Domenique Dumont / Deux Paradis (Antinote, 2025)

Regresa Anete Stuce y con ella, la voz de Domenique Dumont en su forma más líquida. Tras el paréntesis instrumental de People On Sunday, firmado únicamente por Artūrs Liepiņš, el dúo letón recupera esa entonación frágil y hechizante que hizo tan inolvidables sus dos primeros lanzamientos en Antinote. Deux Paradis completa la trilogía iniciada con Comme Ça (2015) y Miniatures de Auto Rhythm (2018), y lo hace con una cadencia más lenta, más densa, como si los sintetizadores hubieran pasado la noche sumergidos en agua templada.

Desde que publicaran Comme Ça en 2015, Domenique Dumont ha operado como un proyecto esquivo y meticuloso, más interesado en bordar texturas que en alardear de estilo. Lo suyo nunca fue el revival ni el futurismo, sino una especie de presente suspendido: electrónica de líneas suaves, canciones sin urgencia, como si todas hubieran sido compuestas en una habitación sin reloj. Con Anete Stuce aportando una voz casi irónica en su candidez, y Artūrs Liepiņš construyendo arreglos que parecen diseñados para evaporarse a 25 grados, su propuesta ha sido constante en su rareza: discos breves, sin relleno, que rehúyen del crescendo pero crean atmósferas difíciles de abandonar. La suya es una carrera de fondo que nunca ha parecido tener prisa ni necesidad de hacerse notar, y precisamente por eso, cuando se les escucha, da la impresión de que nadie más está haciendo algo parecido.

El disco propone un recorrido por distintas estaciones del día (o de una historia íntima que se disuelve), desde la bruma matinal de Enchantia hasta los tonos crepusculares de Visiteur de la Nuit. Lo curioso es que, aun recubierta por una sutil neblina experimental, la música logra sostener la tensión. En La Vie Va, el dub se filtra como un recuerdo mal conservado, con cajas de ritmo tan finas como el papel secante. Amants Ennemis acelera un poco, pero sin perder ese punto lechoso. Y en Deux Paradis, la canción, hay una melodía casi sacra flotando sobre unos acordes que parecen modulados desde un órgano de juguete. Es uno de los cortes más afilados del álbum, aunque prefiera arañar con guante blanco.

El regreso de Stuce aporta una delicadeza que no se limita a lo vocal: hay en su forma de interpretar cierta ironía afectiva, una conciencia del artificio que acerca el disco al pop evaporado de Antena o al romanticismo lateral de Françoise Hardy en su etapa más sintética. En esa línea, Visages Visages podría pasar por un hit ralentizado de Desireless sin los oropeles de los 80, y Bonjour Tristesse despliega con gracia su doble fondo emocional: afectación y ternura.

No hay grandes declaraciones, pero sí un diseño sonoro tan quirúrgico como húmedo. Los teclados no se precipitan, el bajo no golpea, las baterías no truenan. Todo avanza con una lógica de marea, de ascenso y retirada. El resultado es un disco ideal para la modorra estival, para escuchar entre la sobremesa y la siesta, cuando el arroz pide tregua y la playa empieza a parecer una promesa demasiado lejana. No es música funcional, pero tampoco exige atención permanente. Su modo de operar es más sutil: deja residuos melódicos, refranes instrumentales, ritmos insinuados que regresan cuando uno ya está en otra cosa.

Deux Paradis rehuye ser el centro de la fiesta, pero termina reorganizando el mobiliario emocional. Y aunque se mueva por coordenadas reconocibles —dub, ambient pop, electrónica pastoral— consigue hacerlas sonar como si nadie las hubiera pisado en mucho tiempo.