En Días de ocio en el Yann, H. P. Lovecraft imagina a un viajero mortal que se embarca en el Pájaro del Río para atravesar un curso fantástico. Durante el trayecto visita ciudades imposibles, observa costumbres que no entiende del todo, convive con criaturas que no sabría nombrar y, al llegar a Bar-Wul-Yann, la Puerta del Yann, desembarca para seguir solo, ya fuera del mapa. Algo muy parecido ocurre con Eduardo Bort: un disco que durante años navegó por hogares silenciosos —más guardado que exhibido— y que ahora vuelve a puerto gracias a su reedición en vinilo por Guerssen Records. Un amigo lo encontró así, rebuscando en una caja que atesoraban sus padres, ya fallecidos; lo vendió por una suma discreta a un devoto de Eduardo Bort sin calibrar que tenía entre manos una de las travesías fundacionales del rock progresivo español.
Publicado en 1975, el disco apareció en un país que todavía caminaba con muletas culturales. El tardofranquismo no fue un buen anfitrión para la experimentación: la industria miraba con recelo lo que no entendía, los medios preferían rutas más transitadas y el rock progresivo quedó arrinconado entre la moda del cantautor y una maquinaria técnica que no sabía cómo manejar un Mellotron o un Moog sin manual. En ese contexto, propuestas como la de Bort resultaban tan exóticas como pedir curry en un bar de esmorzars y cremaets. El resultado fue una circulación mínima, casi subterránea.
Antes de ese silencio, hubo aprendizaje y mundo. Nacido en Valencia en 1948, Bort pasó por formaciones locales —Los Aries, Los Exciters, La Oveja Negra— y se curtió como músico de sesión en Suiza, Alemania, Francia y el Reino Unido. Regresó con una idea clara: hacer un disco que no fuese un puñado de canciones, sino un territorio. La literatura fantástica ofrecía el mapa. La técnica, el vehículo. La voz, el pulso del viajero.
El álbum —editado dentro de la serie Gong del sello Movieplay, bajo el amparo de Gonzalo García Pelayo— se despliega como un recorrido. Thoughts (Pensamientos) abre con una delicadeza acústica que pronto se tensa hacia un hard-prog directo, sin coartadas. Walking on the Grass se permite nueve minutos de expansión, con flauta al inicio y una guitarra que termina buscando el borde. Pictures of Sadness instala una melancolía amplia, sostenida por un solo eléctrico que, en su momento, sorprendió por ambición y claridad.
La segunda cara es el viaje propiamente dicho: Yann y En las riberas del Yann. Aquí el relato de Lord Dunsany —tan influyente en el universo onírico de Lovecraft— se convierte en música. El río imaginario articula la suite; las ciudades y criaturas aparecen como atmósferas; el final, en la desembocadura, llega con el Mellotron de Vicente Alcañiz elevando el cierre a una intensidad sobria, sin grandilocuencia. Letras desarrolladas con Juan Beltrán Pilato y Miguel Font, mayoritariamente en inglés, refuerzan la sensación de estar ante un mundo autónomo, con reglas propias.
En 1974, ese mundo viajó a Londres. En EMI, Joop Visser propuso regrabar el material para un lanzamiento internacional bajo el nombre Yann. Había una condición: mudanza permanente. La banda no quiso —o no pudo— trasladar su vida al Reino Unido. El proyecto se disolvió. Aquel “qué hubiera pasado” del rock español se parece demasiado a la anécdota de la caja heredada: decisiones razonables que, vistas con distancia, alteran un destino.
Después del debut, Bort se volcó en la producción (Iceberg, Pau Riba, el primer Ramoncín) y, años más tarde, publicó Silvia (1983) en su propio sello, Bámbule, con un giro hacia la fusión marcado por una pérdida personal. El reconocimiento llegó tarde, como suele: reediciones, precios de culto, homenajes. La reedición de Guerssen coloca ahora el disco donde siempre debió estar: disponible, audible, vivo.
Escuchar hoy Eduardo Bort es subir al Pájaro del Río con la ventaja del tiempo. Sabemos que el viaje existe, que hay ciudades y criaturas, que la puerta se abre. Al final, como el viajero de Lovecraft, desembarcamos y seguimos solos por nuevos parajes. Pero algo queda: la certeza de haber atravesado un territorio que no se parecía a ningún otro.


