“La estación de los amores viene y va,
y los deseos no envejecen, a pesar de la edad.”
Franco Battiato no creía en las despedidas definitivas. Lo suyo era la transformación. Ochenta años después de su nacimiento, y casi tres desde su partida, su voz sigue flotando en ese punto intermedio entre la metafísica y la pista de baile, entre el pop radiante y el ascetismo. Porque si algo dejó claro su discografía —desde la electrónica al pop de autor, del rock progresivo a la música culta— es que el tiempo, a fin de cuentas, es solo una idea.
Nació el 23 de marzo de 1945 en Ionia, un pequeño pueblo siciliano asomado al mar Jónico. Su infancia transcurrió entre el aroma de los cítricos y las imágenes de un país en plena reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial. La muerte temprana de su padre, un camionero que soñaba con una vida mejor para su hijo, lo dejó con una certeza prematura: había que buscar otro destino. Con apenas veinte años, cambió Sicilia por Milán, con una guitarra en la mano y más preguntas que respuestas. Estudió música por su cuenta, tocó en bares, hizo amistad con otros artistas en ciernes y participó en el Festival de San Remo de 1965, un episodio del que luego se reiría. “No era para mí”, diría años más tarde. Su verdadero camino comenzó cuando descubrió la música electrónica y los sintetizadores, una revelación que lo llevó a experimentar sin miedo a perderse.
El joven Francesco Battiato no tardó en entender que la música pop italiana de los 60 no le ofrecía mucho más que sentimentalismo fácil y corbatas de nudo ancho. Así que a los 70 se lanzó de cabeza a la experimentación. Fetus (1972) y Pollution (1972) sonaban a ciencia ficción, con sintetizadores Moog y letras crípticas. Se hablaba de él en los círculos de vanguardia, pero nadie lo confundía con un hombre de éxito.

Para finales de la década, su paciencia con el ruido y la disonancia se agotó, y como un alquimista desencantado, decidió encontrar la piedra filosofal en la música pop. L’era del cinghiale bianco (1979) fue el primer paso. Luego, con La voce del padrone (1981), hizo historia: por primera vez en Italia, un álbum superaba el millón de copias vendidas. Y lo hizo sin rebajar su complejidad: versos en alemán, referencias filosóficas y ritmos irresistibles. Un éxito improbable, como si Brian Eno se hubiese vuelto mainstream en un país devoto de la canción ligera.
Entre los hits de esa era, Centro di gravità permanente se convirtió en un mantra para toda una generación. “Busco un centro de gravedad permanente, que no me haga cambiar de idea sobre las cosas, sobre la gente”, cantaba, y lo increíble es que miles lo coreaban sin saber exactamente de qué hablaba. Pero el encanto de Battiato estaba ahí: sus canciones no eran acertijos a resolver, sino puertas abiertas para quien quisiera cruzarlas.
La voz del maestro siciliano nunca fue solo música. Su curiosidad lo llevó a dirigir películas (Perduto amor, 2003), a escribir óperas (Gilgamesh, 1992) y a sumergirse en el arte pictórico bajo el seudónimo de Süphan Barzani. En los 90, colaboró con el filósofo Manlio Sgalambro, y juntos dieron forma a discos como L’imboscata (1996), que contenía La cura, probablemente la declaración de amor más intensa que ha dado el pop italiano.
Aun cuando su presencia en los medios se volvió más esporádica, su música siguió evolucionando. En Apriti Sesamo (2012), su último álbum de estudio con material inédito, entregó un disco sobrio pero fascinante, donde abordaba temas como la espiritualidad, el tiempo y la memoria, con el tono de quien ya ha visto demasiado pero sigue maravillándose con los detalles. La despedida oficial llegó con Torneremo Ancora (2019), un álbum sinfónico en el que revisitó sus clásicos con una orquesta, acompañado de una única canción inédita que parecía un mensaje desde otra orilla. “Volveremos otra vez, aún no se sabe cuándo ni en qué forma ni con qué rostro”, cantaba con la voz quebrada, en un testamento musical donde su mística seguía intacta.
Cuando le preguntaron si sentía que su música era un vehículo para la espiritualidad, respondió con ironía: “La música es un trabajo que hago como un deber”. Y sin embargo, en sus entrevistas, en sus letras y hasta en su forma de desaparecer poco a poco de la escena, siempre dejó claro que estaba en otra búsqueda.
A principios de los 2000, el mismo hombre que había llenado estadios con himnos existencialistas decidió que ya había tenido suficiente del espectáculo. Se retiró a Milo, en Sicilia, su refugio en la naturaleza, y se dedicó a vivir a otro ritmo. En 2012, un breve paso por la política italiana como asesor de Cultura en Sicilia terminó con su despido tras calificar a la clase política de “miserable”. No había perdido la costumbre de decir lo que pensaba.
Su despedida definitiva llegó en 2021, en el silencio de su hogar, pero sin dramatismos. No habría tributos grandilocuentes ni mensajes finales. “Déjenme en paz: esta es la situación en la que quiero estar”, había dicho unos años antes. Y así lo hizo.
Hoy, su música sigue latiendo en quienes lo descubren por primera vez, y en quienes vuelven a ella con la certeza de que, como la estación de los amores, siempre regresará. Porque hay artistas que quedan fijados en su tiempo, y luego están aquellos que, como Franco Battiato, logran lo imposible: seguir sonando como si vinieran del futuro.


