Gabinete Caligari.
camino a soria
Portada de ‘Camino Soria’

La primera cuestión que me asalta la quijotera tras comenzar esta lectura es ¿por qué su autor tardó tanto en lanzarse al ruedo literario? No hay más que plantar la mirada en el párrafo inicial para darnos cuenta de una realidad instantánea: Edi Clavo domina la expresión narrativa como (muy) pocos en la actualidad. De sus filias por vestir las palabras con arrojo valle-inclano a la soltura con la que empitona frases con cepo, surge la figura del narrador ajeno a la apolillada mediocridad clamada por la generación post-Nocilla Experience. Y falta hacía ya que su voz y otras, como Carmen Viñolo -capaz de hacer el ensayo definitivo sobre ‘Twin Peaks‘ y que su obra teatral sea estudiada del instituto Cheste a las universidades Ohio y Philadelphia- pueblen nuestras letras de un esfuerzo que, a este ritmo, será devorado por el emoticón: transmitir una verdad más allá del vibrante tapizado de sus palabras. Porque si algo saben el batería de Gabinete Caligari y Viñolo es que la riqueza de la literatura española se remonta al idioma cervantino, y llega hasta Lorca. Después de ellos, todo es accesorio, jamás primordial.

edi clavo
Edi Clavo.

En el caso de Edi, su don ha sido volcado al coso de las crónicas musicales: de una época que el reconoce como “Movida”, así, con mayúscula. Y a la que él nos traslada con el pretexto de la gestación de ‘Camino Soria‘, pero también de sus anteriores esfuerzos discográficos. Las palabras picadas por Edi hilan un gran mural con 1987 como año meridional, de una época donde lo políticamente incorrecto llegó a las radios, televisión y prensa escrita. Bajo esta mirilla, su ojo enfoca en todos los rincones de unos primeros años 80 claves en el origen de una “modernidad” siempre reñida con los disfraces de las comparsas consensuadas en el subconsciente de la memoria colectiva.

En esta lucha por emerger entre desfiles zombis, con Danza Invisible y Olé Olé a la cabeza, brota la pasión del que se sabe poseedor de ese “algo” que dignifica y transciende entre los telares del tiempo. Ese objeto que clama su vigencia como algo más que un disco de vinilo surcado por melodías al acecho de la radiofórmula. Así fue ‘Camino Soria‘, y así lo desentraña este documento simpar, y atemporal, sobre unos años que, con sus sombras, estaban dotados de una poética totalmente castrada en la vacua actualidad de fast food cultural que nos invade a día de hoy. No así como este libro parido para quedarse y cumplir una doble función: ser un tobogán con pasamanos hacia una época, los 80, pero también una isla en la que refugiarnos cuando tanta medianía igualitaria ya resulte intragable.

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