Destroyer ha vuelto. Tras el mayor parón creativo de su vida adulta, Dan Bejar se encontró con cincuenta años encima, ningún disco en marcha y esa clase de silencio que solo reconocen quienes han basado su vida en escribir canciones. Dan’s Boogie (2025) no es un regreso épico ni un ajuste de cuentas; más bien parece el disco de alguien que ha decidido desmontar su propio manual, sin ansiedad, y volver a escribir porque no sabe hacer otra cosa.
Bejar, conocido por torcer las convenciones del indie rock hasta dejarlas irreconocibles, ha construido en estas tres décadas un catálogo que desafía cualquier clasificación. Del barroquismo MIDI de Your Blues al jazz-pop elegante de Kaputt, pasando por los pulsos electrónicos de Labyrinthitis, Destroyer ha sido siempre sinónimo de deriva controlada. Pero Dan’s Boogie, su decimocuarto álbum, no responde a ningún plan maestro. Surge, según él, tras “el mayor tiempo sin escribir nada en toda mi vida adulta”, y con un piano como punto de partida.
El disco arranca no con una declaración, sino con una especie de rendición estilizada. “Sun Meet Snow” plantea un encuentro improbable, como si Bejar conciliara opuestos que ni él termina de entender. En “Cataract Time”, la pieza central del álbum, se entrega a un jazz descompuesto y vaporoso, mientras reflexiona sobre las “indignidades del envejecimiento” con una mezcla de ironía y ternura. “Cataract Time” —dice— es una especie de momento de rendición de cuentas, aunque podría ser también una manera de hablar, con sorna, del paso del tiempo.
El humor sigue ahí, pero esquivando la carcajada. En “Hydroplaning Off the Edge of the World”, las letras se despliegan en forma de flujo de conciencia: The Gun Club, kits de poesía magnética, nerviosismo instrumental y una coda hablada que podría formar parte de una obra de teatro absurda. Todo suena improvisado, pero nada es gratuito. Como si alguien hubiera compuesto desde el subconsciente y lo hubiera dejado tal cual.
La producción, como siempre a cargo de John Collins, recupera una calidez que hacía tiempo no asomaba en los discos de Destroyer. No hay capas electrónicas ni cajas de ritmo frías. Aquí hay espacio. Hay banda. Hay instrumentos que respiran. Y aunque la mezcla sigue siendo densa, deja asomar la sensación de estar en una habitación con músicos de verdad, no con fantasmas digitales.
Uno de los momentos más llamativos del disco es “Bologna”, con la voz de Simone Schmidt(Fiver). Bejar comparte espacio vocal y esa decisión transforma la canción en una rareza preciosa. Pensada originalmente para otra persona, la pieza encuentra en la voz grave y serena de Schmidt un tono que él mismo admite no poder alcanzar. Y por eso funciona. En cambio, en “I Materialize”, hace justo lo contrario: en menos de ochenta segundos lanza lo más cercano a un hit… y abre las puertas a las aristas y las espinas, dejando que la inmediatez se diluya. Un gesto muy suyo.
Las referencias siguen siendo crípticas, sí, pero cada vez más lúdicas. En “The Ignoramus of Love” habla de “remixar caballos”, que podría ser tanto un chiste privado como una alusión a Bill Callahan o incluso a un disco techno de Horses de Patti Smith. En “Sun Meet Snow” se cuela la Rue Morgue Avenue de Edgar Allan Poe, que ya usaron antes Bob Dylan y Lloyd Cole. Todo parece dicho al vuelo, pero está ahí por algo. O porque sonaba bien. O ambas.
La colaboración con Collins sigue siendo clave: Bejar envía los demos escritos al piano y Collins imagina la sección rítmica, las texturas, los adornos. La idea, esta vez, era sonar a Destroyer. Ni más ni menos. No inventar un nuevo personaje ni construir un mundo paralelo. Solo canciones. Solo una banda.
El envejecimiento atraviesa el disco como un tema más, sin drama. “Si iba a hacer otro disco, tenía que sonar diferente. Tenía que sonar como una persona mayor cantando”, dice Bejar. Y lo consigue. No porque el disco sea maduro (una palabra que a Collins le da dentera), sino porque transmite esa mezcla de lucidez y desorientación que solo da el tiempo. Las letras divagan, la voz se contiene, la banda se agita. Esa fricción es lo que lo hace interesante.
Después de treinta años como Destroyer, Bejar vive en una especie de limbo extraño: no es famoso, pero vive de esto. Dice que seguiría haciendo discos aunque nadie los escuchara. Quizá por eso Dan’s Boogie tiene ese aire de obra sin presión, sin destino claro, pero necesaria. Es un disco cuya misión no es complacer, ni epatar, ni resumir nada. Solo existir. Y como todo lo que hace Destroyer, existir de forma única.


