Gonzalo Fuster ha dejado definitivamente de esconderse detrás de El Ser Humano para firmar Armonía (2025), un disco en el que, más que reconciliarse con la música, parece ponerse de acuerdo con la vida. Grabado en casa, con su habitual equilibrio entre lo doméstico y lo trascendente, este nuevo trabajo lo muestra en un estado casi zen: sereno, claro y, por momentos, incluso feliz. Una felicidad sin aspavientos, conquistada a golpe de silencio y con la certeza de haber sobrevivido al ruido. Conversar con Fuster es como asomarse a un diario escrito sin tachones: surgen los divorcios que enseñan, las canciones que curan, los miedos que ahora son suyos y una confianza que lo ha devuelto a su lugar. Armonía es, quizás, su disco más transparente: ocho canciones que fluyen (sonido austero, producción artesanal) con la naturalidad de quien ha dejado de preguntarse por el sentido de las cosas y ha decidido, simplemente, vivirlas . En esta charla con Atonal, Gonzalo reflexiona sobre el equilibrio entre expresión y entretenimiento, la belleza de ser pequeño, el tiempo como refugio y su renuncia voluntaria a competir con la urgencia contemporánea. Un Fuster pleno y lúcido, que ya no necesita ser nadie más para sonar exactamente como quien es.
Armonía suena como el título de alguien que ha dejado de luchar contra el caos. ¿Qué querías ordenar o equilibrar esta vez: la música, la vida o la cabeza?
He ordenado las tres cosas, principalmente porque en mí van intrínsecamente unidas. He estado sumido en el caos mucho tiempo, aunque no lo supiera; es como la imbecilidad o la esquizofrenia, que quien las sufre no lo sabe. Pensaba que albergaba otro lugar y no era así en absoluto. No estaba. Recuerdo que en diciembre de 2024 le dije a un amigo: “No sé vivir”. Ahora sí que sé vivir, y se me da muy, muy bien.
La Armonía es algo que no conocía. Me gusta el título porque no está nada en el lenguaje de 2025, pero quiere decir muchas cosas.
He madurado, y lo he hecho a golpes, palpando las paredes a oscuras en muchos momentos. Lo importante es que no he dejado de escucharme bien adentro y he tenido mucha ayuda: un divorcio, una ruptura y un encuentro. El orden ha ido llegando, la música me ha reconfigurado. Parecía que había algo y alguien esperándome, conspirando para hacerme feliz. Y la música siempre está ahí, pero ha ido ordenándose sola, con canciones que jamás pensé que me impactarían tanto como lo han hecho ahora, por ejemplo, Something Changed de Pulp, The First Time Ever I Saw Your Face de Roberta Flack o Increíble amor de Elle Belga. Las dos primeras eran impensables hace tan solo nueve meses.
El disco empieza con Volver a querer, que podría funcionar como un “reinicio sentimental”. ¿Dirías que el álbum nace de una reconciliación con algo o con alguien —quizás contigo mismo?
Absolutamente. La compuse hace más de un año y lo que canto es exactamente lo que brotaba de dentro, entonces y ahora. Fue el umbral hacia donde me encuentro hoy; me di cuenta de cuánto necesito querer, de amar bien y, para eso, lo primero ha sido estar yo bien.
Además, la canción se personificó a principios de este año 2025. Una señal, un estruendo gigante. Pero no puedo desvelarlo todavía porque en esta entrevista estás llevando tú el ritmo de forma asombrosa.
Hay en estas canciones una calma poco habitual en tu obra, un tono más claro, menos hermético. ¿Te apetecía escribir sin escudo, sin metáforas, como quien deja la puerta abierta y confía?
He ganado muchísima confianza. Ya me cansé de El Ser Humano. Me cansé de jugar con la fonética, de tratar de ser diferente, original, de explorarme y buscarme donde no era. Ahora me doy cuenta de que esta vertiente menos hermética afloraba cada vez más en mis discos: me exponía de forma confesional, hablaba más de mí sin vergüenza.
Mi búsqueda comenzó a ser una prospección humilde y auténtica. Anteriormente me decía que componía solo para mí, que mis canciones hablaban de mí, pero no era así del todo.
Y ahí decidí abandonar todo lo anterior y sacar discos con mi nombre. Sin escudo, sí. Si esto es para mí, no tiene que haber metáforas. Si no me hablo claro, no voy a llegar nunca. La confianza es fundamental, tanto para mí como para mi entorno. Sin confianza no quiero nada.
El miedo es mío tiene algo de exorcismo doméstico, de aceptación radical. ¿Cuándo descubriste que el miedo podía ser un material de trabajo y no solo un obstáculo?
Como decía al principio, he tenido una gran ayuda: un divorcio y una ruptura en la búsqueda posterior. Intentando hacerlo lo mejor posible, mis fantasmas y mis vulnerabilidades han tomado un protagonismo pernicioso. El momento en que fui consciente de eso y lo confronté fue un punto de inflexión; de ahí esta canción.
Ahora lucho de otra forma, contra mí y para mí. Ese exorcismo que citas es precisamente poner encima de la mesa mi herida, aceptarla, sacarla al exterior sin salpicar a nadie y proclamar: “mira, esto es solo mío, paciencia, estoy en ello”. No responsabilizo a nadie de mis miedos más que a mí.
En esta canción lo traigo para expresar emocionalmente algo que la razón no alcanza. Si me escribo a mí, este debe ser el material de trabajo. Mi música como autoterapia.

