La historia de Cymande es la de una banda que siempre estuvo adelantada a su tiempo. En los años 70, su mezcla de funk, soul, reggae, calipso y jazz era demasiado frugal para encajar en un solo molde, y aunque lograron cierto éxito en EE.UU., su verdadero impacto llegaría décadas después, cuando el hip hop les convirtió en una referencia obligada. De La Soul, Grandmaster Flash y The Fugees encontraron en sus grooves el esqueleto perfecto para construir sus propios himnos. Ahora, con Renascence, Cymande se reafirma como una fuerza viva, un soplo de vitalidad que desafía la nostalgia para confeccionar un álbum que, aunque clásico en esencia, es también de lo más excitante que ha aparecido en esta temporada.
Desde su título, Renascence indica que esto no es un simple regreso: es una declaración de intenciones. Cymande no se conforma con ser un pie de página en la historia de la música negra; busca consolidar su legado en el presente y, por qué no, en el futuro. El álbum respira ese espíritu, con una producción suntuosa, exuberante, donde cada arreglo parece haber sido trabajado con la precisión de un orfebre. Pero si algo queda claro al escuchar estas canciones, es que la destreza artesanal no está reñida con la frescura ni con la urgencia. Esto no es una vitrina de reliquias: Renascence está vivo.
Desde el primer acorde de Chasing An Empty Dream, la banda nos sumerge en su característico groove meditativo. La línea de bajo de Steve Scipio flota como una serpiente en el agua, mientras la guitarra de Patrick Patterson dibuja texturas con la elegancia de un pintor minimalista. Hay algo casi místico en la manera en que estos músicos construyen sus temas: parecen invocar un estado de trance colectivo, como si la música no se tocara, sino que se canalizara desde otra dimensión.
El álbum brilla especialmente en sus colaboraciones. How We Roll, con la inconfundible Celeste, es un encuentro intergeneracional que suena tan natural como si la cantante británica hubiese crecido en las sesiones originales de Promised Heights. Su voz aterciopelada se desliza entre percusiones que crujen como hojas secas y un bajo que rebota con la elasticidad de un felino. Jazzie B, por su parte, hace su aparición en Heart of the Willing, un tema que recuerda los días dorados de Soul II Soul pero con ese pulso inconfundible de Cymande. Es un testimonio de cómo su influencia ha permeado diferentes generaciones, y aquí se materializa en una conversación musical que suena tan orgánica como inevitable.
El espíritu espiritual y político que siempre ha caracterizado a la banda sigue intacto. Road to Zion es un mantra de resistencia y esperanza, mientras que Darkest Night captura una melancolía crepuscular que resulta especialmente pertinente en estos tiempos inciertos. Y luego está Coltrane, un homenaje al titán del jazz que es todo menos predecible: en lugar de un pastiche bebop, Cymande tramita un funk flotante, casi impresionista, donde la influencia de A Love Supreme se filtra más en la sensación que en la estructura.
Hay algo fascinante en cómo Renascence logra sonar a la vez atemporal y actual. No es un ejercicio de nostalgia ni un intento desesperado de modernización; es, simplemente, Cymande haciendo lo que siempre ha hecho mejor. Y si bien la banda ha tenido que esperar medio siglo para recibir el reconocimiento que se merece, queda claro que no están aquí para recoger medallas ni para dar discursos de veteranos condescendientes. No, Cymande sigue en la brega.


