Vinicius de Moraes escribió en una ocasión que el violão ofrecía una intimidad que otros instrumentos, más rígidos, más ceremoniales o simplemente peor avenidos con el cuerpo, no podían igualar. Venía a decir, con esa mezcla suya de gracia, ternura y retranca, que pocas cosas resultaban tan hospitalarias como esa caja de madera que un hombre puede sostener entre los brazos durante horas, sin posturas comprometidas ni la rigidez de cierta liturgia orquestal. En Vila, Fabiano do Nascimento recoge algo de esa vieja verdad brasileña y la desplaza hacia otro terreno: el de un disco donde la cercanía del violão no se pierde al entrar en contacto con una orquesta, sino que encuentra una nueva forma de apertura.
La relación entre guitarra acústica y arreglos de cuerda tiene en Brasil una historia particularmente fértil, aunque no siempre alcanza este grado de equilibrio. Junto a Vittor Santos Orquestra, Fabiano do Nascimento esquiva tanto la postal refinada como el lucimiento académico. Su guitarra, moldeada por años de trabajo con instrumentos de seis, siete o diez cuerdas, conserva esa claridad percusiva y cristalina que por momentos recuerda más a un arpa o a una kora que al repertorio habitual del guitarrista virtuoso. Y, sin embargo, Vila no está concebido como una exhibición técnica. Su lógica es otra: música de conjunto, abierta, serena, minuciosa.
Ahí reside una de las diferencias fundamentales respecto a otros trabajos suyos con acompañamiento orquestal. Vittor Santos no comparece aquí para barnizar el sonido de Fabiano con un prestigio sinfónico aupado por las alharacas. Lo que hace es abrir una conversación real entre la guitarra y los 16 músicos del conjunto. En algunos momentos, Nascimento conduce; en otros, responde; en otros se integra en el movimiento general con una naturalidad poco frecuente. El disco funciona precisamente por esa circulación del protagonismo, por esa manera de repartir el foco sin convertirlo en una competición de méritos.
También ayuda el punto de partida conceptual: la vila del barrio de Catete donde creció Fabiano do Nascimento. Pero esa memoria de infancia no deriva en un álbum de estampas ni en una elegía con filtro sepia. Lo urbano aparece como tejido afectivo, como espacio vivido, mientras la orquesta ensancha el campo de unas composiciones que siguen respirando muy cerca del suelo. De ahí una de las singularidades de Vila: suena doméstico y panorámico al mismo tiempo.
Desde O Tempo (Foi o Meu Mestre), reformulada aquí con una amplitud orquestal nueva, el disco deja clara su temperatura. La guitarra ondula, las flautas y los violines agrandan la escena sin ocuparla, y todo avanza con una serenidad activa, lejos de esa languidez de spa para jubilados alemanes que a veces arruina esta clase de viajes instrumentales. Spring Theme prolonga esa gracia aérea sin perder pulso, mientras Tema em Harmônicos ofrece uno de los momentos más logrados del álbum, con la guitarra en una función casi rítmica y una trompeta con sordina tomando la delantera. En Plateau, el diálogo entre el punteo de Fabiano y los metales termina de fijar la impresión de que aquí importa más la respiración común que el virtuosismo aislado.
Lo mejor de Vila es su capacidad para ofrecer calma sin volverse inofensivo. Tiene algo de respiradero frente al ruido contemporáneo, una manera de despejar la cabeza sin desconectarla del todo. Fabiano do Nascimento sigue demostrando que su curiosidad musical va bastante más allá del folclore bien entendido: puede acercarse al jazz, al ambient o a la escritura orquestal sin perder ni el pulso ni la identidad. En este disco encuentra una medida especialmente precisa entre intimidad y amplitud, entre memoria y movimiento.
La portada remata muy bien esa idea. Esos niños jugando despreocupados, con los trastos tirados por el suelo y ninguna urgencia por recoger, resumen el espíritu del álbum con una elocuencia tranquila. Ya se ordenará luego. De momento, la tarde sigue en marcha. Vila discurre justamente por ahí: como una música generosa, despejada y hospitalaria, hecha por alguien que todavía confía en el valor de demorarse un poco más de la cuenta.


