Daga Voladora: “Necesitaba tiempo para comprobar si había perdido definitivamente las ganas de hacer canciones”

Pensando en fundar una ciudad. Foto: Ricardo Roncero

Cristina Plaza no es una recién llegada, pero tampoco una artista que busque constantemente el foco mediático. Tras años formando parte de proyectos como Clovis o Los Eterno, y un largo periodo de silencio, regresó en mayo de 2024 y bajo el paraguas de su proyecto en solitario Daga Voladora con Los Manantiales, un trabajo donde se pasea por paisajes sonoros hipnagógicos de resonancias folk pero con una sensibilidad pop profundamente literaria. Sin grandes artificios ni campañas deslumbrantes, el disco ha logrado abrirse camino a través de listas de lo mejor del año pasado, despertando el interés de de la crítica y acogiendo a nuevos oyentes. En esta conversación, Cristina reflexiona sobre su necesidad de aislarse para crear, su obsesión por la imperfección como motor estético, y las influencias culturales que nutren su música: de Kerouac a la generación beat, de las novelas de detectives a Rafael Berrio (imperdible la recreación que Cristina ha hecho del músico donostiarra). Una artista que no se conforma con fórmulas, sino que busca, prueba y explora, convencida de que las canciones son el mejor territorio para exponer(se) y reinventar(se).

Han pasado casi ocho años desde tu último lanzamiento. ¿Cómo fue el proceso interno que te llevó a regresar con “Los Manantiales”?

Pasaron varios años en los que me sentía desconectada de toda la música en general y también de mí misma. Enlacé un empleo con otro y todos fueron muy absorbentes, diría que hasta dañinos. El día que uno de esos empleos se acabó, decidí que no iba a enlazar con el siguiente porque necesitaba descansar y reconstruir un poco mi cerebro, y sobre todo necesitaba tiempo para comprobar si había perdido definitivamente las ganas de hacer canciones, que supuestamente es lo que más me gusta hacer.

Ya estamos en 2025, un año que, así a bote pronto, para muchos simboliza el futuro. ¿Cómo crees que hemos llegado al futuro que imaginabas para la música? ¿Qué elementos te sorprendieron y cuáles aún esperas?

Pues es que yo nunca he pensado mucho en “el futuro de la música”. Igual porque tampoco pienso demasiado en el futuro, a secas (y así me va). Me creía que Michael Jackson y Prince iban a durar siempre, por ejemplo. Los comebacks me disgustan profundamente, pero me encanta que exista YouTube y ver actuaciones y entrevistas del pasado. Jamás pensé que tocar un pandero se convirtiera en algo cool. O que fuese a normalizarse el imitar acentos ajenos para cantar. Por otro lado, teniendo en cuenta que el fin de la música empezó con Operación Triunfo y todos esos concursos de la tele, me parece que bastante estamos aguantando.

Foto: Ricardo Roncero

“Los Manantiales” parece una obra que se desliza con naturalidad entre la ucronía y la utopía. ¿Dónde crees que se encuentra realmente?

No sabría decirte, sinceramente. Están mezcladas las cosas que me invento, las que pienso, las que deseo… a veces en una misma canción. Me expongo y me escondo más o menos en la misma medida. Hubo algunos momentos en los que el conjunto me parecía disparatado, pero ahora ya le veo hasta cierta entidad.

“Lejos de la multitud” parece evocar una cierta idea de escapismo naturalista, pero ¿se trata de una mera huida de la rutina y lo cotidiano o un viaje, poniéndonos en plan Kavafis, “donde te vean arribar con gozo, alegremente, a puertos que tú antes ignorabas”?

Es una mezcla de misantropía, refugiados climáticos, y una idea literal y muy específica de “libertad” que me viene por leer mucho a Kerouac o a Gary Snyder. De adolescente tuve un grupo de amigos que vivían un poco así… dando tumbos, sin demasiados arraigos ni obligaciones autoimpuestas, y eso siempre me ha dado envidia. Es un tipo de vida que me hubiera encantado llevar, más al aire libre y más viajera. Al final es algo que hay que hacer o con 20 años, o ya de jubilada. Ahora no estoy en un caso ni en otro, pero siempre puedo ponerlo en una canción.

Aunque el disco salió en mayo de 2024, parece estar encontrando una nueva ola de oyentes ahora. ¿Crees que las listas de fin de año, en cualquier formato, ayudan a los artistas a evitar que su música quede sepultada entre tanta sobreabundancia?

