Daoud / OK (ACT, 2025)

Decir “ok” tiene truco. En WhatsApp sirve para salir del paso; en la vida, a veces es un salvavidas de bolsillo. daoud lo toma como consigna y como puente levadizo: “bueno, pues vale… supongo”. OK no es un pulgar arriba, es la mueca que hacemos cuando el mundo no encaja y aun así hay que tirar. Ahí está la Tesis: la aceptación renuente de lo incontrolable. Y desde ahí se abre un disco que respira como respira la ciudad a medianoche: contradictorio, tierno y cruel, con humor raro, con cansancio elegante, con esa costumbre moderna de decir “estoy bien” mientras el vaso tiembla.

El trompetista, productor y compositor franco-marroquí —el famoso “niño problemático del jazz”— llega a ACT con una carta de presentación que ya corría por foros y festivales: GOOD BOY (2024), autoproducido en tres días, banda al rojo y una agenda posterior que lo sentó en Ronnie Scott’s y lo paseó por Montreux, La Rochelle o Jazz sur son 31, abriendo para Erik Truffaz o Lakecia Benjamin. Nada de trayectoria académica clásica: un autodidacta que ha dormido en trastiendas, ha cortado pizzas y ha colgado la trompeta durante años por amor propio. Cuando volvió, volvió con todo: trompeta, beats, edición quirúrgica, y una ética de trabajo que asusta. Andreas Brandis (ACT) lo ficha con esa mezcla de intuición y colmillo que ha sostenido catálogos donde asoman Paolo Fresu o Esbjörn Svensson. No es casualidad.

OK son 14 cortes pensados como escenas más que como canciones cerradas. La base se graba en vivo —músculo, respiración, esa tensión de estudio que no se compra— y luego se modela con una lógica pop de edición: capas, texturas que entran y salen, microcortes, silencios que muerden, pequeños accidentes dejados adrede. No hay “fusión” en el sentido amable de la etiqueta; hay reutilización expresiva: el hip-hop no llega como estilo sino como pulso; el drum’n’bass aparece como un resorte que levanta el suelo; el disco y el afrobeatempujan a la vez que contradicen; la electrónica no perfuma, incomoda. Todo está al servicio del relato que el título promete: fracaso, pérdida, repetición, esa absurda liturgia de sostener la cara de “todo en orden”.

La trompeta de daoud —cálida, de ataque flexible, fraseo con curvas— no monopoliza; entra y sale como un narrador que conoce la escena pero no quiere robar plano. A veces canta por la boquilla; a veces lanza frases cortas, granulares, que la mezcla empuja hacia lo digital; a veces se coloca en primer término con una melodía lírica que no cae en azúcar porque el ritmo la desmiente por debajo. Cuando la cosa amenaza con acomodarse, un hi-hat partido, un subgrave que vibra o un sampleo microscópico desordenan la sala. Y, sin embargo, se disfruta. Con paciencia, claro: es un álbum que premia la escucha atenta, pero no se queda en acertijo intelectual. Hay groove, hay cuerpo, hay canciones que se te quedan en la nuca aunque no puedas silbarlas en el ascensor.

Ayuda el elenco: corto.alto añade cobre y vuelo; Rosie Frater-Taylor dibuja líneas de voz y guitarra con sutileza pop que no chorrea; Mehdi Nassouli enciende la madera del guembrisin postal exótica; Ludivine Issambourg abre ventanas con flautas aireadas; Teis Semey, Kuba Więcek y Julien Fillion entran como espejos laterales que devuelven otras caras del mismo gesto. No son “featurings” de escaparate: son piezas móviles que concretan la idea central de OK: la ambivalencia como método.

El sonido firma su propio manifiesto. Bombo seco, bajo con presencia de club (pero domado), una paleta de sintetizadores que no busca vintage ni futurismo, sino ese punto medio ligeramente frío que recuerda a los andenes de madrugada. La mezcla deja respirar a la trompeta, sí, pero protege la dramaturgia rítmica. Cuando aparecen los ruidos —chirridos discretos, saturaciones contenidas, texturas ásperas— no son pirotecnia: son la forma sonora de ese “estoy bien” pronunciado con la comisura. Si en GOOD BOY había urgencia y golpe frontal, en OK la escritura es más paciente, más de orfebre con lupa. No “más madura” (palabra sospechosa), sino más consciente de cómo narrar sin subrayados. El arte visual encaja con precisión: una foto de infancia en portada, vulnerabilidad expuesta; sencillos con garabatos a rotulador, juego y melancolía. Imagen y audio conversan en el mismo idioma: imperfección asumida, ternura que raspa, esa inocencia que no borra la herida.

¿Dónde coloca OK a daoud en el mapa del jazz contemporáneo? En ese carril que algunos llaman “post-género” y otros, sencillamente, música. Comparte mesa con productores-instrumentistas que entienden el estudio como instrumento —y la sala como laboratorio—, pero conserva un aliento de banda que lo salva de la playlist neutra. No entra por la vía del estándar ni por la del academicismo tímbrico; tampoco por la de la electrónica de boutique. Levanta un puente de arquitectura brutalista entre club y camerino, entre ensayo y DAW, entre la tradición de soplar y la pulsión de editar. Y, sobre todo, tiene voz propia: en la trompeta, en el diseño rítmico, en la forma de cortar la frase para que el aire haga el resto.

Hay, claro, una pátina incómoda a ratos: drones bajos, percusiones que arañan, capas digitales que empañan el cristal. Es la incomodidad buscada de quien sabe que el brillo instantáneo se agota. Lo estimulante es que el disco no se queda en la postura: tras la textura hay melodía, tras la ironía hay emoción, tras la ironía otra ironía que se agrieta. Lo que empieza como colisión termina en compañía. Pasadas tres o cuatro escuchas, las piezas encajan con la lógica de los buenos relatos: no hace falta entender cada truco de edición para sentir la respiración del conjunto.

La historia personal ayuda a explicar la puntería. Ese ir y venir —fugas de la música, regreso sin red, disciplina obsesiva— no se traduce aquí en dramatismo epidérmico, sino en una claridad rara: cada decisión suena a deliberada. daoud sabe cortar antes de explicar, y eso en un álbum-concepto es oro. También sabe cuándo abrir la puerta a los demás para que el relato gane tercera dimensión. Y asume que no gustar es una posibilidad legítima: mejor mover que contentar. Desde esa ética, OK tiene algo casi pedagógico: enseña a escuchar tensión sin miedo al desconcierto.

Volvamos al título para cerrar el círculo. “OK” como contraseña para sobrevivir al día a día, “OK” como confesión maquillada, “OK” como broma privada entre el yo y sus ruinas. daoud lo levanta a categoría estética sin solemnidad: hay humor (negro, por momentos), hay ternura, hay golpes secos. Su “ok” no afirma ni se rinde; admite. Y en esa admisión hay música. Quizá ese sea el pequeño milagro del disco: convertir la frase más gastada del idioma en una poética reconocible. No es un: “todo perfecto”. Es un: “podría ir mejor, pero ahí seguimos”.