He visto a Dominique A varias veces, aunque él no lo sepa. En el Colegio Mayor Luis Vives (¡2001!), apareció solo, rodeado de samplers, cachivaches electrónicos y un micro que parecía sacado del laboratorio de un físico jubilado. Aquel concierto fue una pequeña ceremonia doméstica: un tipo que ha eludido viajar a Turquía en busca de implantes, voz grave y actitud de quien no está aquí solo para entretener, más bien para conmover. Manejando los botones y los pedales como si fueran bisturíes, urgando en el alma de su público. Años más tarde en el Loco Club, también en solitario, y posteriormente con banda, cuando mostró su lado más rugoso y eléctrico, algo así como si Tom Waits se hubiera criado en Nantes y escuchado con profusión a Young Marble Giants.
Cuando publicó La Mémoire Neuve en 1995, Dominique A ya llevaba unos años tejiendo canciones que muchos seguíamos con entusiasmo casi clandestino. Pero con este disco pasó algo distinto. Algo se rompió o se abrió, según se mire. Por alguna razón —nunca del todo clara—, el álbum cruzó las fronteras y llegó a rincones insospechados: radios, tiendas, habitaciones compartidas. En España, su voz encontró una casa inesperada. No por lo que decía, que muchos no entendían, sino por cómo lo decía. Él mismo ha comentado alguna vez que aquí hay una sensibilidad especial para la música por sí misma, y que quizá ese tono trágico que arrastra la voz conecta con cierta forma local de entender el drama, esa que no necesita alardes.
La Mémoire Neuve contenía canciones que funcionaban como cuchillas bien afiladas. Il ne faut pas souhaiter la mort des gens, Les Hauts Quartiers de peine y, claro, Le Twenty-Two Bar, el single que lo puso en la radio y en la televisión y que a él nunca le gustó demasiado. La describía como “torpe”, como un borrón que, por alguna ironía del destino, acabó convertido en bandera. Lo nominaron a los Victoires de la Musique en 1996 y el disco se quedó a un paso del oro. El éxito llegó casi sin pretenderlo y sin adornos.
Grabado en Bruselas, con una producción sobria, el álbum ofrecía una instrumentación de cámara, con cuerdas discretas, percusiones medidas y guitarras que parecían hablar en voz baja. Dominique A cantaba, tocaba la guitarra, el bajo, los teclados. Lo acompañaban Gilles Martin, Marco De Meersman, Jan Kuijten, Barbario, y las voces de Françoiz Breut, compañera entonces, en lo sentimental y en lo artístico. Ella pondría su voz como un eco que no interrumpe y que a veces parece completar las frases.
La procesión lírica, como es norma de la casa, iba por dentro. Habla de la memoria, del tiempo, de las cosas que se quedan sin decir o se arrastran demasiado. No hay dramatismo forzado, ni slogans generacionales. Las canciones avanzan con una lógica propia, como quien camina sin brújula pero sabe dónde no quiere volver.
El disco fue reeditado en 2012 con material adicional: versiones, rarezas, una versión de Teenage Kicks que parece más una confidencia que una celebración. En total, una forma de mirar atrás sin nostalgia pero con cierto orgullo. La Mémoire Neuve marcó un momento clave en su carrera. Un antes y un después que, en lugar de cerrarle caminos, se los abrió. A partir de ahí llegarían discos más arriesgados, más densos, más libres: Remué, Tout sera comme avant, Vers les Lueurs, La Musique, Éléor. Cada uno distinto del anterior, como si cada álbum fuera una mudanza sonora.
Su forma de trabajar, dice él, tiene mucho que ver con la envidia. Escucha algo que le gusta, y eso le provoca. Lo empuja a escribir, a buscar su lugar en la conversación. Se deja afectar por lo que escucha. No copia, se contagia. “Parásito perpetuo”, se autodefine. Y lo dice como quien lleva años alimentándose bien.
La Mémoire Neuve no solo fue su disco más vendido. Fue también el que permitió a muchos descubrir a un artista que venía haciendo lo suyo con una constancia admirable. Y sigue siendo un disco que no suena añejo, porque nunca quiso sonar actual. Evitó los trucos, no buscó el momento, y por eso se quedó. Treinta años después, las canciones siguen ahí. Con la misma gravedad, con la misma calma. Como si el tiempo no les afectara. O como si lo hiciera justo lo necesario.


