Cuando dejó de sonar The Beat Surrender: fallece Rick Buckler, batería de The Jam

“Sin un buen batería no seréis nada, porque una banda es tan buena como su batería.” — Joe Strummer

El pasado 17 de febrero de 2025, Rick Buckler, el metrónomo implacable de The Jam, falleció a los 69 años tras una breve enfermedad, dejando huérfanos a los seguidores de una de las bandas más influyentes del Reino Unido. Buckler, aquel chaval de Woking que aprendió a aporrear la batería con la misma precisión con la que los mods lustraban sus mocasines, construyó una trayectoria que, aunque a veces eclipsada por el carácter de Paul Weller, dejó una huella imborrable.

Nacido en 1955, Buckler fue el engranaje fundamental que mantuvo a The Jam en marcha durante su meteórico ascenso. En menos de una década, pasaron de ensayar en garajes a encadenar 18 singles en el Top 40 británico, incluyendo cuatro números uno. Weller ponía las letras y el carisma, pero Buckler era el que marcaba el paso, con un estilo sobrio pero contundente que definió álbumes como All Mod Cons y Sound Affects. No era de esos baterías que necesitan solos eternos para lucirse, pero su golpe era tan firme que ni un terremoto le habría desviado del compás.

Había algo en The Jam que les hacía diferentes. Mientras el punk británico se aferraba al nihilismo y la destrucción de todo lo anterior, ellos miraban al pasado para proyectarlo hacia el futuro. No renunciaron a sus raíces: versionaron a Chuck Berry y a Larry Williams, rindieron homenaje a The Kinks y The Who, y mezclaron la rabia adolescente con el alma vibrante de Motown y Stax. Aquella mezcla explosiva, acelerada al ritmo implacable de Rick Buckler, dio vida a himnos como Going Underground, que marcaron a fuego a toda una generación. En una época en la que grabar una canción de la radio era casi un deporte de riesgo, The Jam lograron que miles de chavales se pasaran horas pegados al radiocasete, esperando que el locutor de turno no fastidiara aquel glorioso inicio. Porque, al final, no solo fueron una banda: fueron el latido de una época, el reflejo de un país dividido y el sonido de una juventud que, aunque cabreada, no renunciaba al estilo.

Cuando Weller decidió poner fin a The Jam en 1982, Buckler y Bruce Foxton se quedaron, como diría un británico, gobsmacked. La noticia cayó como un jarro de agua fría, y no precisamente con agua templada. Mientras Weller se lanzaba de cabeza a los sintetizadores con The Style Council, Buckler, menos amigo de los aspavientos, siguió haciendo lo que mejor sabía: tocar. Formó Time UK, colaboró con varias bandas y demostró que, aunque The Jam había sido su trampolín, no pensaba quedarse parado en la orilla.

Pero Buckler no solo dejó su huella con las baquetas. También la dejó con la pluma. Su libro The Jam: 1982, escrito junto a Ian Snowball, es una radiografía sincera del último año de la banda. Buckler, que nunca ha sido de callarse lo que piensa, narra con pelos y señales las tensiones, las giras interminables y, por supuesto, el momento en el que Weller soltó la bomba. Si alguien esperaba dramatismo o nostalgia barata, se equivocó de libro: Buckler cuenta lo que pasó sin paños calientes, con la misma precisión con la que marcaba el ritmo en Town Called Malice.

La relación con Weller, dicho sea de paso, nunca volvió a ser la misma. Y aunque los rumores de una reunión de The Jam surgieron cada vez que alguien necesitaba vender entradas o llenar titulares, Buckler siempre fue tajante: lo hecho, hecho está. Alguna vez dejó caer, con su típico humor seco, que volver a compartir escenario con Weller le atraía tanto como una patada al bombo. Pero eso no le impidió mantener vivo el legado de la banda junto a Foxton en From The Jam, acercando aquellos himnos a nuevas generaciones sin caer en la caricatura nostálgica.

Con la muerte de Buckler, se cierra para siempre cualquier posibilidad de un reencuentro. Pero, más allá de lo que nunca fue, queda lo que sí fue: un batería que, sin hacer ruido fuera del escenario, hizo que todo sonara perfecto dentro de él. En un mundo donde los baterías suelen ser el blanco fácil de las bromas, Buckler demostró que no hay riff ni línea de bajo que valga si no hay alguien al fondo marcando el compás. Y ahora, sin Buckler, todo parece ir un poco más a destiempo.