes estallidos ni estribillos destinados a festivales. Nadie coreará estas letras en Glastonbury, ni aparecerán en vídeos con drones sobre multitudes emocionadas con el móvil a toda mecha. El disco avanza como una caminata nocturna por calles conocidas que, de pronto, parecen nuevas. Gwenno y Rhys Edwards, su colaborador habitual, optan por una producción sutil, con cuerdas que , sintetizadores que respiran en lugar de sobresalir, y un diseño sonoro que confía en el oído del oyente más que en la inmediatez del algoritmo. Algunas canciones —All My Lives, The Infinite Song— funcionan como sinfonías de bolsillo: tienen movimientos internos, cambios de tono, fugas que no buscan resolución.
La trayectoria de Gwenno ha sido, desde el principio, la de una artista más interesada en la pregunta que en la consigna. De Y Dydd Olaf (2014), distopía galés-electrónica inspirada en una novela de ciencia ficción, a Le Kov (2018), reivindicación córnica de memoria y fantasía, pasando por Tresor (2022), oda mitológica en clave doméstica, la suya es una obra construida desde la frontera. Utopia no rompe con esa lógica: la desplaza. Ya no se trata de mirar desde la periferia hacia el centro, sino de aceptar que el centro también está quebrado.
A través de sus nuevas canciones Gwenno traza un mapa emocional que recorre todo aquello que pensó que le daría sentido a su vida —la juventud, los idiomas, Las Vegas, la maternidad, los bailes, los libros— y que ahora observa con cierta ternura, como quien entra en un cine abandonado y encuentra aún encendida la luz de emergencia, tenue, obstinada, proyectando sombra donde ya no hay película.


