Flamaradas: "Es más irreverente un silencio que un guitarrazo"

Hablamos con Daniel Magallón del recientemente publicado 'El rumor eterno de la autopista'

Flamaradas. Silencio y rumor.

Dicen por ahí que hay que evitar que la nostalgia empañe los recuerdos, pero en el caso de Daniel Magallón las canciones sirven para que lo borroso del pasado cobre vida inesperada. Tal es el caso de tonadas sin tiempo como la del 'Perro rojo' que abre su último disco 'El rumor eterno de la autopista' (El Genio Equivocado, 2020), pica en flandes de un tríptico ejemplar (no se olviden aún de 'Pasaje entre las cañas' (2015) y 'Flamaradas' (2017)) con el que el músico de Sant Joan Despí ha construido una discografía inusual a la par que infalible. Folk de extrarradio, rumba quebrada, versiones imposibles de boleros eternos y una visión de la realidad que se mueve entre el poder sugestivo de la ficción y la poesía inaudita de las cosas sencillas, son los mimbres que los que el autor de 'Gotas de mar' canta intentando dar esquinazo a la melancolía y como si fuera a volar.

Portada de 'El Rumor Eterno de la Autopista'

Tu nuevo disco ‘El rumor eterno de la autopista’ es un claro ejemplo de como una obra puede mutar en sentido y significado dependiendo de muchos factores (el contexto en el que se concibe, el contexto en el que se consume, los parámetros estéticos de cada época). Lo paradójico en tu caso es que apenas han pasado meses desde cuándo en un principio iba a ser publicado este disco y la fecha en la que al final sale a la luz, pero el mundo ha cambiado inexorablemente y quizás el efecto que puedan tener estas canciones también. ¿El acto creativo es, en definitiva, ingobernable?

Absolutamente. En mi caso  es así. De hecho, muchas veces nos miramos con los otros músicos de la banda  y nos decimos, “¿pero esto, cómo nos ha salido?”¿Seguro que lo hemos hecho nosotros?”. Es curioso pero, muchas veces, si tuviéramos que volver a hacer alguna canción no sabríamos ni por dónde empezar. 

La melancolía asoma en cada surco del disco, especialmente en canciones cómo ‘El Perro’ o ‘Farolillo (de las vidas breves)'. ¿Se trata de una tristeza asumida con el paso del tiempo y por tanto, menos dolorosa?

Pues eso espero. Sí, reconozco que no es un disco alegre ni abiertamente optimista, pero procuro no caer en de derrotismos ni en excesivos sentimentalismos. Más bien habla de asumir las pérdidas, de intentar entender lo que ya no volveremos a ser. Trabajo mucho con imágenes de mi infancia y eso dá a las canciones esa pátina tristona. Se parece mucho a eso que en Portugal llaman saudade. Añoranza de algo, real o imaginario, que ya no podrá ser.

Hay un retrato de la vida, pasada y presente, en los márgenes. Esa que no sale en los anuncios o en las fotos de los influencers. ¿Tu principal misión es la de poner el foco en las historias de los desheredados? 

Hablaba hace poco con un vecino mío que es escritor que, si no lo hacemos nosotros, nadie le cantará a las rotondas, a los polígonos industriales, a los edificios del desarrollismo o a los puentes de las autopistas. No es que sea una misión pero puestos a hablar de algo, lo hago de lo que conozco. De los espacios que me son familiares. Y , aunque mucha gente no se lo crea, pueden llegar a ser sitios hermosos En cierto grado es paradójico, porque, la mayoría de la gente de la que yo hablo en mis canciones, muy poca escuchará mi música y difícilmente entenderán por qué lo hago y las formas que utilizo. La cultura que ellos consumen es otra. Pero creo que les parece bien que yo lo haga.

Una foto en sepia ilustra la portada. Quizás se trata de una adolescencia feliz pese a la ausencia de frugalidad, con los protagonistas de la instantánea saltando cogiéndose del hombro sin pensar en distanciamientos sociales . ¿Una época que jamás volverá? ¿Se ha perdido para siempre la acepción correcta de comunidad y solidaridad?

