El beat contra el olvido: crónica de la música underground palestina

La música underground palestina ha sido, durante años, un ejercicio de resistencia tan cotidiano como frágil, como un generador enchufado en un callejón de Ramala al que todos sabían acudir cuando el club oficial cerraba por orden militar. Hoy esa escena parece un espejismo: muchos de sus protagonistas han emigrado, otros callan o ya no están y algunos siguen insistiendo en sonar aunque alrededor no quede más que silencio forzado por las bombas.

El documental Palestine Underground de Boiler Room, rodado en 2018, capturó lo que entonces era un secreto a voces: raves improvisadas en Cisjordania, DJs saltando muros para pinchar en Haifa, jóvenes que hacían de la música su único salvoconducto. DJ Oddz, por ejemplo, se arriesgaba a ser detenido cada vez que cruzaba el checkpoint para actuar, defendiendo que “la música es un derecho, no un privilegio militar”. Esa frase, tan sencilla, definía a toda una generación.

En el epicentro de aquel movimiento estaba Muqata’a, apodado “el padrino” del hip hop palestino. Productor y rapero de Ramala, armó un lenguaje propio a base de beats fracturados, ruido digital y samplers de oud o dabke que convertían la memoria cultural en munición. Su alias significaba “boicot” o “interferencia”, y su música lo cumplía a rajatabla: una disrupción contra el borrado de la identidad palestina. A su lado apareció Julmud, más joven, que publicó Tuqoos, un disco que mezclaba juke, vaporwave y ecos afroportugueses, manteniendo siempre la urgencia de narrar un país fragmentado.

Antes de ellos, a finales de los noventa, emergieron DAM. Tres jóvenes de Lod —Tamer Nafar, Mahmoud Jreri y más tarde Maysa Daw— decidieron que el rap podía ser crónica y arma política. En 2001 lanzaron Meen Erhabi (“¿Quién es el terrorista?”), una canción incómoda que devolvía la pregunta a quienes ocupaban su tierra. DAM hablaba de discriminación, brutalidad policial y vida cotidiana con una franqueza que convertía cada concierto en un mitin improvisado. Eran, además, representantes de los llamados “ausentes presentes”: palestinos del 48, ciudadanos israelíes que nunca fueron tratados como tales y cuya música buscaba tender puentes con Gaza y Cisjordania.

El pop, en cambio, ha tenido en Bashar Murad su figura más llamativa. Nacido en Jerusalén Este, se atrevió a desafiar el conservadurismo familiar y la ocupación al mismo tiempo. Sus vídeos estaban llenos de purpurina, coreografías y guiños queer que desmontaban los clichés occidentales sobre la vida en Palestina. Con canciones como Ya Lel convertía la noche en refugio y la tragedia en espectáculo pop, siempre con un subtexto claro: existir libremente era en sí mismo un acto de resistencia.

También ha habido lugar para la reinvención de las tradiciones. 47Soul, un cuarteto formado en 2013, acuñó el término Shamstep: la fusión de dabke levantina con bases electrónicas de club. Armados con el mijwiz, ese instrumento de caña tradicional en las bodas palestinas, lograron colarse en festivales europeos y demostrar que bailar dabke con sintetizadores no era una contradicción, sino un manifiesto. Algo similar hicieron Apo & the Apostles, banda nacida en Jerusalén y Belén, con un rock ligero que sonaba tanto a indie anglosajón como a canción mediterránea, sin perder el humor en medio del desastre.

En Gaza, Revolution Makers cantaban Fee benna Amal/We Have Hope, una declaración casi suicida de esperanza en medio del bloqueo y los bombardeos. Mientras, colectivos como Jazar Crew han mantenido vivo el pulso de Haifa con fiestas que unían a palestinos de dentro y de fuera de Israel, superando con beats lo que la política separaba con muros.

Hoy, muchas de esas escenas han desaparecido o sobreviven apenas en plataformas digitales. Anna Loulou, aquel pequeño club de Jaffa donde convivían queer, árabes y judíos, cerró hace años. Kabareet, en Haifa, ya no existe como el epicentro cultural que fue. Y cada nuevo bombardeo en Gaza arrasa con estudios caseros, ordenadores y discos duros llenos de canciones que nunca llegarán a publicarse.

La solidaridad internacional ha dejado, sin embargo, un archivo de resistencia en forma de recopilatorios: Mexico’s Underground for Palestine, By the People, For the People o Slump Recordings Artists for Palestine Compilation 2023 han reunido temas de artistas palestinos y de todo el mundo, con beneficios destinados a organizaciones humanitarias. Más allá de lo recaudado, esas compilaciones han demostrado que la música palestina no estaba aislada, que era parte de un diálogo global y que, incluso en la catástrofe, ha habido quien seguía bailando.