Se echa de menos cierta mala baba en el pop contemporáneo. No ya el cinismo profesional de quien posa con cara de entierro junto a una gasolinera abandonada, sino el humor verdaderamente incómodo: ese que entra por la puerta de atrás, te hace gracia y cinco minutos después deja un ligero olor a formol en la habitación. Ahí es donde David Cronenberg’s Wife llevan años jugando una partida bastante solitaria dentro del underground británico. Mientras buena parte del post-punk reciente convirtió la ansiedad en una franquicia con camisetas negras, el grupo de Tom Mayne siguió cultivando un anti-folk de pub desastrado, literatura grotesca y canciones que parecen escritas por alguien que ha leído demasiado a Chéjov, ha visto demasiadas películas de terror corporal y todavía encuentra tiempo para discutir sobre pescado congelado en el Lidl.
Department of Biology, quinto álbum del grupo londinense, llega además con la extraña virtud de sonar insolente sin necesidad de disfrazarse de punk. El disco avanza entre folk torcido, pop infeccioso, ritmos de escobilla, spoken word, órganos desvencijados y melodías con apariencia de canción tradicional inglesa olvidadas en una consulta dermatológica. Hay ecos de The Fall, claro, también de Fat White Family (sin caballo de por medio), de Stranglers, de cierto costumbrismo miserable británico y hasta de los momentos más narrativos de Lou Reed, pero el mérito de David Cronenberg’s Wife consiste precisamente en no parecer una colección de referencias pegadas con cinta adhesiva. Todo aquí conserva una identidad rarísima y perfectamente reconocible: la de una banda que convierte la biología, el deseo, el deterioro físico y la vergüenza en material pop sin perder el sentido del humor por el camino.
Desde la inicial Lot’s Daughters, el disco deja claras sus intenciones. La historia bíblica de Lot y Sodoma aparece narrada como si un grupo de borrachos estuviera reconstruyendo el Antiguo Testamento al cierre de un supermercado de barrio. Entre columnas de sal, vino barato y vasos de plástico, Tom Mayne introduce detalles absurdamente contemporáneos dentro del relato sagrado hasta convertirlo en una mezcla entre parábola degenerada y comedia inglesa de resaca dominical. Lo notable es que funciona musicalmente: detrás de la ironía hay una canción excelente, pegajosa, casi elegante dentro de semejante festival de ruina humana.
Ese equilibrio entre melodía luminosa y contenido desagradable atraviesa prácticamente todo el álbum. The Sea, sostenida por un ritmo de Casio que parece sobrevivir desde 1984 por pura terquedad electrónica, transforma un romance roto en una especie de balada marítima para gente que probablemente debería evitar las conversaciones largas después de medianoche. Mermaid’s Tale hace algo todavía más extraño: desmonta la imaginería romántica de las sirenas para hablar de fluidos, anatomía marina y deseo masculino con una mezcla de patetismo y comicidad que habría espantado a media industria del indie de hace quince años. Hay canciones aquí que parecen escritas por alguien empeñado en sabotear cualquier posibilidad de prestigio cultural serio, y precisamente por eso terminan resultando irresistibles.
Uno de los grandes aciertos del disco está en cómo administra sus pequeños cambios de escenario. Chekhov’s Bordello traslada la acción a la Rusia zarista y fantasea con Antón Chéjov visitando un burdel cercano a una colonia penal. Sobre un ritmo casi folclórico, la canción avanza entre imágenes limpias y decadencia moral, como si alguien hubiera cruzado una novela rusa con una sesión alcohólica de anti-folk londinense. Después aparece The Novice, más larga y cinematográfica, abriendo una grieta melancólica en un álbum gobernado hasta entonces por el sarcasmo y la caricatura biológica.
Porque debajo de toda la irreverencia hay algo más serio latiendo continuamente. Ya ocurría en The Ship (Necrologies), aquel magnífico disco de 2020 atravesado por la muerte de amigos cercanos, y vuelve a suceder aquí. El cierre con If You Think About It abandona parcialmente la máscara grotesca para enfrentarse al envejecimiento, los recuerdos deformados y cierta sensación de desgaste emocional que Mayne maneja sin sentimentalismo barato. La canción aparece casi como el momento en que el narrador del disco vuelve a casa después de haber pasado cuarenta minutos contando historias obscenas en un pub vacío y descubre que el silencio tampoco tiene demasiado sentido del humor.
Grabado en el OneCat Studio del sur de Londres junto a Mary Boe, Ana Chora, Adam Croucher y Tom Hemington, Department of Biology amplía además el sonido clásico de la banda con cuerdas, texturas dub y arreglos más trabajados sin perder la sensación de precariedad elegante que siempre les ha acompañado. Nada parece demasiado limpio, demasiado calculado ni demasiado respetable. Menos mal.
En tiempos donde tantas bandas parecen escribir canciones pensando antes en el posicionamiento estético que en la propia música, David Cronenberg’s Wife siguen sonando como una anomalía magnífica: un grupo capaz de encontrar belleza, ridiculez y humanidad en los lugares menos recomendables del cuerpo y de la memoria. Como si alguien hubiera decidido devolverle al indie británico el derecho a ser incómodo, divertido y ligeramente impresentable.


