Gianmaria Testa: El Arte de Esperar

“Un mal poeta vale más que un mal músico”, escribió Georges Brassens, y aunque Gianmaria Testa no fue ni lo uno ni lo otro, entendía perfectamente esa distinción. Porque si algo defendió con su voz áspera y cálida, fue la dignidad de la canción popular, esa que, como él mismo dijo, “está en el Pueblo que está en todos lados”. Testa fue un trovador sin aspavientos, un obrero de la música que nunca dejó de lado su humanidad. Y eso se notaba en cada palabra que cantaba, con la precisión de quien ha dedicado más tiempo a escuchar que a hablar.

Hay músicos que ocupan estadios y listas de éxitos, y luego está Gianmaria Testa, quien, sin hacer demasiado ruido, construyó una carrera de una calidez insólita, armada con palabras como si fueran piedras preciosas talladas a mano. Nacido en Cavallermaggiore, un pequeño pueblo en el Piamonte italiano, en 1958, no soñó con la fama ni con el espectáculo. Sus días transcurrían entre horarios de trenes y andenes en la estación de Cúneo, donde trabajaba como jefe de estación. Pero por las noches, en la intimidad de su guitarra, componía canciones que, sin quererlo, cruzaron fronteras y se convirtieron en parte de la banda sonora de quienes aún creen en la canción como un refugio.

Su historia tiene un matiz de epopeya discreta. Mientras revisaba billetes y despedía trenes, Testa empezó a ganar concursos de canción de autor, como el Festival de Recanati en 1993 y 1994. Fue entonces cuando la productora francesa Nicole Courtois lo descubrió y le dio el empujón que necesitaba: en 1995, publicó Montgolfières, su primer disco, en Francia. Desde ese momento, su carrera despegó con la parsimonia de un globo aerostático, sin prisa pero con rumbo firme.

Testa nunca abandonó la sencillez. No era un artista de poses grandilocuentes ni de estribillos pegadizos. Su voz, grave y cercana, evocaba a los grandes de la chanson como Brassens y Léo Ferré, pero con una sonoridad que se dejaba acariciar por el folk mediterráneo, el tango y el jazz. “La canción popular está en el Pueblo que está en todos lados. Ser capaz de captarla es parte del trabajo de quien escribe las canciones”, nos dijo en una de sus entrevistas con esta revista. Y Testa, efectivamente, tenía la habilidad de ponerle palabras a lo que flotaba en el aire sin dueño.

Sus discos, como Lampo (1999) o Il valzer di un giorno (2000), están poblados de pequeñas postales: estaciones de tren, amores que se quedan a medio camino, inmigrantes que buscan un hogar y trabajadores que, como él, levantan el mundo cada mañana. En Da questa parte del mare (2006), Testa se sumergió en uno de los temas que más le preocupaban: la inmigración. “Es un disco sobre la Tierra en todos sus significados y valores. Es un trabajo largo y exigente, he empezado por el final, con la última canción”, nos confesó en 2015, cuando ya intuía que su tiempo en este mundo era finito.

A pesar de haber llenado teatros en Europa y de haber tocado cuatro veces con entradas agotadas en el Olympia de París, Testa nunca dejó de sentirse un hombre común. “Nada en particular, montañas y colinas que invitan al silencio”, respondió cuando le preguntamos qué tenía el Piamonte para haber dado músicos como Paolo Conte o escritores como Cesare Pavese. Su relación con la música era íntima, sin estridencias ni concesiones. En Men at work (2013), un disco en vivo grabado en Alemania, revisó su repertorio con un enfoque más crudo y desnudo, porque, como dijo, “el grupo que toca conmigo lo hace desde hace varios años y somos amigos fraternales. Quería, junto con ellos, dejar un rastro de nuestra manera de hacer música”.

En 2015, su salud comenzó a deteriorarse. Canceló una gira y, cuando le preguntamos cómo se encontraba, respondió con la misma entereza que tenía en sus canciones: “Estoy mejor, pero tengo que parar un poco todavía. Estaré listo para España”. No llegó. El 30 de marzo de 2016, Gianmaria Testa falleció a los 57 años, dejando un legado de canciones que, lejos de apagarse, siguen vibrando con la misma honestidad con la que fueron creadas.

Su último álbum póstumo, Prezioso (2019), es una despedida sin artificios, con canciones inéditas grabadas en la intimidad de su hogar, entre ellas una versión de Le plat pays de Jacques Brel. Su discografía ha sido reeditada en vinilo y CD, y su voz sigue sonando en los rincones donde la música todavía tiene la capacidad de emocionar sin necesidad de efectos especiales.

El tren de Testa partió hace ya unos años, pero su música sigue deteniéndose en cada estación donde alguien necesite una melodía sincera. Y es que, en un mundo donde todo parece acelerarse sin sentido, su cancionero nos recuerda que a veces lo más hermoso es detenerse a escuchar.