La portada la eligió Gloria Vilches y es un fotograma de una película francesa de los años 30. No sé muy bien que puede representar. Pero en relación a la idea de comunidad sí que creo que hemos dado pasos hacia atrás. Noto una creciente presencia del discurso del “yo”, de la autorrealización. En contra de la idea de lo común, de lo colectivo va perdiendo adeptos. Sospecho que este mundo hiperconectado y narcisista está teniendo algo que ver. 

Hay mucho de disidencia en el rumor que recorre este disco. Subrayando que la irreverencia yla rebeldía quizás sean las únicas maniobras de escape para aquellos que no tienen acceso a losmecanismos que rigen este sistema nada igualitario. ¿El hecho de escribir canciones como éstas es un acto disidente en sí mismo?

Seguramente. Yo me sigo imaginando a mí mismo como un “cantante” que con su trabajo quiere cuestionar ciertas  estructuras que gobiernan en la cultura musical de este país. Ya sea oficial o independiente ( que me parece igual de conservadora). Llámame ingenuo, pero creo que no seguir las lógicas de lo establecido, sonar impredecible, hablar de cosas pequeñas y sencillas  pueden ser también un acto de rebeldía. Igual me estoy haciendo viejo, pero cada vez creo que es más irreverente un silencio que un guitarrazo. En este gallinero en que se ha convertido el mundo de la música actual hay veces que un  susurro me resulta más provocador que un exabrupto.  

Podríamos pensar en la ausencia de estilo como el estilo en sí mismo de Flamaradas, pero de lo que no hay duda es que bebes de la canción popular. De aquella que siempre permanece próxima al arrabal. ¿Para contar las historias que aparecen en tus canciones hay que echar mano de la raíz?

Hay unas formas narrativas propias de la canción popular que me apasionan y que, salvo excepciones, la música independiente  actual no está sabiendo encontrar. Se hacen mezclas extrañas inventos pirotécnicos pero cosas sencillas que intenten explicar el presente utilizando modos de hacer de la música popular de nuestro país encuentro pocos.  Espero que cada vez más músicos de la llamada “escena alternativa” dejen de mirar el mundo anglosajón como único referente e intenten buscar en nuestro patrimonio musical fórmulas para su música. Porque es inagotable. También hay que decir que la tarea no es fácil. Parece que los músicos de la música folklórica y tradicional se han convertido en una especie de guardianes de las esencias y ven con malos ojos que gente  poco ilustrada meta mano de sus preciadas melodías. No se dan cuenta que esa música la creó gente del pueblo que apenas sabía tocar y tampoco tenían grandes conocimientos musicales, que las letras las cambiaban según les convenía y que si las encajonas o las defines demasiado pronto dejarán de estar vivas y desaparecerán porque ya no cumplen ninguna función en la sociedad.

Esto supone hallazgos como en el caso de ‘La Jaula’ (lamento del cantor cautivo’ que cristaliza en una especie de aleación inesperada entre Carlos Cano y el Tom Waits de los años salvajes de Frank. ¿Es algo que sale sólo?

Sí. Esta canción la tenía escrita desde hace una década y no sé por qué razones nunca la había llegado a grabar. El aspecto más Tom Waits se lo dimos en el estudio metiendo xilofones y melódicas. Buscábamos un sonido un poco de fanfarria pesada con aire mediterráneo y nos salió eso. No era la intención inicial. Pero nos encanta.

En otra ocasión me comentaste que “vengo de una familia profundamente politizada. Mi abuelo perdió una guerra, mi padre militó muchos años en el PSUC y mis primeros contactos con el rocanrol fueron leyendo la sección de música del Mundo Obrero, que era la única revista que entraba en mi casa”. Canciones como ‘Cuando los anarquistas podían ser banderilleros’ se nutren de ese poso ideológico. ¿Para Flamaradas es inevitable posicionarse?

