Dean Wareham acaba de publicar That’s The Price Of Loving Me (Carpark Records, 2025), un disco que no pretende ajustarse a ninguna narrativa de redención ni de regreso, aunque bien podría entenderse como un nuevo capítulo en su relación prolongada —y no siempre predecible— con Kramer, productor de confianza desde los días de This Is Our Music de Galaxie 500 (1990). Lo grabaron en apenas seis jornadas en Los Ángeles, con pausas para ver Ran de Kurosawa, visitas al frigorífico y cuerdas improvisadas por encargo. El resultado: un disco sobrio, elegante, con olor a polvo fino y reverberaciones sentimentales controladas.
Las canciones respiran en clave menor, se mueven entre la ironía seca y una tristeza sin grandilocuencia. Hay un Gainsbourg filtrado por carreteras de la Costa Oeste, una versión de Nico que parece susurrada desde la terminal de un aeropuerto abandonado, y una recuperación de Mayo Thompson en clave doméstica. Las letras hablan de pérdidas —algunas concretas, otras más difusas—, amistades traicionadas, guitarras vintage y el precio, literal y simbólico, de compartir vida con un músico en activo..
Y sí, este abril de 2025 Wareham se embarca en una nueva gira por España, con parada en Donostia, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Granada y Madrid. En el repertorio, canciones de todas sus vidas anteriores —Galaxie 500, Luna, Dean & Britta—, y esta última, que canta con voz más grave y más cerca del micrófono. Nos sentamos a conversar con él sobre la memoria, los discos que se hacen deprisa y la posibilidad —no tan lejana— de cantar desde otra dimensión.
Han pasado más de tres décadas desde tu última colaboración con Kramer. ¿Cómo fue volver a trabajar juntos después de tanto tiempo? ¿Sentiste que estabas cerrando un círculo o abriendo uno nuevo?
No voy a mentir: fue bastante extraño volver al estudio con Kramer, 34 años después de nuestro último disco juntos. Pero fue muy bien. Kramer toma las riendas en el estudio, toma decisiones rápidas e insiste en que todos trabajen con la misma rapidez. Y es una buena forma de hacer discos. Vi una entrevista reciente con Brian Eno en la que decía que hay dos cosas que hacen que un disco sea bueno: 1) un presupuesto limitado y 2) poco tiempo. ¿Cerrar un círculo? Sí, probablemente sea eso. Dudo que volvamos a hacerlo, pero nunca se sabe.
El título That’s The Price Of Loving Me suena como el de un libro de relatos de Raymond Carver. ¿Es un disco sobre los pequeños desastres emocionales de la vida o hay lugar para la redención?
Lo pensé más como el título de una canción de country, pero Raymond Carver también encaja. Quería escribir una canción sobre el precio de vivir una vida como artista: hay cosas que sacrificas (la seguridad) y cosas que ganas (la libertad). Mañana salgo de gira: vamos a ir de país en país con maletas, instrumentos y camisetas, en aviones, trenes y furgonetas. Eso también es el precio de amar a alguien como yo.
La canción que da título al disco tiene un aire innegable a Je suis venu te dire que je m’en vais, de Gainsbourg. ¿Qué te atrae de esa forma de narrar el amor —con distancia, humor y resignación?
La verdad es que tomé prestada la estructura de acordes de esa canción de Gainsbourg que mencionas. Alguien me había dicho que Jack Name (un músico de Los Ángeles) tenía una canción llamada I Came to Tell You In Plain English que seguía la estela de Gainsbourg, tanto en los acordes como en la letra. Pero me gusta esa fórmula —distancia, humor y resignación—, que quizá tenga que ver con hacerse mayor. El humor a veces requiere que haya pasado algo de tiempo, para que lo doloroso se vuelva gracioso.
Mayo Thompson y The Red Krayola planean sobre este disco, e incluso incluyes una versión de Dear Betty Baby. ¿Qué te sigue fascinando de su universo sonoro y qué conexión sientes con su forma de hacer música?
Mayo Thompson vive en Los Ángeles, realmente debería enviarle la canción. Lo vi tocar en 1981, cuando era miembro de Pere Ubu, y escuchaba la versión ochentera de The Red Krayola, cuando él (ellos) vivían en Inglaterra. Fue más tarde cuando descubrí las primeras grabaciones en Texas, de finales de los 60. Sus letras cuentan historias inusuales, como esa canción sobre Jackson Pollock estrellando su coche. Su música es más experimental que la mía, más suelta, más caótica, y tiene un enfoque más intelectual o académico. Yo probablemente pongo más atención en el arte de terminar bien una canción.
