Gasoline / A Journey Into Abstract Hip-Hop (Pamplemousse Productions, 2002)

El precio de la gasolina siempre acaba subiendo cuando el mundo parece asomarse al abismo. Basta mirar el telediario o leer posts salidos de madre en X. Con ese panorama uno podría pensar que la gasolina —la literal— debería usarse con cuidado. Pero existe otra clase de combustible que no provoca incendios sino películas mentales: el que alimenta el hip-hop abstracto. Y ahí entra Gasoline, nombre apropiado para un proyecto que, lejos de quemar nada, se dedica a lubricar la imaginación.

Detrás del alias está Yoann Letard, productor francés que a finales de los noventa decidió que el hip-hop podía ser algo más que una sucesión de rimas sobre bases robustas. La historia de su disco A Journey Into Abstract Hip-Hop empieza casi como una escena menor de cine europeo: Letard vuelve del trabajo, recoge a un autoestopista en una parada de autobús y, durante el trayecto, descubre que aquel pasajero conoce a alguien que está montando un sello. Ese alguien era Alain Zerahian, futuro productor ejecutivo del proyecto. A partir de ahí todo tomó un rumbo inesperado: Zerahian le mostró el catálogo de sellos como Mo Wax, Ninja Tune o Warp, y Letard descubrió que existía un territorio llamado hip-hop abstracto, un lugar donde los beats podían comportarse como atmósferas y los scratches como líneas de guion.

El primer intento de álbum duró un año y acabó en la papelera. Quince temas que, según su propio autor, no formaban más que una lista de canciones sin relación entre sí. Letard decidió empezar desde cero. Tres meses después tenía otro disco en las manos, concebido no como colección de pistas sino como una especie de película invisible. El método tenía algo de director de cine encerrado en un estudio doméstico: cortar diálogos de películas antiguas, montar escenas sonoras y convertir cada tema en una secuencia. Lo llamó music-storyboard, un guion musical donde el oyente es quien monta la película en su cabeza.

El estudio donde se cocinó la criatura tenía el encanto de los aparatos al borde de la jubilación anticipada. Un Atari 520 ST que se calentaba como una tostadora obligaba a colocarle un ventilador encima; el sampler Akai S300XL hacía de bisturí para cortar vinilos y diálogos; una grabadora DAT caprichosa decidía cuándo quería funcionar. Nada de automatizaciones elegantes: cada ajuste se hacía a mano. El tema The Hardest necesitó alrededor de quinientas tomas antes de que Letard quedara satisfecho. En otro contexto sería desesperación; aquí suena más bien a artesanía obsesiva.

Publicado en 2002, A Journey Into Abstract Hip-Hop funciona como banda sonora para una película que nadie ha rodado pero que muchos han visto. Si Ghost Dog tenía a RZAconstruyendo su atmósfera de samurái urbano, este viaje imaginario propone otro tipo de cine: calles nocturnas, diálogos cortados de películas de serie B, pianos que entran como luces de neón reflejadas en el asfalto.

La estética remite directamente al cine negro y a los thrillers de los setenta. Fragmentos de The Untouchables, New York 1997 o Plan 9 From Outer Space aparecen incrustados entre beats densos y scratches de precisión quirúrgica. En Chicago’s Nites un diálogo entre Eliot Ness y Arnold Justin funciona como si alguien hubiese dejado abierta la puerta de un viejo televisor mientras el sampler hacía su trabajo. Neighbours In My Room introduce voces fantasmales de ciencia ficción barata. Diesel Ride se permite un guiño al terror adolescente de Scream 2.

Musicalmente, el disco se mueve entre la contundencia del boom-bap clásico y un gusto muy particular por las texturas cinematográficas. Letard practica el crate-digging con devoción arqueológica: aparecen ecos de Boogie Down Productions, Big Daddy Kane, Method Man o Mobb Deep, pero también guiños al jazz —Nautilus de Bob James asoma en On the Run— y hasta una excursión a la música clásica en Downtown Beirut, donde un fragmento de Khachaturian se mezcla con beats pesados.

El reparto de invitados completa el mosaico: los DJs de Turntables Dragun’z aportan músculo turntablista en Dragun’z Invasion; la cantante Marissa Knight suaviza el tono en Same People; y la multiinstrumentista japonesa Maki Kito introduce en Geisya una atmósfera oriental que refuerza esa sensación de viaje entre ciudades improbables.

Todo esto podría haberse quedado en una curiosidad técnica, pero el disco mantiene algo más difícil de explicar: un pulso narrativo constante. Cada pista empuja a la siguiente como si el álbum avanzara por capítulos. No hay una historia cerrada —más bien una sucesión de escenas—, pero sí un trayecto con dirección clara. París, Chicago, Beirut o Tokio aparecen como paradas imaginarias de una misma película nocturna.

Con los años, Gasoline se ha convertido en uno de esos nombres que circulan en voz baja entre coleccionistas de hip-hop instrumental. El disco tuvo reediciones en vinilo y hasta una tirada mínima en cassette, señal inequívoca de que su culto ha ido creciendo. Quizá porque recuerda algo que el hip-hop a veces olvida: que la abstracción también puede ser narrativa, y que un sampler bien usado tiene tanto poder evocador como una cámara de cine.

Al final, A Journey Into Abstract Hip-Hop funciona como una sala oscura donde cada oyente proyecta su propia película. Beats como farolas, scratches como cambios de plano y diálogos rescatados del olvido que aparecen y desaparecen como personajes secundarios. Una banda sonora para viajes mentales hecha con vinilo y paciencia. Un disco que no se escucha sin más: se atraviesa, como quien camina por una ciudad de madrugada.