Pues es que es una cosa que viene de serie. No querría parecer una especie de Ken Loach de la música independiente nacional pero venimos de donde venimos y siempre salen temas en los que cierto posicionamiento político aflora. La historia de cómo compusimos esta canción es muy curiosa y te puede ilustrar de como de azarosos son los caminos de la creación. Como te comentaba, hace tiempo que venimos indagando en la música tradicional española y uno de los discos que más nos llamaba la atención era el que hicieron Federico García Lorca con La Argentinita. Es un referente para la banda. Ahí salen Los Cuatro Muleros, El Café de Chinitas, Las Tres Morillas de Jaén… Empezamos a darles vueltas a las escalas, a algunos cambios de tono.... Encima coincidió que me regalaron un piano viejo y las sonoridades que nos salían parecían llevarnos siempre hacia esos lugares. Raúl Navas, el teclista del grupo, tiene formación clásica y es un apasionado de la música española de principios de siglo XX. Y, así, medio jugando, nos salió la canción casi sin darnos cuenta.

Fuimos al estudio con la canción sin letra. Y durante semanas la llamamos “La de Lorca" sólo para identificarla. Para la letra me acordé de una anécdota . A Federico le fusilaron junto a un maestro cojo y dos banderilleros anarquistas. Una amiga mía fue por cuestiones profesionales a uno de los últimos intentos de desenterrar sus cuerpos  y lo fue contando en internet, creo que para un diario local. Yo, desde la distancia, fabulaba con la idea de que los huesos de los ajusticiados son los que se iban moviendo por debajo de la tierra para que no los encontraran nunca.  Justamente porque el tiempo en el que se les busca no se parece en nada al que les mató, y desde la actualidad me resulta muy difícil  juzgar las actitudes del pasado. Anarquismo y tauromaquia hoy parecen términos antagónicos. Pero en aquel momento el sindicato libertario tenia grandes adeptos entre los toreros de plata. Dudo mucho que hoy por hoy quede ningún subalterno con esa ideología y mucho menos que algún joven anarquista de la actualidad valore la posibilidad de abrirse camino dentro del mundo de la tauromaquia.

Una canción como ‘Gotas de mar’ me recuerda al Erri de Luca que narraba aquello de “Se obtiene del mar lo que nos ofrece, no lo que queremos”. ¿En este caso soñar sobre el pasado sirve para recordar como uno quisiera que le hubieran salido las cosas?

Hacer canciones sirve un poco para eso. Es un ejercicio de ensoñación en el que te puedes permitir reescribir los momentos vividos, darles otra luz, ponerle otros colores. La realidad suele ser más cruel, así que revisarla en forma de canción ayuda a digerirla. Es un poco terapia, ya lo sé. 

Escoger un bolero interpretado por Pedro Infante o Antonio Machín basado en un texto del poeta venezolano Andrés Eloy Blanco como ‘Angelitos Negros’ más allá de la boutade parece una ideológica declaración de intenciones. ¿Qué ha hecho mal el ser humano para que un problema tan nefasto como el racismo siga vigente pese al paso de los años y a pesar de una supuesta evolución ideológica?

Pues demasiado poco. El racismo es un atraso social en toda regla. Conocía la versión de Roberta Flack y la más reciente de Cat Power y me parecían un ejercicio de adaptación al lenguaje musical contemporáneo muy chulo. Pero la dicción del castellano era muy pobre y eso me chirriaba un poco. Como no conozco aproximaciones  similares a la canción por parte de músicos de nuestro entorno decidimos hacer nuestra propia versión. 'Angelitos Negros' es un temazo y de una actualidad estremecedora. Además, yo que soy de formación de pintor le tengo un especial cariño.

‘Canciones de amor’ para cerrar el telón. Con un ritmo que recuerda al antes mencionado Tom Waits escuchando baladas en una gasolinera de extrarradio. Por mucho que nos lamentemos o queramos lamernos las heridas, el mundo sigue girando sin pausa. ¿Tienes alguna receta para evitar que ese ritmo acabe consumiéndonos?

Lamentándolo mucho,  no se me ocurre nada en estos momentos. Perecemos los músicos del Titanic. Sólo podemos hacer una cosa ante el naufragio inminente, ponerle banda sonora.