En este disco, tu voz suena más cálida e íntima que nunca. ¿Fue una decisión consciente o simplemente el resultado de haber cantado durante tanto tiempo que ya no necesitas esconderte tras capas de reverb?
La voz se vuelve más cálida (o más grave) con la edad. Y Kramer no quería tratar mi voz igual que en 1989. Además, muchas de estas canciones son tranquilas e íntimas, así que, de forma natural, me acerqué más al micrófono. Pero si escuchas Galaxie 500, sí, hay mucha reverb, pero mi voz no está enterrada, está ahí, puedes entender lo que canto, y eso para mí es importante. Me gustan las voces altas en la mezcla. La voz no es solo otro instrumento más: es lo que te lleva a través de la canción.
La pérdida parece ser un hilo conductor en varias canciones. Hay un verso de Ingeborg Bachmann que dice: “No te he perdido a ti, sino al mundo.” ¿Sientes que la pérdida en este disco no es solo algo personal, sino también una sensación más amplia de desarraigo, de que el mundo tal como lo conocías se ha ido desvaneciendo con el tiempo?
Bueno, ciertamente el mundo en el que crecimos ha cambiado hasta resultar irreconocible. En realidad pienso en mis padres, que crecieron en los años 50. Y esto no va a dejar de cambiar. 2024 fue un año terrible: hubo mucha pérdida de vidas, enormes manifestaciones… pero tristemente nuestros líderes siguen financiando lo que con razón se ha llamado un genocidio.
En You Were The Ones I Had To Betray, hay un efecto de eco en tu voz que da la sensación de que estás cantando desde otra dimensión. ¿Cómo surgió esa idea y qué querías transmitir con ese efecto?
No fue idea mía. Fue una completa sorpresa cuando Kramer me mandó la mezcla (él mezcló el disco en su estudio en casa) y escuché ese efecto en la voz. Pero me encantó. Cuando quiere, es un mezclador brillante.
El videoclip de That’s The Price Of Loving Me plantea una contradicción divertida: cantas sobre el precio de amar a alguien como tú (un artista con sus contradicciones y ocupaciones), pero acabas sentado tranquilamente en un bar comiendo una hamburguesa. ¿Es una broma privada o una verdad disfrazada de ironía?
La idea era hacer cosas románticas (salir en una barca, pasear por el parque), pero hacerlas yo solo. El bar de hamburguesas —Patra Burgers— era un sitio mítico y barato aquí en Echo Park, y el director del vídeo oyó que iban a cerrar para siempre, así que conseguimos entrar y rodar justo antes de que cerraran. Así que, otra vez, el mundo cambia… y seguimos adelante.
Has incluido una versión de Reich der Träume, de Nico. ¿Qué te llevó a elegir esta canción y qué significa para ti reinterpretarla ahora?
Descubrí la canción en YouTube. Estaba buscando canciones de rock en alemán, y me sorprendió: ¿qué es esta gran grabación de Nico de principios de los 80? Nadie que conociera la había oído. La escribió el guitarrista Lutz Graf Ulbrich, que tocó con Nico en los 70 y 80.
Y ya que hablamos de Nico, ¿conoces el disco Reich der Träume? Es una recopilación no oficial de rarezas suyas, casi un objeto de culto. ¿Te interesa ese tipo de grabaciones perdidas o descartes que acaban convirtiéndose en pequeños mitos?
No conozco esa recopilación, pero sí: es divertido rescatar una canción oscura y hacer que vuelva a sonar.
Este disco está urdido con una instrumentación rica y detallada. ¿Cómo piensas trasladar todo ese trabajo sonoro al directo sin perder la esencia de las canciones?
Lamentablemente no vamos a poder llevar a un violonchelista de gira, pero tenemos a Matt Popieluch tocando teclados y guitarra, y podemos añadir los cellos con un sampler. Veremos cómo va, pero he aprendido que no es necesario tocar las canciones igual que en el disco: Bob Dylan desde luego no se preocupa por eso.
Después de tantos años escribiendo, grabando y girando, ¿qué te sigue sorprendiendo de hacer música? ¿Dónde encuentras la chispa para seguir adelante?
La verdad es que no sé qué me impulsa a seguir haciendo música. Quizá debería preguntárselo a un psiquiatra. A estas alturas es la vida que elegí… o tal vez la vida me eligió a mí. Y todavía hay muchas cosas que me emocionan: escribir una letra que funcione (aunque a veces sea una tortura), tocar la guitarra y encontrar una nueva progresión de acordes, entrar en un estudio y ver cómo una canción se transforma.


