En la portada de Field Holler (No Aloha Records, 2025), un grupo de pájaros descansa sobre un cable. Uno de ellos, cabizbajo, parece intuir que el cielo ya no le pertenece. Cuesta no pensar en aquella vieja canción de Cotton Mather: “Where autumn’s birds are killing you”. Ese verso, que flota como un estribillo resignado a lo largo del álbum, acaba convirtiéndose en una clave de lectura: hay belleza, sí, pero también amenaza, cambio de estación, melancolía disfrazada de melodía.
El responsable de este artefacto es Harold Whit Williams, guitarrista de los históricos Cotton Mather, banda de culto surgida en el Austin de los noventa, ese lugar donde la psicodelia y el power pop aprendieron a convivir sin dramas. Mientras el foco mediático solía centrarse en Robert Harrison, fue Williams quien sostuvo gran parte del armazón melódico de discos como Kontiki, esa joya grabada en cuatro pistas que fue descubierta demasiado tarde por demasiada gente. Con Daily Worker, su proyecto personal, lleva años cultivando un cancionero propio, menos urgente pero igual de afilado.
Field Holler es, probablemente, su trabajo más redondo. El título hace referencia a los antiguos cantos de faena afroamericanos, esos lamentos solitarios que flotaban por los campos antes de que existiera el blues. No es un guiño gratuito: hay algo de canto individual, de aislamiento voluntario, en estas diez canciones. Williams se sitúa en ese territorio donde la melodía lo dice casi todo y las palabras rematan con puntería certera.
Las guitarras, claro, mandan. No de forma aparatosa, sino con la precisión del que ha afinado más veces de las que ha comido de cuchara. En Gloryland, por ejemplo, las cuerdas de bronce fosforado marcan el ritmo con un toque seco, casi percusivo. En Broken Men, el jangle se impone con elegancia. El juego entre acústicas y eléctricas está llevado con una naturalidad pasmosa: en Waterloo Sutra se cruzan como si hubieran crecido juntas. Y el oyente agradece no saber cuál es cuál.
Hay canciones que podrían haber encajado en un recopilatorio perdido de Big Star o The Beatles de la era tardía, pero sin sonar a homenaje forzado. Delmar Overload, por ejemplo, entra con una frescura engañosa, como quien te ofrece una copa y no te dice que lleva doble de ginebra. En Sky Beyond The Sky asoma el pop británico más melódico, mientras que Born Again (Again) se lanza al pop psicodélico sin despeinarse, con un punto T. Rex si Marc Bolan hubiese cambiado la purpurina por polvo del desierto tejano.
La voz de Williams encaja con precisión en este paisaje: templada, presente, con una cadencia que confía en la estructura de la canción y en las palabras justas. No hay afectación ni pose. Y eso, hoy en día, ya es bastante.
En el fondo, Field Holler habla del desgaste —emocional, sonoro, vital— sin dramatismos. Como aquel personaje de la canción de Cotton Mather que “wears his change of station like a faded sticker price”, Williams no esconde el paso del tiempo, pero tampoco lo dramatiza. Prefiere, sencillamente, seguir tocando. Quizá por eso este álbum, que algunos etiquetarán como lo-fi, suena más nítido que muchos otros con presupuesto y pretensiones.
Es un disco hecho a mano, como los muebles buenos, con canciones que saben esperar. Y si, como cantaban aquellos viejos versos, “autumn’s birds are killing you”, más te vale ponerte el abrigo largo y sentarte junto al árbol de las canciones. A ver si aparece esa chica que nadie más puede ver.