Si se acuerdan de ti, claro, porque si no… ¡te sepultan aún más! Lo estoy comprobando en primera persona: entre los que hice con Clovis, con Los Eterno y los que he hecho sola, este es mi octavo disco y, para mi sorpresa, está apareciendo en muchos recuentos de fin de año, y eso está haciendo que se acerque a curiosear más gente, más músicos, más periodistas, algún promotor… Ojalá que todos se animen también a comprar el LP. No voy a negar que estoy contenta, porque este no deja de ser un disco muy modesto, y cuando lo veo al lado de otros, con productores guiris, campañas de marketing curradísimas, sesiones de fotos para revistas, grabaciones en estudios tremendos, etc., me quedo perpleja. Las listas son un escaparate, fundamentalmente, y luego aportan una ligera sensación de que tu tarea es reconocida. Eso, para cualquiera que haga música o pinte o dibuje o escriba, es muy importante. Me digo que es un calorcito que conviene disfrutar porque enseguida vuelven el frío y el desaliento.

Has mencionado que te llevaste los instrumentos al campo durante el proceso de creación, pero que sigues considerándote una urbanita. ¿Qué papel jugó ese retiro en la estética y narrativa del álbum? ¿Crees que el espíritu de Bon Iver (un músico aislado en una cabaña, urdiendo el disco de su vida) ha hecho mella en ti?

El retiro propició que yo pudiera cortar con el ruido de la vida para centrarme en hacer música. Yo necesito aislamiento para ponerme a buscar. Habrá quien no, claro. Creo que es Tracey Thorn la que dice que donde mejor escribe ella es en una cafetería bulliciosa. Pues genial, pero yo necesito silencio absoluto; no escuchar a nadie y –casi más importante– que nadie pueda escucharme a mí cuando estoy metida en esa búsqueda. Es que vivo en pleno centro de Madrid, con ruido, vecinos, helicópteros, interrupciones constantes de todo tipo. Así es imposible, de verdad. Me fui un mes de verano al medio de la nada y allí me dediqué a tocar, a improvisar y a estar concentrada nada más que en lo que era importante en ese momento. Cuando me tuve que volver a casa, había empezado a desbloquearme y tenía ya algunas ideas. Los siguientes diez meses me dediqué a trabajar con todo aquello, de los cuales cuatro los pasé de diez de la mañana a seis de la tarde en un sótano de la calle Linneo. Y en ese sótano salieron “Ceniza Plateada” o “Fosforito”, pero también se venía ya gestando “Catedral”. Además, ahí hay una imagen de un ciervo y de un bosque seco y de una luz cenital, y todo eso es real, todo eso lo vi dando un paseo, meses antes, en aquel retiro rural. Quiero decir: que es un proceso muy largo en el que voy acumulando cosas hasta que, en un momento dado, todo eso se empieza a colocar y a tomar forma. Me gustaría ser más constante: cuando paras, luego cuesta muchísimo volver a arrancar.

Pronto compartirás escenario con Jonston, tal y como has venido anunciando recientemente en redes sociales. ¿Qué significa para ti colaborar con músicos contemporáneos en esta etapa de tu carrera?

Bueno, Jonston y yo somos amigos desde hace un siglo y hemos compartido cartel varias veces. Él vive en Barcelona desde hace unos años y siempre me está insistiendo para que vaya a visitarle, pero entre que soy un poco parada y que ando siempre pelada, pues nunca voy. Creo que ha buscado este concierto allí para obligarme a ir (ríe). Lo del 21 de febrero en el Heliogàbal es un doble cartel, cada uno hará su concierto. Jonston tocará con grupo, y yo voy sola con mi guitarra eléctrica. Puede que hagamos una canción juntos, pero vamos, una. Entre abril y mayo tengo más conciertos cerrados; vamos a ver qué tal se me dan y hasta qué punto soy capaz de sobreponerme a mis miedos.

Tu nombre artístico parece proceder de una película de Zhang Yimou, y en “Los Manantiales” aparecen referencias a personajes como Sam Spade o Philip Marlowe. ¿Es el pop inevitablemente referencial? ¿Qué manantiales culturales nutren tu música?

