Danny Thompson: el hombre río del contrabajo (1939–2025)

El contrabajo no suele dar titulares, pero cuando la noticia es la muerte de Danny Thompson(Teignmouth, 1939 – Rickmansworth, 2025), conviene recordar que hubo un músico que convirtió esas cuatro cuerdas en un mundo entero. Su vida, atravesada por seis décadas de colaboraciones imposibles, fue un estudio de caso sobre lo que significa ser un artista “sin prejuicios”: alguien capaz de darle un pulso melódico a un blues en Soho, un contrapeso rítmico a una balada de Nick Drake, un contrapunto sofisticado a las ensoñaciones electrónicas de Kate Bush o un diálogo abierto con la kora de Toumani Diabaté.

En su juventud, tocó guitarra, mandolina, trompeta y trombón, hasta que el contrabajo lo adoptó como cómplice. Su célebre instrumento “Victoria”, comprado por cinco libras cuando apenas era un adolescente, le acompañó hasta el final. Sus primeras armas las forjó en el jazz británico, en clubes donde el sudor y la sangre de los dedos se mezclaban con el humo. Allí se ganó reputación con Alexis Korner’s Blues Incorporated, compartiendo escenario con nombres como Tubby Hayes, Stan Tracey o un jovencísimo John McLaughlin.

El gran salto llegó con Pentangle, junto a Bert Jansch, John Renbourn, Jacqui McShee y Terry Cox. Llamarlo folk-rock sería quedarse corto: Thompson prefería “folk-jazz”. En discos como Basket of Light (1969), su contrabajo aportó un latido interno que convertía compases de 5/8 o 11/4 en algo natural, casi doméstico. No era acompañamiento, era arquitectura.

A partir de ahí, su currículum parece una enciclopedia de la música británica y global: la fusión visionaria con John Martyn, con quien grabó Solid Air (1973) y con quien compartió no solo escenario sino también excesos; la delicadeza casi silenciosa con la que sostuvo a Nick Drake en Five Leaves Left (1969); la complicidad con Richard Thompson en Industry(1997), un disco que diseccionaba la resaca de la revolución industrial; el viaje sin pasaporte de Songhai, donde dialogó con Ketama y Toumani Diabaté como si el flamenco y África occidental hubieran nacido en la misma aldea.

Tampoco le tembló el arco a la hora de entrar en terrenos comerciales: fue bajista ocasional de Roy Orbison en una gira que tenía a The Beatles de teloneros, participó en Maggie Mayde Rod Stewart, en Congratulations de Cliff Richard y hasta en la banda sonora de Thunderbirds. Más tarde aportó profundidad a los mundos oníricos de Kate Bush (The Dreaming, Hounds of Love), los paisajes crepusculares de David Sylvian (Brilliant Trees, Secrets of the Beehive) y la espiritualidad abstracta de Talk Talk (Spirit of Eden).

Todo esto lo hacía con una filosofía sencilla: servir a la canción. No buscaba velocidad ni pirotecnia, sino sonido, peso y respiración. Su bajo era un contramelodista obstinado, un río subterráneo que terminaba sosteniendo la forma entera.

A lo largo de su carrera recibió reconocimientos como el premio a la Trayectoria de los BBC Radio 2 Folk Awards (2007) o el Chris Squire Virtuoso en los Progressive Music Awards (2015). Pero quizá su mayor premio fue haber sido convocado siempre para lo mismo: ser Danny Thompson.

Falleció el 23 de septiembre de 2025, a los 86 años, en su casa de Rickmansworth, acompañado por su esposa Sylvia y su hijo Dan Junior. Queda como un hombre río: su música fluyendo a través de géneros, generaciones y geografías, sin fronteras.

Y si hay que despedirle con una canción, que sea con las palabras que él mismo sostuvo con sus cuerdas en River Man de Nick Drake:

Gonna see the river man

Gonna tell him all I can

About the plan

For lilac time

If he tells me all he knows

About the way his river flows

And all night shows

In summertime

Danny Thompson fue ese hombre río. Su corriente todavía nos arrastra.