Han pasado cuatro años desde que Aria Wells, más conocida como Greentea Peng (si queréis saber de donde viene su nombre Juanjo Frontera lo explica en nuestro último podcast), nos dejó aquel tratado psicodélico-espiritual titulado Man Made, grabado en la frecuencia de los cuencos tibetanos y el delirio colectivo. En ese tiempo, la artista londinense atravesó lo que ella misma llama “una noche larga del alma”. Crisis de fe musical, desarraigo emocional y una breve pero significativa mudanza a Margate. “Estaba harta de mis propias ideas. Necesitaba ensuciarme las manos otra vez, tocar bajo, equivocarme con una caja de ritmos, olvidarme del incienso y prender fuego a todo”, confesó en una entrevista reciente para The Forty-Five.
Tell Dem It’s Sunny es el resultado de esa combustión controlada. Un disco que no pretende replicar el fulgor del trip-hop noventero, aunque lo mire de reojo y con cierto cariño —como quien pasa junto a su ex y le dedica una sonrisa leve, sin detenerse. Aquí hay breakbeats que gotean dub (My Neck, con Wu-Lu, es una tormenta ralentizada), guitarras arpegiadas que parecen citaciones no acreditadas de Max Richter (Raw), y pasajes vocales que recuerdan a Nicolette en sus mejores días con Massive Attack (Watcha Mean, excelsa). Pero esto no es nostalgia: es reconstrucción.
La estructura del disco, diversa en texturas y andamiajes, se sostiene con sorprendente solidez. Lo que en otro artista podría sonar disperso, aquí cobra una especie de lógica ritual. Glory es neo soul pesado, con bajo grueso y una melodía vocal que se pasea por las laderas del gospel sin pisarlas. Green juega con la forma canción, escondiendo en su interior una sesión de espiritismo con Portishead y un solo de saxo que entra como quien no quiere la cosa, pero se queda a dormir.
El jazz aparece y desaparece como una silueta en la niebla. En TARDIS (Hardest), por ejemplo, hay una trompeta que parece tocada desde el fondo de una caverna. “Quería que el disco sonara como si estuvieras buscando la salida en un túnel sin señal, pero que al final la luz no fuera blanca, sino naranja”, dijo Peng. La imagen, por críptica, es bastante exacta.
A nivel lírico, Greentea Peng sigue en lo suyo: autoexploración, ego, chakras, la gentrificación en su barrio de Bermondsey, y un rechazo frontal al culto del éxito. Pero lo hace con más humor que en su debut. “¿Es demasiado tarde para mí?”, pregunta en One Foot, con una ironía casi audible, mientras un beat mínimo sostiene la duda como quien sostiene una taza a medio llenar.
Hay joyas escondidas: Create and Destroy es casi grunge, con guitarras sucias y voz rasgada. En Stones Throw resuena algo de Amy Winehouse, más en el fraseo que en el timbre. Y I Am (Reborn), quizá la pieza central del disco, es un mantra disfrazado de canción pop, tan personal como ambiciosa.
Lo más interesante es que Peng se ha metido más en la producción. “Estoy aprendiendo a no pedir permiso”, dijo entre risas en una charla con BBC 6 Music. Tocó el bajo en varias pistas, editó voces, insistió en grabar algunos temas a oscuras, literalmente. “Quería ver si podía cantar desde el oído, no desde la vista”, explicó, sin más detalles.
Tell Dem It’s Sunny no es un álbum fácil, ni pretende serlo. Es un trabajo denso, hermoso, impredecible. Un collage emocional que, pese a su eclecticismo, tiene una síntesis diafana: una artista que ha vuelto de su propio laberinto con las manos sucias, una linterna medio fundida y una colección de canciones que no suplican comprensión, pero sí el mayor de los respetos. Y sí, al final, hace sol. Pero no como metáfora. Hace sol porque Greentea Peng lo ha dicho, y eso —por ahora— basta.


