En la portada de The Big One (Carpark Records, 2026), Dent May aparece con traje claro, corbata, gafas y unas montañas de fondo que parecen haber sido colocadas ahí para certificar un cambio de costumbres. Hay algo muy suyo en esa estampa: elegancia sin rigidez, una cierta comicidad seca y la sospecha de que, en cualquier momento, alguien puede pedirle que deje de posar y se vaya a tocar. Para su séptimo álbum, May ha hecho justamente eso, abandonar el estudio entendido como cuarto de control y salir de una rutina que empezaba a resultarle demasiado previsible. Después de años construyendo canciones frente al ordenador, acumulando capas, tocándolo prácticamente todo y sometiendo cada detalle a una lógica casi artesanal, decidió trabajar al revés: notas de voz enviadas a amigos, bocetos desnudos, músicos reunidos en Honeymoon Suite —el estudio de Los Ángeles que comparte con Paul Cherry, productor del disco— y grabaciones en cinta, sin ensayos previos, sin claqueta y con bastante margen para que las canciones se equivocaran un poco antes de encontrar su forma. El método, que podía haber terminado en una jam interminable o en un ataque de nostalgia analógica, le ha dado uno de sus discos más vivos.
La paradoja tiene gracia porque Dent May nunca ha sido precisamente un autor descuidado. Desde aquel debut con ukelele y título de opereta doméstica —The Good Feeling Music of Dent May & His Magnificent Ukulele— ha ido perfeccionando una forma de pop muy suya, amable a primera escucha y bastante más trabajada de lo que parece cuando uno empieza a fijarse en lo que ocurre por debajo. En The Big One esa obsesión por la canción bien hecha sigue intacta, pero ahora respira de otra manera. Cuerdas, metales, acordeones, guitarras, teclados y coros aparecen como si hubieran llegado a la sesión por su cuenta, sin la sensación de estar allí únicamente para demostrar que alguien conoce los trucos del oficio. La producción de Paul Cherry ayuda mucho en ese equilibrio: el disco suena amplio, pero nunca hinchado; refinado, pero sin esa pulcritud excesiva que a veces convierte el soft rock contemporáneo en mobiliario de diseño.
La primera canción, Here We Go Again, me gana especialmente porque por momentos me lleva a Bob Lind, músico que desde hace años termina adueñándose de mis veranos con una puntualidad bastante más fiable que algunas compañías ferroviarias. Llega el calor y tarde o temprano vuelven Elusive Butterfly, Remember the Rain y esa manera suya de envolver pequeñas desgracias sentimentales en melodías que parecen pensadas para sonar con las ventanas abiertas. En Here We Go Again hay algo de eso: carretera americana, melancolía soleada, una voz que no necesita dramatizar y una instrumentación que avanza sin empujar. La comparación dura lo justo, porque May enseguida empieza a abrir otras puertas, pero sirve para situar el tono de un álbum que se mueve constantemente entre el placer de una melodía impecable y la conciencia de que, debajo de ella, algo no termina de estar bien.
A partir de ahí asoman Harry Nilsson, el Paul McCartney de Ram, Electric Light Orchestra, los primeros Bee Gees, alguna sombra de Andrew Gold, reflejos de soul blanco, bossa y ese AM pop de los setenta que podía convertir una ruptura en algo casi radiante. No conviene hacer inventario porque May conoce demasiado bien todas esas músicas como para necesitarlas de escaparate. Las usa como vocabulario. Un acorde, una modulación, cierto sonido de piano, una entrada de metales, un coro colocado donde nadie lo esperaba. Lo importante no es reconocer la procedencia, sino comprobar hasta qué punto ese material ha acabado integrado en su forma de escribir.
Y mientras el disco disfruta de ese confort sonoro, el título anuncia problemas. En California llaman The Big One al gran terremoto que algún día podría sacudir la región, una amenaza lo bastante habitual como para convivir con ella y lo bastante seria como para no olvidarla del todo. May, nacido en Mississippi pero instalado desde hace años en Los Ángeles, toma esa idea y la lleva a un terreno menos espectacular. El temblor puede ser también una ruptura, la muerte de alguien, una mudanza, una amistad que cambia o ese momento bastante poco cinematográfico en el que uno descubre que algunas cosas ya no van a repetirse. La catástrofe del disco rara vez hace ruido. Va llegando poco a poco, mientras las canciones continúan sonando bonitas.
Ahí está buena parte de la personalidad de The Big One. Por fuera circulan soft rock de grano fino, coros luminosos, cuerdas, vientos y algún balanceo de bossa; por dentro, aparecen recuerdos, pérdidas, dudas y relaciones que empiezan a quedarse atrás. May no necesita ennegrecer los arreglos para demostrar que está hablando de asuntos serios. Más bien hace lo contrario, quizá porque sabe que el pop lleva décadas encontrando formas elegantes de hacer digeribles determinadas miserias.