Mmmmh… no: en realidad lo de Daga Voladora se me ocurrió en medio de una rabieta: cuando empecé a hacer música por mi cuenta, después de Clovis, me puse de nombre Gran Aparato Eléctrico y así saqué dos discos. Pero como no registré el nombre, me lo levantó otro grupo y, cuando me enteré, me dieron ganas de lanzarles cuchillos. Fue tal cual: pensé “oye, qué buen nombre, Daga Voladora” y así me quedé. De hecho, la peli a la que te refieres (La casa de las dagas voladoras) no la vi hasta el verano pasado.) El material para mis canciones lo encuentro principalmente en mí y después en cantidad de cosas que me rodean. Por hablar específicamente de elementos externos que aparecen en este disco: los musicales de Hollywood, la generación beat, la pizza, las cerillas, Broadcast, Stereolab, Galaxie 500, las novelas de detectives, la figura de Kurt Cobain, Cate Le Bon, el flamenco, Rafael Berrio, Steinbeck, y algunas cosas más en las que no caigo ahora mismo.

Has escrito para otros artistas además de tus propios proyectos. ¿Qué descubres de ti misma cuando compones para otros, y cómo influye eso en tu música?

Escribir para otros es, sobre todo, divertido. Cosas que yo nunca me atrevería a cantar, puedo ponerlas en una letra sin rubor, y que lo cante otra. Es como un juego. De todas formas, no nos flipemos: hasta ahora casi todas han sido rechazadas o ignoradas directamente. Me he dado cuenta de que, aunque la canción sea para otra persona, siempre tiene que haber algo que de verdad me importe, algo personal, porque si no, no funciona.

El disco destila un sonido y ambiente en muchas ocasiones cercano a lo hipnagógico, pero hay un tema, “Me vi penando”, que traza una conexión singular entre el pop desenfadado y primerizo de un Julio Bustamante con el veneno naïf de Kiki D’Aki. ¿Es una paradoja ese desenfado estético dado el título y la letra de la canción?

Aquí se dio un cruce algo estrambótico. Por un lado, tenía apuntadas varias frases orientadas a un rollo más como de letanía folk. Y a la vez tenía ganas de acercarme musicalmente al estilo del rock que hacía Lou Reed en los 80, el de Rock and Roll Heart, que no es un LP muy querido en general, pero sí por mí. Y de juntar las dos cosas –ese fondo con esta forma– salió “Me vi penando”. En este disco hay varios intentos de estilos que siempre me han atraído pero que no me decidía a explorar: un dub, un número de musical… A mí me obsesiona un poco el tema de la coherencia, y a veces le doy tanta importancia que me quedo paralizada. ¿Pero qué es lo peor que puede pasar por probar algo, si es lo que te apetece? Al fin y al cabo, si lo piensas, no son más que canciones.

“Los Manantiales” destaca por su fusión de texturas electrónicas y orgánicas. ¿Crees que eso es una declaración (quizá inconsciente) sobre cómo encontrar el equilibrio entre tecnología y humanidad?

Más que una “declaración”, es mi manera de hacer las cosas –probablemente la única que conozco. Me gusta un sintetizador distorsionado tanto como oír la respiración de un tío soplando a través de un saxofón, o el sonido que hacen las llaves cuando las pulsa. Me encanta escuchar un río, pero también me flipa pasar un acorde por un arpegiador. Por otro lado, soy bastante negada para la tecnología; nunca encuentro el momento para leer unas instrucciones o aprender a programar nada, lo hago todo a mano y me voy guiando por la intuición. Es una labor bastante artesanal. Estoy yo siempre ahí, intentando tocar un teclado lo mejor posible, intentando que el patrón de una caja de ritmos analógica no se me vaya de tempo, tratando de cantar cada nota en su sitio. Y lo consigo muchas veces, pero no siempre, y bueno, así se queda. Otra persona intentaría “arreglarlo” seguramente. Para bien o para mal, mis canciones las produzco yo, y cuando grabo elijo lo que suena y cómo suena. Me atrae más la imperfección que las matemáticas o la pulcritud. Las imperfecciones, los errores… forman parte de nosotros, forjan el carácter o algo así. ¿Por qué todo el mundo quiere sonar supermilimetrado? ¿O grande, en plan estadio de fútbol? ¡Y desde el primer minuto! Es que no lo entiendo. Yo deseo que mi música transmita algo, pero con mis herramientas, mi mucha o poca pericia, basándome en mis propios gustos y, a ser posible, en mis propios términos.