En mi isla

Una travesía musical de veranos eternos entre brisas, ciudades y pequeñas islas privadas

Vuelven cada año a mi cita estival y, de su mano, me sumerjo en las sombras o me embarco en viajes hacia una luz llena de brisas…

Hacia finales de mayo, principios de junio mis mañanas comienzan con el ritmo creciente de un teclado, las teclas de Ramsey Lewis Trio me persiguen, The in crowd (grabada en directo en el club Bohemian Cavern de Washington DC), me sacan del sopor, me sumergen en una multitud inexplicable, y sonrío al comprobar la ligereza que dan a mis pasos las notas de este vertiginoso jazz.

Poinciana aparece al ver las avenidas llenas de jacaranda, acacias y glicinas. Tienen la luz y color que ese conductor mira sorprendido… y se detiene para enviarlo a casa. Tiene los colores de la Poinciana de Ahmad Jamal acompañado por Vernel Fournier.

Poinciana your branches speak to me of love

Pale moon is casting shadows from above

La batería de Vernel Fournier le da un ritmo más caribeño, si cabe, con un swing que invita a moverse creando una atmósfera muy sensual, en donde Fournier realza a Jamal.

En alguna entrevista le preguntaron a Jamal si no se cansaba de tocarla ya que la convirtió en su himno más reconocido. En sus conciertos la empezaba a tocar sin prácticamente sentarse. Y no, él decía que la disfrutaba cada vez. Nos lo trasladabas, querido Jamal. Y la buganvilla de mi jardín es mi Poinciana.

La tarde me encuentra en una recoleta plaza cubierta por sombrillas, en la espera de un encuentro con una amiga o sencillamente dejándome llevar sin nada que hacer; es el momento que me sugiere Summer Wind en la versión Madeleine Peyroux. Su delicada y melodiosa voz convierte ese viento en una suave brisa que te envuelve estés donde estés, cruza mares para quedarse contigo, haciendo que ese deseo o evocación de Madeleine se convierta en un anhelo compartido y que la brisa permanezca:

The summer wind

came blowing in

from across the sea…

Cuando cae la noche, abres el balcón y entran los sonidos, los ecos de la calle… te hacen vagar por la ciudad que Quincy Jones imaginó. ¿Qué tiene esa versión de Summer in the City? Ese inicio tan especial, ese groove que se mantiene y te anima a recorrerla durante toda la noche acompañada por el piano de David Grusin y el bajo de Chuck Rainey. O quizás te quedas escuchando los murmullos de la noche desde tu ventana…

Y si callejeas hasta la madrugada, te puedes encontrar con la protesta de la ciudad de Inner City Blues en la versión de Molly Johnson (no confundir con la Molly de la leyenda), arreglo muy setentero a lo Quincy Jones con toques de órgano Hammond que inspira a moverte suavemente. Las letras de Marvin Gaye siguen siendo tan actuales:

Rockets, moon shots

spend it on the have-not’s…

Inflation, no chance…

To increase finance…

La ciudad de Molly no hace falta imaginarla, como la de Quincy puede ser cualquier ciudad. En su vídeo va caminando sola en la oscuridad, poco a poco se van uniendo a ese paso y su protesta en solitario pasa a ser una queja compartida.

Al amanecer anhelas irte de viaje a una isla, tal vez a la de Herbie Hancock, a la archiconocida Cantaloupe Island. Pienso en su inspiración, en el momento que la escribió para regalarnos tanta alegría refrescante. ¿Habría hecho algún viaje caribeño? Pero no, la escribió en Nueva York con solo 24 años. Es una melodía dulce, suave, te refresca como el cantaloupe. Es un momento del verano en cualquier playa, y ahí aparece de nuevo otro verano más, mojándote los pies, sintiendo esa frescura de Herbie. Y te anima, te sube la vibra, sientes el aroma de la brea, del coco y de la brisa de esa isla que podría ser también la del Tesoro.

En los 90 se hizo muy famosa gracias a la versión aún más alegre, divertida del grupo Us3, Cantaloop (Flip Fantasia). Esta versión se escuchó tantísimo que Herbie Hancock, con el buen humor que le caracteriza, dice que a veces piensa que la propia es la versión:

What’s that?

Yeah, yeah,

Funky, funky

Groovy, groovy, jazzy, funky

Pounce, bounce, dance as we

Entre sueños me voy a Mon île como Henri Salvador y allí me deleita esa joya que ya pertenece a mis veranos: Chambre avec vue, jazz y bossa nova para aplacar los calores del verano y descansar…

Henri Salvador nació en la Guayana Francesa, llegó a París con su familia a los 7 años y huyó en los 40 de la Francia ocupada a Sudamérica. Allí viajó por varios países, estuvo varios años en Brasil, volvió a Francia con un equipaje lleno de sonidos y ritmos. Bagaje lleno para aquel que tiene los sentidos abiertos para embeberse de otras músicas y otros colores. Henri aportó a la cultura canciones divertidas, jazz y bossa nova. Inspirador y maestro, dijo Jobim.

En los 90 dejó de escucharse, ya no estaba… hasta que lo rescatan con 83 años Benjamin Biolay y Keren Ann en el 2000. Y publican este álbum, no sin dificultades, ya que no había casa discográfica conocida que le interesara publicar algo de un crooner de 83 años, por muy reconocido que hubiera sido…

Vaya regalo nos aporta esa voz que acompañó a Django Reinhardt, Lester Young y Coleman Hawkins, que compuso con Boris Vian y al que le fascinaban Sinatra y Billie Holiday… Todo aparece en su Jardin D’Hiver, en Chambre avec vue, Mademoiselle, Je sais que tu sais (Paul Misraki), Un tour de manège (con Toots Thielemans), Le fou de la reine(con Françoise Hardy), en todas sus melodías está de alguna forma ese Vagabond…, aquello que le conmovió y le nutrió a lo largo de su vida.

Sí, el verano puede ser en una ciudad, pero también en un rincón del Mediterráneo escuchando el sonido de la brisa o a los grillos cuando deciden regalarnos una noche de orquesta. Todos esos sonidos estivales me trasladan a ese disco de Henri Salvador.

Como dice la canción que da título al álbum:

Quelques bonheurs

Passés inaperçus

No, este pequeñito placer no pasa desapercibido.