La producción del disco —limpia, cálida, precisa— parece un ejercicio de contención más que de artificio. ¿Hasta qué punto la grabación casera sigue siendo para ti una elección estética y no solo práctica?
Sería muy bonito enumerar razones de que esto es una elección estética, pero no es así. Lo que sí hago es tratar de aprovecharlo, aprender e intentar ponerlo a mi favor.
Tengo más tiempo que dinero, y un estudio y músicos cuestan mucho. Ser pequeño está muy bien; yo me lo he buscado, y es un lugar donde me siento cómodo. Mi ritmo, mis normas. ¡Sin molestar a nadie!
Miedo y certeza y Bienvenida sea mi alma están atravesadas por una voz femenina, la de Ana Rubio, que aporta luz y textura. ¿Buscabas conscientemente esa dualidad de voces o surgió como una forma de diálogo interno?
No buscaba nada, y precisamente en ese momento aparece una voz propia que me dice lo que piensa y lo que siente, y conecta con lo que soy yo. Ana llegó como el aire y, como tal, entró dentro de mí y me dio aliento para hacer nuevas canciones. Las canciones van sobre nosotros. La sorpresa vino poco después cuando me di cuenta de lo bien que canta. ¿Qué mejor forma que darle su lugar en nuestro disco?
Desde Casa hasta Armonía hay un recorrido hacia la serenidad, casi hacia una ética del equilibrio. ¿Has aprendido a no medir la felicidad en canciones, sino en silencios?
He de reconocer que algunas de mis respuestas originales a esta entrevista eran “no lo sé”. Esta entre ellas.
He aprendido a ser mucho más honesto, eso sí, a eliminar artificios. Y esto aporta mucha serenidad que, pienso yo, llega desde la sabiduría. Precisamente estaba en un momento en el que pensaba que no tenía nada más que decir y que las canciones no llegarían nunca. Al final, la felicidad parece surgir del equilibrio entre silencio y canciones. El silencio ha hecho que las canciones tengan más sentido.
Llevas años hablando de dos caminos posibles en la música: el entretenimiento y la expresión. En este momento, ¿todavía los ves separados o crees que pueden convivir sin traicionarse?
Me ha costado conciliarlo, pero sí, ahora creo que sí, aunque no sea mi caso. Sigo pensando que son excepciones, pero algunas son muy grandes. Por ejemplo, Franco Battiato:
“C’è chi si mette degli occhiali da sole
Per avere più carisma e sintomatico mistero.”
El disco tiene algo de pop interior soleado, pero sin renunciar a la hondura, como unos Tindersticks que hubieran cambiado Nottingham por la Malvarrosa. ¿Hay una búsqueda deliberada de luz mediterránea en tu sonido?
Creo que no es deliberado. Es probable que esta honestidad me haya llevado a la huella propia, refiriéndome a la geográfica también. Hay muchos músicos que hacen ejercicios de estilo y, sin intención de desprestigiarlos, si hay un estudio e imitación de un estilo determinado por encima de ti, algo tienes que descuidar a la fuerza, e igual es el mensaje propio.
Hacer country desde Badajoz igual no es muy natural. Y, como en todo, hay excepciones: lo de Hermanos Cubero, por ejemplo, qué maravilla.
En paralelo a El Ser Humano, has ido explorando otros lenguajes, por ejemplo con Alberto Montero en Algo. ¿Qué te da ese proyecto que no cabe aquí, y viceversa?
Cada disco es hijo de su tiempo, y Algo forma parte de 2022. Ahora sería impensable para mí, y eso que componer con Alberto ha sido uno de los cúlmenes de mi vida. No estoy ahí. No tendría sentido ahora componer a cuatro manos porque estoy queriendo hablar de mí, necesito hablar de mí y hacerlo de la forma más intuitiva posible.
De hecho, Lourdes Casany y yo tenemos un proyecto paralizado porque ambos estamos en fases similares. Todo llegará a su debido momento. Joder, me estoy releyendo un poco y me falta decir mierdas tipo “namasté” y cosas así. No, no estoy ahí: estoy siendo absolutamente yo, y este yo ha encontrado mucha calma.
En un panorama musical cada vez más pendiente de la exposición, tú pareces centrarte en la canción como refugio. ¿Te sientes un poco fuera del tiempo o es justo ahí donde encuentras libertad?
Sí. Por ejemplo, cada vez uso menos las redes, cada vez soy más viejo y físicamente menos atractivo: ¿a quién le puede interesar mi cara o mi opinión? Pienso que hay más voluntad de respuesta polémica que de debate real, porque no es el foro para ello. Se ha hablado muchísimo de esto y no voy a ahondar, que me aburre.
Lo interesante está dentro y necesita tiempo. Si quieres verlo, solo tienes que escuchar. Y, si no te gusta, es perfecto; no juzgas a tus amigos por su aspecto, ¿no?
Es en mi tiempo donde me gusta estar. Y también tengo mis conflictos: por ejemplo, participar alimentando Spotify con este disco. Finalmente lo hice. Esta es mi cesión a la exposición este año, más que suficiente.
Si dentro de unos años alguien descubre Armonía por casualidad —sin saber quién eres ni de dónde vienes—, ¿qué te gustaría que pensara al escucharlo? ¿Que hay consuelo, ironía, aprendizaje… o simplemente música hecha con fe en ella misma?
Si te soy sincero, me da absolutamente igual. No creo que, con la marabunta de grupos, canciones, bandas sonoras y actividad musical de hoy en día, nadie se pare a escuchar un disco que ni siquiera fue actualidad en el año que salió. Y, si lo hace, vale. Esta es mi historia.


