Forever Pavot / Melchior Vol. 1 (Born Bad Records, 2025)

Hay nombres que parecen fruto de una revelación, y otros que aparecen porque alguien pasó la vista demasiado rápido por una palabra torcida. En el caso de Forever Pavot, la historia tiende a lo segundo: un estuche escolar con un “Flower Power” escrito a trompicones, una lectura fugaz convertida en “Forever Pavot”, carcajada incluida, y la intuición de Émile Sorninde que esa torpeza alfabética podía ser un buen lugar desde el que levantar un universo propio. Una broma que terminó siendo biografía artística: lo deliberadamente mal leído, lo rescatado de un rincón improbable, lo que parecía menor y acaba resultando decisivo.

Desde ese origen chapucero y luminoso, Sornin ha ido ampliando su territorio sonoro como quien redecora una casa llena de reliquias: teclados viejos que aún conservan electricidad emocional, flautas que remiten a alguna película de 1971 que sólo él recuerda, percusiones que suenan a biblioteca polvorienta y un método autodidacta que funciona como puzzle infinito. Su práctica consiste en acumular melodías, clasificarlas, quedarse con la minoría superviviente y ensamblarlas hasta que aparece una historia. Ese proceso lento —tres cuartas partes del tiempo en soledad— convierte cada álbum en una especie de laboratorio doméstico donde conviven Ennio Morricone, François de Roubaix, los restos de un clavicémbalo encontrado en provincias y un recuerdo persistente de la psicodelia turca.

Con Melchior Vol. 1, esa línea imaginaria se desplaza hacia una zona menos iluminada del mapa: Sornin decide compartir protagonismo con Melchior, un autómata con cara de maniquí de ventrílocuo y cerebro de sílice al que ensambló junto a Jonas Euvremer para descargarle de tareas ingratas (promoción, entrevistas, burocracia emocional). Lo que podía haber sido un gag se convierte aquí en un marco conceptual: Melchior no es mascota ni adorno, sino coproductor, parte vocal —voces vocodeadas que suenan como si el robot hubiera aprendido a cantar escuchando library music— y coautor de temas como Count to 10, compartido con Domotic, también responsable de la mezcla y de parte de la arquitectura electrónica del álbum.

El disco avanza como una ficción radiofónica alimentada por melodías que recuerdan a un futurismo pasado de moda, de esos que imaginaban el porvenir con teclados Farfisa y baterías secas. Y, sin embargo, todo respira actualidad, quizá porque Sornin nunca ha trabajado con la nostalgia como fetiche sino como arcilla. Coge materiales viejos —pop sixties, psicodelia europea, jazz-rock, exotica francesa, groove de serie B, el eco lejano del hip-hop que hacía en su adolescencia— y los revuelve hasta que parecen nuevos, como si un restaurador hubiera decidido recolocar los muebles sin avisar a nadie.

A esa alquimia contribuyen las colaboraciones vocales, especialmente Lispector (Julie Margat), que aparece en UFO y Waiting for the sign, dos piezas que podrían funcionar como monólogos interiores del propio Melchior: canciones a medio camino entre la confidencia extraterrestre y la balada electrónica de dormitorio. Margat no solo canta; coescribe las letras y da un giro afectivo al imaginario robótico del disco. Kumisolo, por su parte, aporta una delicadeza distinta en Postcard (ハガキ), una postal pop con tinta japonesa que complementa el cuadro sin caer en ornamentalismos.

Aunque Melchior Vol. 1 introduzca un componente electrónico más marcado —la famosa “arteria phat” de la que habla Sornin—, la tradición de las bandas sonoras sigue presente. Asoman por ahí guiños en miniatura: una frase de cuerdas que parece salida de un thriller italiano, un órgano que recuerda a algún experimento perdido de Piero Piccioni, un pasaje pastoral que homenajea a Jean-Baptiste Lully en Le robot gentilhomme, construido como un pastiche afectuoso que no pretende engañar a nadie. Skyway, por su lado, es un tributo explícito a Pierre Arvay, maestro de la ilustración musical y otras artes marciales del archivo sonoro.

El álbum funciona como crónica de un choque amable entre humano y máquina. Sornin compone al piano, sin solfeo y a golpe de intuición; Melchior reorganiza, electrifica y multiplica las posibilidades como si fuera un asistente que ha aprendido estética barroca observando a su creador desde el otro lado de la mesa. La convivencia entre ambos genera un tipo de pop que cabría llamar “robot sentimental”, una especie de ópera futurista en miniatura donde la melancolía entra disfrazada de vocoder y las emociones viajan en sobre lacrado.

Puede que Melchior Vol. 1 no responda a ninguna pregunta urgente de la actualidad, pero sí abre un territorio inesperado: el de un artista que toma géneros arrinconados —la library music, el prog francés, el jazz-rock de archivo, el pop barroco, la psicodelia turca— y los exprime hasta que vuelven a respirar. No hay arqueología aquí, sino imaginación aplicada: la capacidad de ensamblar piezas antiguas hasta construir un artefacto nuevo, reconocible en su linaje pero libre en su carácter. Algo así como si un robot y un artesano hubieran llegado al acuerdo de repartirse el tiempo, las decisiones y las rarezas.

Un disco extraño, dúctil, juguetón —en el mejor sentido— y con ese punto de humor involuntario que acompaña siempre a las máquinas que intentan parecer humanas. Quizá por eso funciona tan bien: porque Émile Sornin nunca ha pretendido parecer infalible. Prefiere inventar mundos que duren lo que dura una broma bien contada. Y en ese arte, Melchior Vol. 1 es, sencillamente, un hallazgo.