“Turning and turning in the widening gyre, the falcon cannot hear the falconer.” El verso de Yeats podría servir de epígrafe involuntario para The Resurrection Game, el nuevo disco de Emma Swift, donde la espiral del caos personal y la reconstrucción íntima se convierten en materia sonora. Como en The Second Coming, aquí también se trata de un renacer, aunque el que Swift propone no tiene nada de mesiánico: es un regreso a la vida después del derrumbe. Sin halcones ni profetas, solo una mujer que —tras una sacudida de su centro gravitacional— decide volver a escucharse a sí misma.
La australiana, nacida en Sídney en 1981, había encontrado en Nashville su segunda patria. Allí grabó su debut homónimo (2014) y, años más tarde, Blonde on the Tracks (2020), una colección de versiones de Bob Dylan que la situó como una intérprete de sensibilidad afilada. Pero este nuevo trabajo no mira hacia los clásicos: es el primero completamente escrito por ella. La distancia entre ambos discos no es solo cronológica, sino vital. En la primavera de 2023, Swift sufrió un colapso mental que la llevó a una hospitalización prolongada en Australia. De aquella experiencia —marcada por la anhedonia y la sensación de estar “encerrada en un bloque de cemento”— nació la necesidad de transformar el dolor en arte. “Quise alquimizar la experiencia”, diría después, “hacer que lo brutal se volviera hermoso”.
En ese proceso fue clave Robyn Hitchcock, su pareja y cómplice musical desde hace años. Hitchcock —una figura de culto del pop británico, con una obra que transita entre lo psicodélico y lo confesional— la animó a escribir sobre su propia historia, a convertir el sufrimiento en canciones y no en silencio. Él mismo ha descrito el disco como una “balsa salvavidas”, y no anda desencaminado: The Resurrection Game flota entre la desesperación y la claridad con la determinación de quien se aferra al canto como último recurso.
La producción de Jordan Lehning viste esas canciones con arreglos espaciosos, cuerdas y pedal steel que amplifican la emoción sin edulcorarla. En Nothing and Forever, Swift canta desde la calma, como si probara la consistencia del aire; No Happy Endings se sostiene sobre un eco lennoniano, con la voz atravesando un muro de cuerdas y percusiones suaves; How to Be Small se convierte en su himno de supervivencia doméstica: aprender a reducir el mundo hasta hacerlo habitable. En Beautiful Ruins y Catholic Girls Are Easy asoma su ironía, un rasgo que la emparenta más con Hitchcock que con cualquier figura del folk contemporáneo.
The Resurrection Game podría describirse como una colección de canciones grandes sobre cosas pequeñas: el miedo, la culpa, la aceptación, la idea —tan adulta— de que no todo se repara, pero casi todo puede entenderse mejor si se canta. Swift lo resume con precisión: “Es un disco adulto, escrito por una artista adulta sobre mierda adulta.” Lo dice sin pudor ni solemnidad, consciente de que esa franqueza es, precisamente, lo que la hace libre.
En el poema de Yeats, una “rough beast” se arrastra hacia Belén para nacer; en el de Emma Swift, la bestia no es amenaza sino renacimiento: la artista que vuelve a levantarse, guiada por su propia voz y por la mirada cómplice de Robyn Hitchcock, que sigue ahí, sosteniendo la melodía cuando el centro parece a punto de ceder. Su resurrección no llega con trompetas celestiales, sino con guitarras afinadas y una serenidad ganada a pulso.


