Desde la órbita de Parliament y aquel doo-wop con gomina que los Parliaments dejaron en el perchero, George Clinton y su troupe decidieron cruzar el espejo: menos Motown pulcro, más acople, trance y chamán eléctrico. Final de los sesenta, LSD como lubricante creativo y una ambición clara: un grupo negro tocando la aleación más bruta de rock psicodélico, soul y R&B atronador. En ese vértice nace Funkadelic (1970), debut que abrió una senda distinta al funk “de traje” y que ahora vuelve en 2025 con remasterización que promete devolverle su pegada de taller mecánico: grasa, humo y groove.
El esqueleto lo forman Billy “Bass” Nelson (bajo con autoridad de capataz), Eddie Hazel(guitarra solista: feedback, melodía y cuchillo), Tawl Ross (guitarra rítmica: cemento y lija), Tiki Fulwood (batería: empuje marcial cuando toca, latigazo cuando conviene) y Mickey Atkins (órgano: ese barniz gospel que convierte el caos en rito). George Clinton comanda, provoca y reparte consignas; Bernie Worrell asoma (sin crédito, pero en la foto) afinando la futura teología P-Funk; y, detalle sabroso, Ray Monette (Rare Earth) mete un par de cuchilladas de seis cuerdas que incendian las jam.
El disco —grabado a velocidad de atraco, dos días en Tera Shirma— se abre con “Mommy, What’s a Funkadelic?”, nueve minutos de letanía funk psicotrópica que establecen mitología y tono: coros comunitarios, un bajo que no negocia y una guitarra que hace de médium. “I Bet You” (o “I’ll Bet You”, según edición) aparenta clasicismo hasta que la atmósfera se vuelve turbia: teclas como humo y un groove que te mira desde el callejón. “Music for My Mother” excava en el blues rural negro y lo conecta a una corriente de ácido: la memoria como wah-wah. Con “I Got a Thing, You Got a Thing, Everybody’s Got a Thing” la banda aprieta la tuerca jam: Fulwood abrocha, Monette se desmelena y el mantra hace el resto. “Good Old Music” recicla un tema de los Parliaments para transformarlo en aparato de ocho minutos donde brilla Atkins y Hazel escribe, a navajazos, su carta de intenciones. “Qualify & Satisfy” nace blues y crece hidra: órgano y guitarra se retan, el bajo marca zona. Y “What Is Soul?” cierra con catecismo de aforismos mugrientos —del jamón en los cereales a la rótula cenicienta— y el programa completo: liberar la mente, mancharse las manos.
Hay tensión de época (Vietnam de fondo, ciudades que hierven, iglesias que bailan y fábricas que rugen) y hay tesis estética: Funkadelic transita hacia el rock sin pedir disculpas; Parliament se encargará más adelante del funk interestelar. Aquí la electricidad manda y el éxtasis se consigue a golpe de riff, no de coristas con lentejuelas. De hecho, que Vince Aletti lo tildara en su día de “paisaje desolado” dice más del miedo al ruido que del disco: con el tiempo, Funkadelic se ha ganado el sitio junto a Hendrix, Sly, MC5 o Vanilla Fudge como una llave que abrió varias puertas a la vez.
¿Y la reedición de 2025? ORG Music anuncia trabajo de arqueología con las cintas maestras, restauradas por Dave Gardner y Catherine Vericolli; doble LP a 45 RPM “directo de cinta” para fundamentalistas del detalle, más un 33 RPM cortado de transferencias hi-res, CD, casete y digital. La pregunta obvia: ¿justifica la remasterización otra vuelta de caja? Si el objetivo es despejar bruma sin domesticar al monstruo, sí. Los adelantos apuntan a un plano sonoro más aireado —voces que ganan dicción al final de “Mommy…”, guitarras con transiente más vivo en las jams—, batería menos apelmazada y un bajo que conserva su músculo sin volverse gimnasio boutique. El 45 RPM añade energía y microdinámica; el 33 fluye como sesión larga, menos “microscópica” pero muy musical. Lo esencial: no blanquea la mugre. Y la mugre aquí es patrimonio.
Entre líneas, el disco también es un manual de band-building: cómo mutar de doo-wop a psico-funk sin perder calle; cómo convertir limitaciones (presupuesto, caos, salidas y entradas) en estilo; cómo hacer de la provocación (“sexo sucio y crudo”, consumismo, escapismo) algo que trasciende la boutade para instalarse en la tradición. Si la cara A es el rito, la B es la resaca luminosa: misma banda, otro ángulo.
Cincuenta y cinco años después, Funkadelic sigue operando como esas películas que en su estreno descolocan y con el tiempo fundan géneros. La reedición no reescribe la historia —no hace falta—, pero te pone más cerca del cuarto: cables por el suelo, humo en la lámpara, Hazel buscando una nota que no existe y Clinton con esa media sonrisa de quien ya ha visto el futuro. Y sí, estaba afinado en do mayor… pero sonaba a otra cosa.


