Pedro Burruezo.

Huyo de la nostalgia como forma de enfrentarse a la vida. La nostalgia es para los que creen en algo, aunque me gusta flirtear con su aliento de muerte. Hoy el cuerpo me pide rastrear por el lado nostálgico de la vida, ese peligroso terreno (esbozos de mi vida) en tierra de nadie que perfila, parafraseando a David Toop, resonancias ciertamente siniestras. Cojo aire. Sé que mañana, por suerte, todo esto que escriba carecerá del sentido que hoy tiene.

Violeta Gómez.

Jose Antonio Pérez ahora se llama Violeta Gómez. Ella siempre quiso que se la recordara, ya sea componiendo canciones en las que sentir el vino agridulce de la vida, o deambulando por La Rambla de Barcelona con atuendos de simetrías imposibles – peluca larga rubia, vestidos en encaje cual barbie bohemia e indefensa – y, provocando a la jauría de voraces turistas low cost que pueblan esta ciudad fantasma. Violeta nació para ser una estrella del pop, y no cejará en su empeño aunque lleve tiempo que su espigada figura se perdió. Ella es esquiva, y muy dada a tensar la cuerda hasta extremos impensables: Pedro Burruezo me comentó una día que es talentosa, pero que en alguna que otra ocasión era fuente de conflictos siendo miembro ocasional de la banda Claustrofobia; salir al escenario luciendo palmito extravagante era su forma de revivir The Factory en cualquier pueblo perdido del extrarradio barcelonés.

Tengo en mis manos el 7″ con el que debutó José Antonio Pérez bajo el nombre de El Ejército de Salvación. Curioso nombre para un grupo de pop, aunque pasado el tiempo me sigue pareciendo el nombre soñado para un grupo pop. En una postal que se incluía a modo de insert -patrocinado por el Ajuntament de Badalona – escribía el propio Pérez “Lo nunca visto, amigos. Ha llegado el tecno-cabaret. El tecno-cabaret es algo que nace del arrabal y del tugurio, algo entre el teatro y la realidad. Ayer eran el piano, el violín y el acordeón. Hoy es el sintetizador. A medio camino entre el pop y el cabaret clásico, con aires de tango, rumba y cuplé”. Toda una declaración de intenciones. Y tecno sin “h”, siempre. Este disco vio la luz porque ganaron el tercer premio de maquetas de Rock De Lux (cuando se escribía separado) de ese año, 1989, y la portada es un primor: primer plano de José Antonio, que por aquel entonces se hacía llamar Sálem – el Arte como sublimación del heterónimo- bajo un fondo rojo, peluca Nouvelle vague, bisutería, y rastros de carmín rojo de taberna y jaloteo. Fueron cuatro preciosas canciones editadas por Los Discos de Arrabal, en la que jugaba al escondite con la rumba -‘La Calle De La Verguenza’-, el tango de caja de ritmos -‘Tango Amargo’-, la canción melódica -‘Mal amor’-, y el palo flamenco con la enorme ‘La niña gitana’. Una delicia que sigue alumbrando la orografía de una Barcelona sórdida y canalla, vital y galáctica, cuyo rastro fue borrado de la faz de la tierra.

Pedro Burruezo.
Pedro Burruezo.

La puesta de largo, con más medios para trabajar, llegó en 1991 cuando editaron ‘Canciones de miseria y soledad’ (Discos del Arrabal) con Burruezo a la producción. Este es un álbum que me sigue emocionando; emociona por una simple razón que parece que se olvida muy alegremente: para hacer buen pop no hace faltan artificios, poses afectadas, o lírica impenetrable. José Antonio hablaba de personajes desarraigados, sin esperanza ni futuro; de soledades compartidas y anhelos inquebrantables, y en definitiva rescataba del olvido a un crisol de personajes cuyos desvelos dejaron una huella indeleble en mí. Este es un cancionero sublime en su honestidad, y en sus notas se siguen arrullando alguno de los enigmas más perturbadores de la música popular española.

Notas cimbreantes, que perfilan estampas porteñas de bandoneón -‘Nana’, con letra extraída del Salammbó de Flaubert -, historias de soledad que encogen el alma -‘Namora’, ‘Los amantes’-, o recreaciones de jarchas mozárabes -‘Albada’-. Un disco que seguirá girando el resto de mi vida.

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