I Remember… lo explica mejor que ninguna otra. La canción nace de Amarcord, de Federico Fellini, y de I Remember, de Joe Brainard, dos referencias que figuran incluso en los agradecimientos del álbum y que le ofrecen una manera de trabajar la memoria sin necesidad de convertirla en cronología. Quedan una frase, una cara, un gesto, algo que en su momento parecía insignificante y que años después reaparece con una precisión casi ofensiva. La relación sentimental que atraviesa la canción se recompone así, a fragmentos, sin ajuste de cuentas ni voluntad de explicar demasiado. Y mientras May recuerda, las cuerdas y las armonías empujan la pieza hacia un pequeño esplendor de aroma ELO, como si el pasado pudiera maquillarse sin falsearlo.
Ese mismo poso reaparece en Silly Me, donde la edad empieza a colarse por los bordes. No hay ninguna revelación grandilocuente sobre hacerse mayor; hay cosas que ya no vuelven, gente con la que se hablaba más, lugares que han cambiado y noches que parecían destinadas a repetirse siempre. May maneja bien esa clase de material porque nunca exagera su importancia. Incluso cuando la letra se acerca al desencanto, la música mantiene la compostura. El truco no es nuevo —el soul ya sabía bastante de lágrimas servidas con un buen groove—, pero aquí funciona especialmente bien.
I Don’t Like You (But I Love You) podría haberse perdido en algún disco de Andrew Gold y reaparecer ahora sin demasiados trámites. Piano, coros, melodía impecable y una sofisticación que no necesita presentarse con tarjeta. El título, por otra parte, contiene una relación entera y probablemente varias conversaciones incómodas. Second Wind es más interesante desde otro ángulo, porque ahí se escucha de verdad el cambio en la manera de grabar. La canción empieza cansada, casi vencida, y poco a poco acelera hasta parecer que la propia banda ha decidido salir de casa. Ese movimiento tiene algo de gesto físico, de músicos mirándose y dejándose llevar, muy lejos de la exactitud de una pista construida por capas.
También I-55 gana con esa libertad. La interestatal que atraviesa Mississippi devuelve a Mayal lugar donde nació y la canción aprovecha el viaje sin convertirlo en postal. Hay guitarras, carretera y un final que se acerca al rock sureño, con un leve perfume de The Allman Brothers, pero lo mejor está en la sensación de avance, en cómo el tema parece descubrirse mientras sucede. Ese tipo de respiración es probablemente lo que más distingue The Big One de algunos trabajos anteriores.
Después llega Last Night I Saw a UFO y May recuerda que un disco también puede divertirse. El punto de partida es un supuesto avistamiento después de un concierto de Pearl & The Oysters en Pioneertown, material suficiente para que otro músico hubiese vaciado media tienda de pedales psicodélicos sobre la canción. Él prefiere una bossa pop deliciosa y cuenta la aparición extraterrestre con una tranquilidad casi administrativa. El resultado es mejor precisamente porque no intenta convertir la anécdota en algo extraordinario.
Esa falta de gravedad tiene mucho que ver con la manera en que Dent May entiende la música. Se ha definido como un “anti-snob” y puede hablar con el mismo entusiasmo de The Beatles y de Creed, una combinación capaz de provocar pequeñas crisis nerviosas en determinados sectores de la crítica. También ha trabajado como DJ en bodas y eventos, experiencia quizá bastante útil para recordar que una canción no necesita superar ningún examen de prestigio para funcionar. En The Big One esa actitud se cuela por todas partes. El pop barroco, la bossa, el soul, el soft rock o el rock sureño aparecen sin que cada giro requiera una explicación.
El cierre con Tell ’Em All I Said Hi termina de colocar las cosas en su sitio. Después de amigos, carreteras, recuerdos, rupturas y extraterrestres, May decide quedarse en casa y manda saludos a los demás. No hay conclusión ejemplarizante ni necesidad de cerrar todos los asuntos pendientes. La canción se retira con discreción y deja detrás esa sensación de que el disco ha estado hablando todo el tiempo de cosas importantes sin comportarse como si lo fueran demasiado.
Quizá por eso el cambio de método resulta más profundo de lo que parecía al principio. Dent May no ha reinventado su lenguaje; lo ha soltado un poco. Las canciones conservan su gusto por el detalle, por los arreglos bien cosidos y por una tradición pop que conoce de memoria, pero ahora dejan pasar pequeñas oscilaciones, accidentes y respuestas entre músicos. Justo cuando sus letras empiezan a mirar más hacia quienes permanecen alrededor, él ha decidido dejar de hacerlo todo solo.
Las montañas de la portada siguen ahí, inmóviles, mientras May conserva la corbata bien puesta. El terremoto llegará o no. Mientras tanto, estas once canciones parecen haber encontrado una manera bastante sensata de esperar.


